El jefe de redacción del periódico me coqueteó y buscó durante dos años, pero nunca tuve tiempo para él, ni siquiera lo miraba. Me perturbó desde el primer momento en que lo vi, pero la imagen de un sólido y dorado anillo matrimonial en su mano izquierda me bloqueó por completo. Okey, adelanto el casete de la historia y les pongo al tanto: me estoy comiendo a mi jefe, es casado y... eyaculador precoz. Soy débil ante la belleza, lo sé; su cuerpo sólido y bronceado me arrecha y me acelera totalmente. La sola imagen de sus redondas y grandes nalgas muy ceñidas por el jean, recorriendo resueltamente la sala de redacción, me ponen la piel de gallina. Él es fuerte, decidido, vital, atractivo, exuberante, exitoso, todo un bizcocho. En fin, que las malas lenguas dicen que los buenos partidos están muertos, en el exilio, son gays, están casados, son políticos o profesores. Y como definitivamente no me gustan las mujeres toca desahogar la eterna y colosal arrechera con lo que hay. Este es casado y está más bueno que el pan de bono. ¿Que hacemos? No hay hombre perfecto.
 
 En el entreacto, y recién desempacada en España, tuve un amante gigoló de cero en conducta, hermoso como un modelo de Sport Illustrated, caliente, sátiro, promiscuo, pervertido, insaciable y cruel como el que más. Eso sí, rigurosamente soltero, un bombón de semental ideal para poner envidiosas a las amigas y matar de la ira al ex marido, pero como no hay nada perfecto, totalmente inútil para las cosas prácticas de la vida. Así que bueno, echada tierra sobre el asunto y cicatrizado mi corazoncito con yerbabuena y tres tequilas pensé: "Mi jefe me tiene el ojo echado desde el primer día... ¿por qué no intentarlo con él?". Así que sin perder tiempo le puse esa misma tarde un mail invitándolo a cenar. Desde mi oficina pude ver su expresión de sorpresa al leer el mensaje. Inmediatamente saltó de la silla y puso una carpeta de artículos por corregir sobre mi escritorio con un memo que decía: "¿El viernes a las 8 p.m. está bien?". El viernes a las 8... joder que estaba nerviosa como una adolescente... me cambié de ropa como 20 veces y hasta compré lencería exótica para impresionar. Llegó puntual, me trajo flores y se comportó como el caballero que es. Después de tres horas de fluida conversación quiso despedirse con un beso furtivo sobre los labios, pero yo le agarré el rostro y lo besé en la boca, él me cargó y me llevó al sofá... cuando la cosa estaba caliente paró y me pidió que todavía no, que después. En fin, que me abandonó arrecha, hinchada, empezada, alborotada, desmelenada y semidesnuda en la noche invernal. "Deberían meterlo preso por calienta-coño", pensé. El asunto se me volvió un reto personal y volví al ataque. A la semana siguiente le mandé un memo en el que lo invitaba a mi casa a leer un ensayo sobre política económica en el que ando trabajando, y aceptó como un corderito. "¿Joder... qué le pasa a este tío? —pensé—. ¿Sentimiento de culpa con la mujer, ¿timidez ?, ¿alguna terrible y oculta deformidad? , ¿miembro minúsculo?".
 
En fin, que lo sabría pronto. Llegó puntual a la siguiente cita. Me puse guapa y afiné toda la artillería: quemé incienso sobre el lecho, encendí velas, compré rosas, cociné rico y perfumé mis cabellos. Mientras comíamos le miraba muy profundamente, con cara de "Nene... ¿Qué esperas? Estoy aquí y soy solo para ti, soy tu geisha, tu puta sagrada, solo tócame y haré realidad tus más oscuros deseos", y oh mi Dios, que esta vez conseguí mi objetivo... O casi... Sobre la mesa del comedor me quitó la ropa y penetró; se montó y cabalgó con gusto y alegría y de pronto, cuando el universo se detiene, la música danza en espiral, el mar susurra bajo mi vientre y empiezo a ser una con el cielo y con la tierra; justo cuando todo empieza... Se viene el muy hijo de la chingada. ¡Huy!¡Para matarlo! Juro por Dios que nunca me había pasado. Reconozco que le menté la madre y lo mandé a la porra. Los siguientes dos días fueron de odio, de sentirme miserable y desgraciada, sin mirarlo a los ojos y mandándole razones con su secretaria. Pero al tercer día llega a la puerta de mi oficina, me sonríe con esa sonrisa llena de dientes y me mira con esa mirada llena de ojos y me dice con esa boca llena de labios: "¿Esta noche a las 7?". ¿Y cómo decir que no?. Así que... adelanto el casete... Lo esperé desnuda y esta vez fui yo quien lo cabalgó sobre la alfombra del pasillo de entrada, suave y tiernamente, con fuerza y con paciencia, y le enseñé a respirar y a conocerse; exploré su cuerpo con dulzura, escarbé sus ritmos, desaté sus miedos, intuí sus deseos, y mientras más confianza ganaba, sus manos se hacían uno con mi cuerpo. Sí, ya lo sé, un eyaculador precoz puede ser un coñazo, pero... ¿Hay acaso un hombre perfecto? A él, a esta belleza hecha canción, le cabalgo y justo a tiempo me detengo para que su erección dure cada día un poco más, cada día un poco más. Y él hace de mi cuerpo una guitarra de fuego, caricia y respiración. Sí, ya lo sé, me estoy enamorando, y él no puede saberlo, pues al fin y al cabo... no debo olvidar que es un hombre casado, felizmente casado.

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