La de la foto soy yo. Y en otras también aparezco incluso sobre los hombros de Erick Logan, un musculoso joven de 27 años que me hace una demostración de su oferta de sexo a la carta para mujeres.

Me vi cargada por este hombre en la parte final del show de striptease que presencié con un grupo de amigas que se hicieron cómplices de mi reportería para esta historia. Estamos en el apartamento de una de ellas. Erick es un gigoló a la colombiana, un profesional de la satisfacción femenina, un prostituto que cobra por hacer lo que quieran las mujeres que lo llaman a pedirle sus servicios.

El movimiento no duró más de unos segundos en los que con un solo brazo me sacó del sofá, me subió a su cintura, luego a sus hombros y, de pronto, mi cabeza casi tocaba el bombillo del techo. Erick quiso que conociera todas las posibilidades que le permite su actividad profesional y por esto terminé en esta incómoda pirueta que parece más un paso de salsa de salón que una postura de seducción.

Cuando logré bajar de las alturas, le pregunto, aún con risa nerviosa y algo de vergüenza, si esas piruetas en realidad son posiciones que les gustan a las mujeres y si este ajetreo gimnástico los conduce al sexo.

Antes de responder, Erick pregunta si queremos que se desnude del todo para que el show sea completo y narra las técnicas que usa para que su pene se mantenga erecto, incluso para complacernos a las cuatro, si fuera el caso. "Una liga en la base y listo, las horas que sea", dice.

Nos pide un momento para vestirse y se va a una habitación en donde previamente organizó las prendas de su vestuario: las típicas pintas de macho-machote representadas en el militar, el obrero o el marinero, diseñadas con cierres de velcro, que se quitan de un solo jalón para darle paso a una minitanga brasileña que deja ver el tamaño de sus nalgas. Y bueno, de su elemento principal de trabajo.

Si se tratara de otra presentación, contratada para cumplir con todos los objetivos, Erick se quedaría teniendo sexo con su o sus clientas.

Cuando se retira, quedan las risas nerviosas y comentarios que evidencian que hay intimidación en el ambiente. La experiencia es divertida, pero no deja de ser un desafío al pudor que todos sentimos en los temas de sexo con extraños.

Su presentación de stripper duró unos 20 minutos y, más allá del juego que plantea, no resulta en nada excitante, o erótico, menos aún sensual o inspirador. Como todas las actividades ligadas a la prostitución, la sensación que invade es la de asistir a una lujuria burda y de mal gusto que se quiere borrar de enfrente.

Pero, al parecer, esta actitud es una excepción, porque Erick vive de este oficio desde los 18 años y la demanda es tanta que él lo califica de un " buen negocio": al mes puede echarse hasta seis polvos.

Al regresar, y ya en traje del muchacho humilde que es, con sus tatuajes cubiertos y un poco tímido, hace el relato de las más increíbles situaciones que con 27 años ha vivido en el mundo del sexo pago.

No es el Richard Gere de la película de Paul Schrader Gigoló americano, famosa en los ochenta, en la que aparece en su mejor punto, en un último modelo convertible, y encuentra mujeres millonarias que lo sostienen a cambio de que él les haga el amor entre sábanas blancas y deliciosos perfumes, y las acompañe en fiestas elegantes de esmoquin o frac con champaña en mano.

No, Erick vive en una pieza arrendada en un edificio de Chapinero, abajo de la avenida Caracas de Bogotá. No tiene carro, y las mujeres que lo buscan no lo llevan a lujosos hoteles ni lo exhiben.

Los gigolós colombianos, por lo menos los que se hacen llamar así, no corresponden a la definición de diccionario de la palabra de origen francés que nace del término gigue: "Amante joven de una mujer mayor que lo mantiene con dinero o regalos".

Los nuestros son muchachos jóvenes, sí, de extracción social muy humilde, con poca educación, y que no se convierten en amantes de mujeres que los mantienen sino que ofrecen su cuerpo para sostenerse, pagarse una pieza, estudios o mandarle plata a su familia. La esencia es la misma, pero el destino de lo que ganan no es la diversión o el lujo, sino el pago de sus gastos básicos. Hay excepciones, claro. Muchachos que no tienen necesidad de prostituirse lo hacen por vivir la vida loca y tener entradas extras. Digamos que esos ‘prepagos‘ de otro nivel no se encuentran en las páginas de los periódicos, ni se anuncian por internet, ni tienen ‘chulos‘ que los venden, quizá son más parecidos a los gigolós, pero como siempre pasa, la prostitución estrato 6 se convierte en un mito que solo unos pocos logran destruir.

En lo que sí coinciden todas las definiciones es en que el mercado más común de un hombre prostituto son las mujeres mayores.

Nuestro Erick Logan, nombre artístico que comparte en Google con muchos ejecutivos gringos, confiesa que los 150.000 pesos más difíciles de recibir son los que se gana al atender señoras en la tercera edad.

Él quisiera que al llegar al sitio acordado encontrara una mujer sola, joven, bonita, en disposición de un rato agradable, charla, risa y sexo tranquilo, y complaciente, pero eso ocurre en muy escasas ocasiones.

Eso es lo que más lamenta de su trabajo. Por lo general, sus clientas son mujeres mayores, trajinadas, mal cuidadas, borrachas o drogadas que quieren un sexo, digamos, lleno de ‘curiosidades‘. Erick dice que lo asume con paciencia. Y acepta que para tratar con esos retos de su profesión, recurre a los paliativos infalibles: unos buenos tragos de entrada, si hay droga le jala también y listo, cualquier molestia para los sentidos queda superada.

Quizá por eso, conocedores de la naturaleza de la demanda, los anuncios de gigolós en la red y en la prensa ofrecen "satisfacer tus más íntimas fantasías, sin ningún prejuicio por la edad". La publicidad de este servicio a domicilio se caracteriza por ser corta, concreta e ilusionista. Comienza la invitación: "¿Estás sola, necesitas cariño, quieres un rato de placer?"; sigue con descripción de sus cualidades: "Joven, divertido, bien presentado, musculoso, atlético, sano" y, por último, el brochure de ofertas: "Atiendo solo mujeres, hago lo que me pidas, puedo ser tu acompañante, voy a viajes o a donde tú quieras". Hasta ahí los anuncios prometen, pero si no la embarran a la entrada, lo hacen a la salida: "Soy un chico esclusibo" o "mis servicios son varatos". Hasta ahí llegan las ganas.

La oferta es variada en internet. Páginas de clasificados para vendedores y compradores tienen secciones de "encuentros o contactos", como diría la ex reina de belleza tan querida, de mujeres con mujeres, hombres con hombres, hombres con mujeres, o viceversa: www.adoos.com.co o www.olx.com.co, son las que ofrecen más anuncios de gigolós en distintas ciudades del país.

Hay otros sitios dedicados solo a este negocio. Por ejemplo, www.gigoloscolombianos.galeon.com. Aquí se encuentran con Alejandro, que cobra 200.000, o Juankamilo, que lo hace todo por 150.000, o el Ave Fénix que, por lo que anuncia su nombre, cobra solo 120.000. Aquí la promesa incluye el glamour y la elegancia y la garantía de "no te vas a arrepentir". A Erick lo encontré por medio de una agencia. Una de las que pautan en los periódicos y que ofrece más chicas que chicos. La primera cita fue en una oficina de abogados en Chapinero. Allí, un hombre menudo de bigote, detrás de un escritorio, es el dueño del negocio. Dice que él fue el pionero de los negocios swinger en Colombia y que su servicio es de alto nivel. "Atendemos ejecutivos, extranjeros, hijos de ex presidentes, políticos", dice con un cigarrillo en la mano que apaga con otro. Quiero saber más y acuerdo una cita en el lugar donde es posible ver a los jóvenes. Así conocí a Erick.

Dos días después estábamos allí a las 7:00 de la noche. La casa, también en Chapinero, alberga mujeres que trabajan para el negocio del abogado. "Viven aquí, yo les doy la alimentación, tienen televisor y están disponibles todo el día para hacer servicios". Antes, el mismo personaje había hablado de un sofisticado call center y de una base de datos en la que están sus clientes fijos y los extranjeros.

Todo es una verdad a medias. El call center se reduce a una niña que se esconde de su esposo para contestar las llamadas, sentada en una mesita con dos teléfonos fijos viejos que poco sonaron mientras estuvimos ahí. Y un celular prepago. Un computador en donde muestran una página web de porno de otra compañía, y la gran base de datos de clientes, justo ese día se dañó.

Erick no vive allí. Solo aparece si lo llaman para un servicio especial, como en este caso.

El servicio de esta casa de citas incluye el transporte y la recogida de los trabajadores al lugar del domicilio. Así que llegado el momento de salir, el abogado nos conduce al garaje de la casa y nos montamos en un Renault 9 blanco.

En el camino al apartamento donde estaban mis amigas, les pregunto a estos dos empresarios de la noche cuáles son las más extrañas experiencias en el sexo. Erick responde que no me alcanza la imaginación para entender que en el mundo del sexo no hay límites. Desde la rumba tranquila en donde simplemente se tira a una mujer en una cama, común y corriente, hasta que se lo tiren a él con objetos impensados o con ayudas externas de todo tipo. Además, lo llaman parejas para que la mujer tenga sexo con él, frente a su compañero. Los tres comparten tiempo, espacio y lugar.

Ya en el apartamento le digo que, ahora, frente a mis amigas y el fotógrafo, haga su mejor show.

Tiene el pelo negro, está tatuado en los brazos y en la espalda. Es moreno y musculoso. Va al gimnasio un mes y descansa tres. Tiene su rutina de ejercicios definida y conoce bien la respuesta de sus músculos. Por eso no es esclavo del cuidado de su cuerpo. Así está, según cuenta, desde que entró al Ejército, hace ocho años. Nació en Barranquilla, pero poco se le nota su acento. Quería seguir su carrera de soldado regular, pero para su mamá eso era muy peligroso. Entonces se retiró y pensó en la actuación y el modelaje. Aún hoy, siete años después de vivir como prepago, stripper y puto, ese proyecto está pendiente.

Se dirige al equipo de sonido, pone la música que él mismo ha mezclado en sus ratos de DJ. A los dos minutos aparece con una capa negra que le tapa la cara, solo se le ven los pies con unas botas militares, luego nos revela que es el lugar secreto para guardar los condones que siempre carga encima.

La capa es parte de su performance, porque la excitación femenina, según él, se estimula con el misterio. Y así, poco a poco, entre baile y baile, una pinta va otra viene, una pierna sube aquí y allá... un acercamiento a las chicas, gritos nerviosos. De repente, llega el momento de mi súbita pirueta de las alturas, me entero entonces de que existe el sexo aéreo, me dice que esa posición él la llama el Salto del Tequendama. Y entonces, respiro, en realidad me complace sobrevivir virgen a Erick. Y ya no quiero saber más.

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