Si la noche se presta para todo, hay que prestarle toda nuestra atención cuando sentimos que puede durar más, que alguien prestó su casa en su afán de robarle un par de horas al día para que reine el ágape.

Tal vez eran los tragos de más, las horas de sueño de menos o que verdaderamente el corredor se hacía cada vez más largo a medida que nos íbamos aproximando a la puerta de la alcoba principal. Quien me llevaba de su dulce mano para mostrarme la casa iba apagando las luces conforme íbamos llegando a su cuarto. Su figura exuberante y sus movimientos cadenciosos la hacían lucir absolutamente irresistible, su mejor atributo eran sus piernas interminables. Al abrir la puerta me tiró en la cama, fue un empujón brusco y autoritario. Mientras más años tiene una mujer más le gusta hacerse sentir. Seguramente quería mostrarme quién iba a mandar en esa partida, nada extraordinario sucedió en los instantes del revolcón feroz hasta que me dijo que iba a ir al vestier, que la esperara. Recuperé el aliento y me senté al borde de la cama todavía un poco confundida por el cambio de estatus de la persona que me había metido en ese cuarto. De dueña de casa a dominatriz, interesante. Me llamó, me dijo que fuera al vestier y no lo hice, insistió, me paré y abrí la puerta. Estaba absolutamente desnuda, en cuatro sobre el tapete. Profirió una palabra, que más que una palabra era una orden y más que una orden, el deseo más profundo de su fuero más interno. Ya no era ella la que estaba hablando, era la fiesta, el alcohol, las ayuditas y por último su coño el que me habló cuando me dijo sin vergüenza alguna: "Chú-pa-me-la". No era una perfecta desconocida, para nada. Su cuerpo me lo sabía de memoria y sabíamos que nos gustábamos, que no iba a poder ser a la luz del día y que era ahora o nunca.

Su coño y su pensamiento iban de la mano con un desparpajo aturdidor. Una oportunidad así, literalmente puesta en bandeja, no se deja pasar. Más allá del baño, está el vestier y ahí con ese primerísimo plano rotundo ya todas las cartas estaban tiradas. No hay que jugar a seducir a nadie, hay que entrarle y ni cerrar los ojos, porque lo que estamos viendo seguramente no lo volveremos a ver, hay que mirar bien. Dada la situación, en ningún momento medió el cariño y si bien su orden fue acatada con inmediatez, en ningún momento se puso en duda que lo que estaba sucediendo era el resultado del exceso. De cachetadas a mordeduras brutales, un acto de antropofagia descabellado. La decadencia que trae la fiesta excedida tiene la belleza de un posible olvido. Del orden cronológico de las cosas son pocos los recuerdos, solo de hechos importantes que a la luz de la memoria, si es que la hay, se tornan borrosos. De absolutamente nada hay que avergonzarse a la hora de un encuentro casual a la luz del día, tal vez intercambiar un par de miradas cómplices y sonreír. Vendría bien dar las gracias por los favores recibidos y saber que ciertas personas tienen la llave para abrir nuestras puertas más ocultas y llevarnos de la mano por esos infiernos momentáneos que están llenos de goce. Una vez logramos establecer el vínculo del lenguaje ya todo está para concretarse, alguien siempre tiene que dar el primer paso de impartir órdenes de este tipo; que nos que nos produzcan vértigo, que nos aturdan y que a la hora de tratar de recapitular la noche se nos dibuje una sonrisa silente en la cara porque hemos sido cómplices, porque nos dejamos llevar por la noche y porque queremos que se repita.

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