Yo siempre he dicho que el sexo no tiene por qué ser limpio. El acto sexual está lleno de fluidos, secreciones y olores, y al que no le gusten es porque no puede disfrutar plenamente del sexo.

El beso negro implica meter la lengua en el ano, por ejemplo, y resulta muy placentero tanto darlo como recibirlo. Igual ocurre con el sexo oral: tragarse el semen, aunque no es rico, y beberse las secreciones de una mujer, son parte del disfrute de ambos.

Pero existe algo a lo que yo sí le tengo aversión, aunque suene a retrógrada, y es acostarme con alguien cuando tengo la regla.

La primera y única vez que lo hice era muy joven y el recuerdo de haber perdido la virginidad estaba todavía fresco. Mi novio me convenció de que era la forma más segura de hacerlo (un concepto que se ha revaluado) y así fue que terminamos tirando en esas poco estéticas circunstancias.

Cuando terminamos, su semen se mezclaba con mi sangre y todo parecía como la escena de una masacre. Las sábanas quedaron manchadas, mis piernas también y su pene, bueno, su pene se parecía al de John Bobbit, recién cercenado. Era francamente horrible.

Ahí abandoné la idea de seguir experimentando con eso y me dediqué a disfrutar los 25 días al mes que podía hacerlo, y a negarme rotundamente los otros cinco días restantes.

Pero hace poco descubrí que no todas las mujeres somos así. El otro día estaba conversando con una amiga que me contaba que la primera vez que se acostó con su novio, ella tenía la regla.

Para rematar la historia, ni siquiera habían salido durante mucho tiempo, o sea que ni confianza se tenían. Se acababan de conocer en un paseo por Europa. Él era italiano y ella colombiana, y él estaba viajando un poco antes de ir a vivir a Japón, donde tenía un trabajo con una ONG. Ella, en cambio, se iba a vivir a Buenos Aires. Las posibilidades de que se encontraran de nuevo eran ínfimas, y fue amor a primera vista, así que la noche antes de separarse, hicieron el amor en un hotel desvencijado en Barcelona.

Por circunstancias de la vida, él vino a América Latina, se fue a vivir a Chile y ella terminó visitándolo con frecuencia. A ninguno de los dos parecía importarle el hecho de que a veces tenían que tener sexo con sangre de por medio, y mi amiga no lo veía ni problemático ni fastidioso.

"Qué importa, si la sangre no huele", me había dicho mi amiga. Sin embargo, sí es escandalosa, mancha y es poco estética.

Yo hice lo que hago con frecuencia cuando encuentro sorpresas así, que es hacer una encuesta, y descubrí que la mayoría de mis amigas lo consideran casi un pecado, mientras que la mayoría de mis amigos piensan que es normal. ¿Por qué será eso? A nosotras nos molesta que nos toquen y a ustedes (a muchos) les parece parte de la naturaleza y como tal lo asumen.

¿Será que en eso ustedes son más civilizados? ¿Menos aseados? El sexo, por supuesto, no tiene por qué ser aséptico, pero sí tiene que tener un límite, y para mí tener sexo con la regla es traspasar cualquier frontera del pudor.
 
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