El último puente de junio me hice la ronda obligatoria de charlas en el Festival Malpensante. Y digo obligatoria, porque las razones que me llevaron fueron estrictamente profesionales. En este caso, la charla "La paja femenina" entre Juanita Kremer, la renombrada ‘Gallinita‘; Jimena Durán Hasbún, una actriz, y la periodista y escritora Marta Orrantia. Pero más que la charla (en la que si no se dijo nada de la paja femenina quedó demostrada la capacidad femenina de echar paja), me interesó una pregunta del público. Un buen hombre de unos 60 años (y digo "buen hombre", porque antes de preguntar agradeció diciendo que "después de estas cosas uno se da cuenta de que no sabe nada"), preguntó por la eyaculación femenina, que si era un mito, que si era verdad. A lo que Marta respondió "el clítoris de las mujeres es como un pequeño pene atrofiado, puede estar en erección…". Pausa. Rewind… (dejemos a Marta por ahora).

Hace unos meses reanudé una relación con un mal llamado fuck buddy. Cierto: el tipo quería ser mi buddy, mi amigo; pero tirábamos tan rico (a él le debo un profundo conocimiento de mi punto G y sus virtudes) que, después de un tiempo, el sexo opacó por completo la amistad. Hace unos meses, sin embargo, me llamó y, yo, solícita atendí su llamado (de apareamiento, lo sabía) por la gracia de los buenos tiempos. Llegué a su casa a las nueve de la noche y, como ya era costumbre, de la puerta me llevó directo a la cama y en la cama empezamos a conversar: que por qué nos habíamos dejado de hablar, que tan bien que la pasábamos juntos, que por qué no me desnudaba un poquito, mientras me besaba el cuello, las tetas, que cómo estaba de linda. Pero él no quería que yo lo tocara: era una de esas noches en las que el macho propone, dispone y está listo solo para complacer. Él se haría cargo de todo y se puso manos a la obra para hacerme gozar. Manos a la obra: con una me masajeaba la vulva, con la otra, hábil, se abrió el estrecho camino entre mis nalgas hasta penetrarme también por atrás, mientras con su lengua recorría la extensión que separaba una mano de la otra. Agarrada como estaba (por todos los flancos), lo dejé seguir hasta acabar. Y acabé. Acabé agarrada de las sábanas, dando gritos que escandalizarían al más ruidoso vecino y con la mente completamente en blanco, mientras él miraba horrorizado el resultado de su esforzada hazaña. Pronto entendería las razones de su horror.

Con la respiración entrecortada solté la sábana y bajé la mano. Ahí estaba: un inverosímil charco, simplemente demasiado líquido para ser mío; un líquido demasiado claro para ser suyo. "Es tuyo", me dijo. "¿No te diste cuenta?" Era mío. Olía a mí. "Sonó y todo", protestó. Pausa. Rewind (dejemos la escena de sexo por ahora).

Que recuerde, la única vez que he orinado frente a un hombre (o varios al mismo tiempo) fue a los cinco años: en un partido de fútbol con mi hermano y sus amigos en el que me había logrado colar por mis notables habilidades como defensa: desde muy joven sabía esquivar golpes (las ventajas de tener dos hermanos), era pequeña, ágil y muy gritona. El primer y último partido que jugué como una única miembro del género femenino y en el que me enteré de que este tipo de eventos, además de ser espacios naturales para patear pelotas y cascarse, también lo era para orinar en grupo: detrás de un muro que bordeaba la cancha. Y como todos regresaban de lo más contentos, en un arranque de curiosidad, estupidez o instinto feminista —nunca envidia, en todo caso, que Freud se revuelque en su tumba y diga lo contrario—, los seguí. Me bajé los calzones, me subí la falda, abrí las piernas y oriné parada. ¿El resultado de tan arriesgado experimento? Falda, calzones y entrepierna completamente meados y yo, suspendida en la banca (sí, tarjeta roja por falta a las normas de sentido común), convencida de que no volvería a intentar salir exitosa de maromas que involucran meos. Y no lo he hecho.

Ni siquiera esa noche con mi amigo. El misterioso líquido olía a mí —no era semen—, pero no era orín. Así que con la tranquilidad del placer cumplido, me dispuse a seguir. Pero él ya se había encogido. Me dio la espalda y se fue a dormir. Creo que eso —envidia de la eyaculación femenina, término que pienso acuñar desde este momento— aceleró la ruptura definitiva. Eso y... bueno, que buena parte le cayera en la boca (ya era hora de que fuera sabiendo cómo se siente). Nunca supe más de él.

Por eso, al buen hombre del Festival Malpensante y a mi buen mal-llamado-fuck-buddy les digo: la eyaculación femenina es una realidad. No hay que romperse la cabeza para entender el fenómeno: durante siglos el preciado líquido ha sido un misterio para la comunidad científica. Desde Aristóteles, que lo menciona en su Generación de los animales, hasta el señor Freud que, como todo, lo relaciona con la histeria y con Edipo, nadie se ha podido poner de acuerdo. Pero yo les digo, es fácil (tómenlo y acéptenlo): la entrepierna femenina encierra lo mejor de ambos mundos. Ahora, ¿que si todas podemos eyacular? Bueno, mis queridos señores, ahí les dejo la inquietud. Ya tienen la técnica.

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