¿Has vuelto con Andrea? Sí, diez años después hemos vuelto. ¡Nos entendemos a la perfección y nos gustamos así, nos queremos así y no hay vuelta de hoja!

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Contaré la historia de mi amigo Raúl (nombre de ficción) quien es un bogotano trabajador, con dos carreras, un tipo que cuando se ponía una corbata se veía muy bien, aunque nunca sería un tipo churro ni lindo ni nada de eso, y que por lo mismo me pareció muy absurdo que dejara a Andrea, que era una investigadora súper chévere, inteligente, divertida, culta y súper buena bailarina aunque superaba los 80 kilos, por una mujer quince años menor que él (a la que llamaremos Raulita) y que tenía un cuerpo espectacular, un pelo de anuncio de televisión, pero que no se tomaba un vino porque se engordaba y que se largaba a las once de la noche porque a la mañana siguiente se le notaba la trasnochada y no podía ir al gimnasio.

Sentía que yo estaba mucho más cómoda con Andrea que con Raulita, prefería hablar de política, deportes o ciencia con la primera que de cremas anticelulíticas y dietas veganas con la segunda.

Con el tiempo hasta empecé a sentir que Raulita no era tan guapa como parecía y que la belleza de Andrea lo inundaba todo, porque era dos mil veces más alegre, mejor compañera para ir a bailar, para ir a comer cualquier capricho en un restaurante o para sentarse a practicar el nimierdismo de Bernal Leongomez.

Andrea sufrió mucho más por decirle adiós a Raúl que por estar gorda, la palabra la usábamos las dos y hoy es el día en que la decimos claramente sin empezar a cambiarla por eso de curvy o anchita.

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Defendía la belleza de la gorda y así también me relajé mucho estando con ella, me sentía bien comiendo cualquier antojo sin preocuparme por la frase de Toñi Salazar, del dúo Azúcar Moreno, quien dijo al ver un postre: un segundo aquí (en la boca) y toda la vida aquí (tocándose las caderas).

Pero Raúl estaba enamorado de las curvas de Raulita, del estilo Mede-Chic de Raulita y de las fotos de Instagram de Raulita. Con el tiempo, Andrea salió por completo de su agenda y ni por redes sociales se enteró de todo lo que yo supe que se puso a hacer con su vida y su carrera, pues su éxito nunca se basó en adelgazar, ni en parecer lo que no era, sino más bien en lograr la excelencia en lo que sí era. Pero Raulita seguía siendo la novia de Raúl, y así la aceptamos, aunque cada vez nos parecía que él había perdido su espontaneidad, ya no brindaba, ni compraba libros, ni bailaba, y ni por casualidad tomaba cerveza porque atentaba contra su nueva figura, aunque hay que abonarle que fue la única que por fin lo convenció de dejar el cigarrillo. (¡Gracias mija!)

Raulita y Raúl no duraron más de dos años, y nosotros volvimos a sacar a Raúl a comer y lo invitábamos a asados en los que nunca lo vimos ilusionado por ninguna mujer.

La que le encajaba desde siempre fue Andrea, la misma que siguió pesando más de 80 kilos, pero esta vez ya tenía un doctorado en otro país y había demostrado que tenía pasión por aprender y sacar adelante sus investigaciones cada vez más financiadas y reconocidas.

Andrea y Raúl se encontraron en un bar un jueves, y yo no vi la cara de ninguno de los dos, pero sé que a Andrea le encantó saber que Raúl y todas sus canas volvían a bailar, y confirmó que nadie le iba a abrazar con más ganas y más ilusión, así que fue ella quien decidió hacer una elipsis de diez años y preguntarle a su bien conocido Raúl si quería ir a su apartamento cuando la orquesta terminara de interpretar “Mujer divina”.

Derecho de autor: belchonock / 123RF Foto de archivo

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