El sexo tiene que tener reglas. Cada uno tiene las suyas, pero las mías, aunque pocas, son inamovibles y universales. La primera de ellas es que desvestirse es un acto público, pero vestirse es un acto privado. Yo hago striptease, me quito la ropa y juego con ella, pero luego me parece vergonzoso ver al tipo poniéndose, digamos, las medias.

La segunda regla es que es más fácil acostarme con un tipo que dormir con él. Porque una cosa es tirar, pero la convivencia es otra.

La tercera regla es no volver jamás a la casa de un ex. Esa la rompí el otro día. Mi ex y yo somos amigos, casi cómplices, y me dejé engañar por la estupidez de su propuesta. Que unos whiskies, que un rato de tele, que cero drama.

Entrar en la casa de un ex es una lección de humildad. Ya no estaba mi foto en su mesa de noche. Ya no estaban nuestras sábanas sino que las había remplazado por unas de algodón azul rey, como de macho en conquista. El contestador tenía unos seis mensajes que él no se molestó en oír, o no fue capaz de oír frente a mí. Pero yo ya me había prometido que esas cosas no me iban a importar. Total, hace años que terminamos y ahora, en teoría, nos contamos todo. Con quién salimos, cómo tiran los demás, en quién pensamos cuando estamos con este o con aquella… así que, ¿por qué me va a importar una foto?

Pues romper mi tercera regla me obligó a romper la cuarta, que es no acostarse con el ex. Después de varios whiskies, de mucha risa y de poca tele, decidimos de común acuerdo que debíamos enseñarnos lo que los demás nos han mostrado en nuestros años de amigos y comenzamos a desvestirnos, todavía muertos de risa, sin vergüenza ni sensualidad, sin besos ni seducción, porque "somos dos viejos amigos, dos encantadores de serpientes que ya conocemos los secretos del otro". Mala excusa.

Pronto llegaron los besos, nos empezamos a desvestir y yo me acosté en su cama. Él se acostó sobre mí y cuando me quitó la ropa estiró la mano para lo que yo pensé que iba a ser el acto sublime de apagar la luz, cuando abrió la mesa de noche y de ahí extrajo un aparato que me dejó sorprendida.

Bueno, no por el aparato, porque un vibrador no es en realidad un aparato exótico. He tenido uno a lo largo de los años y eventualmente lo he cambiado por otro más moderno, más grande, con más velocidades o con un color más brillante. Su vibrador —el de mi ex— era más chiquito que su aparato —el de mi ex— y de color piel. Lo exhibió con descaro, sonriendo, orgulloso de sus avances en materia sexual, pero mi cara de angustia (¿o serían mis rodillas cerrándose sobre su estómago

) lo frenó.

Cuando vi el vibrador me hice las preguntas obvias: en dónde habría estado antes, qué otras ex novias habían jugado con él o, peor aún, qué tal que hubiera jugado él solo, y fue como si alguien de repente quitara la música.

Entendí que había cometido un error, pero ya no había marcha atrás. Le dije de la manera más elegante que pude que guardara el aparato de plástico y sacara el otro. Total, era un malentendido y no queríamos dañar una noche divertida por algo que estaba fuera de lugar. Él nunca entendió, pero igual terminó de quitarse la ropa, apagó la luz, siguió besándome y jamás hablamos de eso.

Al terminar, apliqué mi regla de "no dormir con nadie" y de "vestirse en privado" y salí de su casa disparada. Llegué a mi cama, abrí mi mesa de noche y descubrí mi confiable vibrador, en la esquina derecha, justo al lado de un brillo para los labios y un marcador de libros.

Eso me dio una lección. Mi quinta regla en cuestiones de sexo es que los juguetes, siempre, los pongo yo. Sin importar si son esposas, tacones, velas o, por supuesto, vibradores. Y también puse una regla nueva: las cuatro primeras se pueden romper en ocasiones especiales, pero la última no.

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