Cuando estaba por graduarme del colegio, quién sabe por disposición de qué ministerio, recibí una clase de educación sexual. Durante 45 minutos, una profesora visiblemente incómoda nos habló a 30 niñas sobre la función procreadora del sexo. Nos mostró también unos dibujos donde aparecían un hombre y una mujer. La mujer tenía una bolsa de la que se desprendían unos tubos con una especie de tentáculos que agarraban dos bolsas más pequeñas. El hombre tenía un pene a donde llegaban dos tubitos, uno rojo y otro azul. El rojo entraba en los riñones y el azul, bueno, el azul se perdía misteriosamente en algún lugar del intestino.

Eso fue todo lo que alguien me dijo alguna vez sobre sexo, así que cuando perdí la virginidad me tocó aprender solita, en mi cuarto, qué era lo que me producía placer, porque mi novio tampoco tenía mucha idea.

Ahora me doy cuenta de que no fui la única. Muchos lectores me preguntan cómo hacer para que su pareja sienta placer. Yo no puedo hablar por todas las mujeres, porque cada quien debería decir lo que le gusta, pero sí puedo hablar por mí. Quiero darles entonces una breve guía, una especie de clase magistral de educación sexual básica, de lo que a mí me gusta hacer como calentamiento, para que ustedes vean si lo aplican o no y si tienen o no más sugerencias.

Existen muchas zonas que se pueden estimular, pero los hombres siempre recurren a las tres básicas: la boca, las tetas y la cuca, tal vez porque son las más sensibles.

No hay polvo sin besos (bueno, sí, pero es mejor con besos), y hasta para besar hay que tener táctica. A mí no me gusta que me embutan la lengua hasta el esófago o que abran la boca como si estuvieran en la dentistería. Un buen beso es el prefacio del sexo. Un tipo que bese bien debe abrir la boca despacio, acercarse a mí con la lengua húmeda y darme a probar un poco de su saliva y de su excitación. Debe mostrarme, mientras me besa, que sus manos me desean igual que su boca. Tocarme la cara, el pelo, las tetas, el culo. A medida que él se excita, que yo me excito, los besos son más agresivos, sin que duelan.

Quién sabe por qué, a los hombres les encantan las tetas. Usualmente no se detienen mucho en los besos para poder chupar lo que realmente les interesa. A mí me gusta que me las chupen, claro, pero agradezco siempre más besos y menos tetas. Un buen chupador debe usar su boca entera, no solo la punta de su lengua porque resulta pusilánime; no sus dientes, porque duele, sino su boca, con labios y todo, y chupar como si en eso se le fuera la vida. Si aún les quedan dudas, pídanle a su pareja que les chupen los pezones, que así es como seguramente nos gustaría que nos chuparan.

Pero sin duda la pregunta más frecuente es ¿cómo les gusta a las mujeres que se la chupen? Para mí no hay mejor orgasmo que el que se hace con la boca. Por eso me gusta que el tipo se acomode, que sepa que esto no es cuestión de dos minutos que me abra las piernas y me empiece a lamer.

Primero deben ser lengüetazos dulces, casi cariñosos. Luego se vuelven más violentos. Me gusta sentir que sus manos aprietan mis caderas y me llevan a su boca. Ahí mi culo se yergue un poco, mi pelvis se tensa. El tipo entonces se puede volver más violento. Agarrarme el clítoris con sus labios, chupar con fuerza, bebiéndome, meter la lengua justo detrás del clítoris y seguir lamiendo mientras chupa. Ese no es un momento para parar, sino, al contrario, para tomar un ritmo, ni lento ni rápido. Uno que le imponga yo, con mis caderas, con mi mano en su cabeza y con mis palabras. Cuando me he venido la primera vez, en ese momento de sensibilidad, me gusta que me lama más suave y usualmente la delicada punta de su lengua hace que me venga una segunda vez. Ahí, luego de ese calentamiento, sí puede proceder a metérmelo.

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