No hay mucho que entender. Es, según el diccionario de María Moliner, “cada uno de los abultamientos que tienen en el pecho las hembras de los animales mamíferos, que contienen las glándulas secretoras de la leche con que alimentan a sus crías”. Es, morfológicamente, el desarrollo desmesurado de glándulas sudoríparas adaptadas a la producción de leche.

De modo que, en efecto, no hay mucho que entender: abultamiento, glándulas y secreción de leche. Sin embargo, en 1996, la marca de lencería Victoria’s Secret lanzó el soutien Fantasy Bra, elaborado con piedras preciosas, que en el año 2000 costó 15 millones de dólares, y en 2012 tuvo un precio más humano de dos millones y medio. Nadie gasta tanto dinero en abultamientos que contienen glándulas secretoras de leche o glándulas sudoríparas de crecimiento desenfrenado.

(Guía para conocer las tetas)

Es probable, entonces, que, después de todo, sí haya algo que entender.

Entender, digamos, cómo una cosa que pesa 180 gramos y está formada por piel, grasa, venas y nervios, termina siendo el símbolo sexual más popular de Occidente. O, para ponerlo simple, como dice este delicadísimo refrán, entender por qué tiran más dos tetas que dos carretas. Lo primero que puede decirse es que si la mayoría de la gente viene al mundo con casi todas las partes del cuerpo en el sitio en el que, salvo excepciones, permanecerán hasta la muerte, no se llega al mundo con las tetas puestas: las tetas llegan mucho después a un ser que nació sin ellas.

Eso, supongo, debe marcar alguna diferencia. Pero no sé cuál.(Diálogo espontáneo número uno. Situación: lunes de fines de noviembre, noche, hombre preparando una ensalada, mujer salando un trozo de carne).

Mujer: —Tengo que escribir un artículo sobre las tetas, explicándoles las tetas a los hombres.

Hombre: —¿Y qué es lo que hay que explicar?

—Lo que los hombres no entiendan.

¿Vos qué es lo que no entendés?

—Nada. Si son fáciles.

—¿Cómo fáciles?

—Lo único que importa es el pezón. Si reacciona, es una teta bien. Si no reacciona, es una teta mal.

—¿Y el tamaño?

—¿A quién le importa el tamaño? En un mundo en el que las cirugías plásticas son la segunda operación más común después de las liposucciones, es probable que haya que explicar un par de cosas sobre las tetas. Pero no a los hombres, sino a las mujeres.

(Contra las tetas operadas)

La mama tiene dos componentes internos: parénquima y estroma. El parénquima está formado por unos 20 lóbulos radiales, formados a su vez por células glandulares secretoras de leche. El estroma es todo lo que no está hecho para lactar: la arquitectura de la mama, un edificio elástico formado por tejido graso y fibroso que se ajusta al pecho a través de los ligamentos de Cooper. La areola es el disco que rodea al pezón, y el pezón es una prominencia con diminutas aberturas que conducen la leche. La mama está recorrida por una gran cantidad de terminales nerviosas que permiten el erizamiento, la sensibilidad al tacto y los aullidos de dolor durante la lactancia.

Mutante por naturaleza, crece en la pubertad, se hincha con la menstruación y triplica su tamaño en el embarazo cuando, durante los últimos meses, produce calostro, un líquido amarillento, rico en anticuerpos, que luego es reemplazado por aquello para cuya producción la mama parece estar hecha: leche.

(Visita a la mujer más tetona del mundo)

(Resultados de una serie de preguntas realizadas por periodistas de la redacción de SoHo en Bogotá)

—¿Qué tienen de interesante las tetas? 

D.R. (hombre): Creo que son como un juguete para un bebé: el niño puede no entender qué le atrae de un muñeco, pero siempre que lo ve se pone feliz.

L.R. (mujer): Nada. Todas tenemos tetas. Todo esto —las tetas puestas al servicio de vender autos y bronceadores, vinos y afeitadoras; las tetas poblando páginas de periódicos y revistas— empezó cuando nos pusimos de pie.

El zoólogo inglés Desmond Morris, en su libro El mono desnudo, de 1967, aseguraba que cuando los primeros homínidos se irguieron y dejaron de caminar en cuatro patas, la vulva femenina quedó escondida entre los muslos y el centro de interés sexual se trasladó, de abajo y atrás a arriba y adelante. Si caminando en cuatro patas la vulva enrojecida era una indicación muy clara de disponibilidad y el equivalente a un anuncio de neón, su complicado reposicionamiento entre las piernas hizo que la parte femenina de la raza tuviera que inventar nuevas señales para la parte masculina del asunto y, así, asegurarse la continuidad.

En tiempos en los que no existían las cenas a la luz de las velas ni los ramitos de flores, unos pechos bien equipados enviaban un mensaje directo: soy fuerte, soy joven, soy una máquina de parir. Así, al ponerse de pie, la raza empezó su largo camino hacia lo que vino después: el corsé, Freud, las pin up, el soutien, Marilyn Monroe, el feminismo, la liga de la leche, el escote de Penélope Cruz, el cáncer de mama y la quimioterapia. Si todavía camináramos en cuatro patas, la historia sería distinta. Los programas de televisión mostrarían imágenes de vulvas jugosas, y los anuncios de cerveza también.

(A favor de las tetas operadas)

(Diálogo espontáneo número dos. Situación: mujer preparando un té, hombre sentado ante una computadora).

Mujer: —¿Por qué una teta puede salir en la portada de una revista de moda, pero en la misma revista sería impensable que saliera una vulva en primer plano?

Hombre: —Es que en la teta todo es refinado. La leche es algo refinado. De la teta no salen fluidos raros.  —... —Y además las tetas están más cerca de la boca.  —¿Eso qué tiene que ver?  —No hay que agacharse tanto.

“Al principio fue el pecho —escribe Marilyn Yalom, investigadora de la Universidad de Stanford, en su libro Historia del pecho (Tusquets, 1997)—. Durante la mayor parte de la historia del género humano no ha habido sustituto para la leche materna. En realidad, hasta fines del siglo XIX, cuando la pasteurización hizo que la leche animal fuera segura, el pecho materno significaba la vida o la muerte para el recién nacido. No es de extrañar que nuestros antepasados prehistóricos dotaran a sus ídolos femeninos de unos senos imponentes (...) Cuando en las civilizaciones antiguas empezó a representarse la figura humana, los pechos solían ser el rasgo que distinguía a la mujer”. Si hoy los pechos son armas de seducción masiva, en el comienzo tuvieron carácter sagrado: desde la Venus de Willendorf (una estatuilla de 25.000 años, una mujer cuyos senos cuelgan sobre un vientre hinchado y que, se supone, es un símbolo de la fertilidad) hasta las madonas redondas como duraznos de la Edad Media, el pecho fue imagen maternal y nutricia, alejada, al menos en sus representaciones públicas, de connotación erótica. El cambio llegó en el siglo XV, cuando Carlos VII, rey de Francia, conoció a una mujer llamada Agnès Sorel, y la hizo su amante favorita.

Agnès Sorel fue retratada en una pintura llamada La Virgen de Melun, en la que puede verse uno de sus pechos brotando del corsé, por primera vez sin ofrecerse para amamantar a un niño (que sí aparece en la pintura, pero que mira indiferente hacia la nada). Agnès murió joven, en 1450, seis años después de haber conocido a su rey, pero el retrato marcó “la transición entre el ideal del pecho sagrado, asociado con la maternidad, y el pecho erótico, que simboliza el placer sexual —dice Yalom—. Progresivamente, tanto en el arte como en la literatura, el pecho iba a pertenecer cada vez menos al Niño, o a la Iglesia, y más a los hombres seculares, que lo tratarían únicamente como un estímulo del deseo”. Desde entonces, y hasta hoy, la historia de los pechos es la historia de un vaivén que va de lo erótico a lo nutricio, de lo pequeño a lo descomunal.

(Qué se siente ser talla...36)

(Resultados de una serie de preguntas realizadas por periodistas de la redacción de SoHo en Bogotá)

—¿Cómo le gustan las tetas?

S.M. (hombre): Paradas, ligeramente cóncavas por encima, convexas por debajo; pezón céntrico y elevado con declive suave hacia la areola; que estén tan laterales que se no se presionen adelante (surco intermamario presente como un valle pequeño, no como una planicie) y tampoco tan lateralizadas que toque adelantarlas con el brazo; consistencia dura; color homogéneo.

L.R.2 (mujer): Medianas o pequeñas, paraditas, pero naturales. Durante la Edad Media, puesto que las mujeres se casaban a los 14, tenían hijos a los 15 y se morían una década más tarde, los pechos gustaban pequeños porque hablaban de una dama en edad de ejercer fornicio y con un amplio margen para la reproducción.

En el Renacimiento, cuando el promedio de vida fue mayor, los pechos se prefirieron grandes y se mostraron ostentosamente. Desde entonces, el tamaño no ha dejado de aumentar y de disminuir a un ritmo en el que algunos creen ver cierta correspondencia con la época que les toca: a épocas alocadas y libres les corresponderían pechos pequeños y firmes; a épocas conservadoras y retrógradas les corresponderían pechos grandes y nutricios. Así, en 1920 y 1960, cuando las mujeres adoptaron una moda unisex o arrojaron soutiens a la basura porque había que asumir independencia, se prefería el pecho pequeño, estilizado.

Pero entre ambas épocas, durante la Segunda Guerra Mundial, los pechos fueron enormes criaturas con vida propia que se pintaron en los fuselajes de los aviones y treparon a calendarios y publicidades para alentar a los soldados que iban al frente. Desde 1963, cuando se hizo en Texas el primer implante de siliconas, los pechos se han mantenido en continuo crecimiento, al punto que, según datos de Wacoal America, una empresa líder en producción de soutiens, el contorno femenino aumentó una talla en los últimos 15 años. Si es cierta la teoría de que a épocas conservadoras y retrógradas les corresponden pechos grandes y nutricios, no estaríamos, precisamente, en el mejor de los mundos.

Mi padre, que fue joven en una época en la que todas las fantasías animales se derramaban sobre los pechos enormes de una actriz argentina llamada Isabel Sarli, repetía que los pechos grandes le producían horror y que, para él, no había nada más hermoso que una dama de pechos breves —no planos: breves— con un jean de tiro bajo y una camisa sin soutien anudada a la cintura. Esa imagen de muchachito salvaje era la que cultivaba mi madre que, a su vez, encontraba que el summum de la elegancia residía en una mujer de pechos breves —no planos: breves— con un escote hasta el ombligo. Yo coincido, más o menos, con esa idea estética del mundo. Prefiero las dos elegantes dunas coronadas de Kate Moss a la doble profusión cremosa de Penélope Cruz. Pero, también hay que decirlo, a veces me sorprendo mirando otras cosas.

Me pasó en un avión, hace poco. El avión había aterrizado, y casi todos estábamos de pie en los pasillos, cuando miré el escote de una mujer que permanecía sentada y vi eso que los españoles llaman canalillo, el surco de carne cimbreante que separa, removida por temblores misteriosos. La mujer se dio cuenta, se cerró el abrigo, y supongo que habrá pensado que me regodeaba en sus turgencias, pero lo que yo pensaba era otra cosa: pensaba por qué hasta ahí se puede pero más abajo no. Pensaba por qué mostrar esa parte de las tetas —que es una buena parte de las tetas— no se considera mostrar las tetas. Pensaba por qué una teta es, sobre todo, un pezón.

No por sabido es menos raro: yo podría mirar tetas durante todo un día sin sentir nada parecido al afán: el afán de morder, de chupar, de tocar, de retorcer, de lamer, de acariciar. Y no por sabido es menos raro que la exposición a la misma sustancia produzca reacciones tan diversas. Y, entre una cosa y la otra, el bueno de Sigmund Freud diciendo que el acto de mamar es el punto de partida de la vida sexual del niño y de la niña, Marilyn Yalom en su libro se burla un poco y dice que “el pecho femenino ofrece un modelo psicoanalítico para el jardín del Edén. En el pasado todos nos saciábamos en el paraíso. Luego, todos fuimos expulsados del pecho materno (...) obligados a deambular en un páramo no mamario.

Como adultos, buscamos incansablemente el consuelo en el seno original, y de vez en cuando lo encontramos en la unión sexual, a la que Freud considera una especie de sustitución adulta del placer primitivo”. Dicho a lo bestia: según Freud, los adultos se pasan la vida tratando de recuperar el paraíso y lo encuentran, reeditado, en la pechuga de cada mujer con la que se topan. He ahí, entonces, una explicación posible al porqué de las películas pornográficas en las que los pechos se pagan por metro, al fetichismo de la lencería femenina, a la baba derramada sobre el escote de Sofía Loren, Gina Lollobrigida, Brigitte Bardot, Mónica Bellucci, Salma Hayek, Scarlett Johansson, etcétera.

(Diálogo espontáneo número tres. Situación: mujer revisando apuntes; hombre limpiando la lente de una cámara de fotos).

Hombre: —Mirar el canalcito de separación de las tetas en el colectivo es un placer.

Mujer: —¿Y para qué mirar si no vas a tocar?

—¿Y para qué vas a una exposición de autos de lujo si no te los podés comprar?

—Yo no voy a exposiciones de autos de lujo.

—Pero las tetas te producen como una adrenalina. Yo, de chico, me he pasado de parada de colectivo para mirar una teta un rato más. Desde el mes de septiembre de 2012, el programa sanitario Latch on NYC insta a los hospitales de Nueva York a reducir el uso de leche artificial para los bebés, de modo que, de ahora en más, las neoyorquinas solo podrán usar leche de fórmula si las enfermeras y los médicos lo consideran adecuado.

El alcalde de la ciudad dijo que la medida se tomaba debido a que “la leche materna reduce el riesgo de obesidad en la infancia y en la edad adulta”. Curiosamente, el mismo mes, el Departamento Estadounidense de Defensa consideró que la obesidad era “un problema de seguridad nacional [puesto que] el ejército destina más de mil millones de dólares a mejorar los problemas relacionados con el peso y el seguro médico de los militares, quienes necesitan de cuidado especial en el caso de la obesidad”. Desde 2011, en Indonesia, una ley estipula que los bebés deben ser amamantados durante los primeros seis meses de vida, y quien no cumpla con esto deberá pagar una multa que puede llegar a los 11.000 dólares. El gobierno asegura haber tomado la medida debido a que los niveles de desnutrición en los niños de ese país resultan alarmantes. O sea: contra la obesidad, tetas. Y, contra la desnutrición, tetas.

En Oriente y en Occidente, las tetas son la solución a problemas de Estado: a cosas que el Estado —planes de salud, comida— no quiere pagar. (Resultados de una serie de preguntas realizadas por periodistas de la redacción de SoHo en Bogotá)

—¿Qué le parece más inexplicable de las tetas?

D.R. (hombre): Que nos cause tanto morbo ver unas tetas y no un omoplato, por ejemplo.

A.C. (hombre): Que tienen un poder insuperable de embrutecer, anular, someter y domar a cualquier hombre.

Desde 1940, la incidencia de cáncer de mama se ha duplicado y sigue en aumento, entre otras cosas porque las mamas desarrollan cierta inmunidad al cáncer cuando las células fabrican leche, pero las mujeres han retrasado la edad para tener su primer hijo o han decidido no tenerlo nunca. Para la erradicación del cáncer a veces es necesaria una mastectomía radical: la extirpación de la mama, los ganglios linfáticos y parte de los músculos pectorales. Desde que en los ochenta la escritora Dana Metzger se tomó una foto con los brazos abiertos, un pecho radiante y un tatuaje sobre la cicatriz del que faltaba, muchas mujeres han mostrado —en retratos, en reportajes, en trabajos artísticos— la mastectomía.

Si las amazonas se mutilaban un seno para tensar mejor el arco, las imágenes actuales no señalan una carencia sino una belleza insolente que, en un mundo en el que los pechos han terminado por ser el epítome de la femineidad, dice (como ninguna otra cosa) “yo soy mucho más que mis dos tetas”. Florence Williams, una periodista científica, autora de Breasts: A Natural and Unnatural History, decía, en una entrevista, que “el instigador y primer beneficiario de la aparición de los senos fue el bebé”, porque los pechos, depósitos de grasa, habrían sido cruciales para soportar la lactancia en condiciones extremas.

Al parecer, aún la reacción placentera que experimenta una mujer ante la estimulación de los pezones está ligada a un circuito neural cuya finalidad es la de fortalecer el vínculo entre madres e hijos. La estimulación del pezón durante el amamantamiento desencadena la liberación de una hormona llamada oxitocina y, según estudios recientes de Larry Young, profesor de psiquiatría de la Emory University, la estimulación del pezón por manos o bocas adultas activa las mismas áreas del cerebro que despiertan la estimulación vaginal y desencadena la liberación de, una vez más, oxitocina. O sea, exactamente lo mismo que sucede cuando una madre le da el pecho a su bebé.

(A qué edad se caen las tetas)

Es agotador: se empiece por donde se empiece, todo termina en el mismo lugar. En la fábrica de leche, en la antigua costumbre de mamar.

El programa de televisión se llamaba El secreto, iba por un canal llamado Ciudad Abierta, en Buenos Aires, y lo conducía una escritora llamada Marina Mariasch que, en una de las emisiones, entrevistó a una bestia luminosa de la literatura argentina, el escritor Rodolfo Fogwill. Tomaban té sobre una manta, en el Jardín Japonés, cuando Fogwill se puso las gafas y, sonriendo con la ternura de una nueve milímetros, le preguntó: “¿Qué sentís cuando te miro así ”. Ella le dijo: “Me hacés acordar a mi papá”. Y él: “¿Y te acostarías con alguien que te hiciera acordar a tu papá”. Y ella: “No sé, nunca lo hice”.

Y él, que la conocía desde pequeña, dijo que estaba seguro de haberla visto por primera vez en un barco, en el Delta del Tigre.

—¿Yo estaba con corpiño?

—Ese es un mito. Tu papá le dijo a alguien que yo te miraba las tetas. Yo jamás les miro las tetas a las mujeres porque las tetas de las mujeres no me interesan (...) La teta es un órgano boludo. Hasta el momento de usarla.

—¿Vos decís de usarla como bebé o como hombre?

—Usarla, que cambie de contextura, que cambie de dureza y, especialmente, conseguir que se erice. Pero no es una cosa que me interese. Además, si son muy femeninas no me gustan.

—¿Cómo muy femeninas?

—Qué sé yo, las que les gustan a los pajeros. A los babosos pajeros les gustan las tetas, que se hagan las tetas las minas. A mí me parece desagradable.

—¿Por qué?

—No las quiero para comer”. 

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