El orgasmo es tal vez una de las cosas más fáciles de lograr y, sin duda, una de las más placenteras. Hay muchas cosas comunes y simples que pueden producirme uno. El buen arte, un buen plato, el vacío del avión, una copa de champaña en el momento justo, mi trabajo, una buena fotografía como estas, que evocan mi plenitud como mujer, el arte de mi cuerpo, una mirada, cerrar los ojos, mi pecho, la transparencia de una tela, el pelo, el entorno de ese lugar donde se trabaja con las manos y donde se crea.

Pero si hablamos de placer, del placer perfecto, del orgasmo ideal, creo que se da tras la conexión del sentir físico que explota como si fueran mil estrellas, todo un sentimiento intenso instigado por el vértigo de hacer el amor.

No existen preámbulos preconcebidos, ni palabras establecidas para llegar a él. Se necesita una química inexplicable que va más allá del momento y el lugar. La comida es una buena antesala, y si hablamos de olores, la almendra, la vainilla, el jazmín y el olor natural del sudor, la luz de las velas, el algodón puro mezclado con la seda, la música y la cremosidad en la piel son mi gran debilidad.

Para el orgasmo perfecto necesito a un hombre que me comunique lo especial que soy, que sepa y sienta lo mismo que yo siento. Saber que tenemos los ojos cerrados, el pelo despeinado y que sus manos se agarran fuerte a mis curvas. El físico es indiferente, lo importante es la esencia. Un objeto, el chocolate derretido sobre mi cuerpo, o mis juguetes, que me encantan. Todo sirve.

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