Caminaba por una de esas concurridas calles del centro de Medellín, tal vez Carabobo o La Playa, cuando se sintió atraído por los cuerpos desnudos que le daban forma a la palabra "sueca" en la portada de una revista. Se acercó a la vitrina y vio la piel en cada letra y, abajo del nombre, una mujer voluptuosa e insinuante que parecía mirarlo a los ojos. Convenció al dependiente de que le vendiera un ejemplar, aunque apenas era un adolescente, y se escondió en un rincón de su casa para pasar las páginas y descubrir el más atrevido manual de anatomía que hubiera imaginado. Desde ese día, Albeiro se convirtió en un adicto a la pornografía.

Cuando los ahorros se lo permitían, compraba las últimas suecas o exploraba nuevos títulos y unos meses después se atrevió a ir por primera vez a una sala de cine censurada con tres equis. Temía que lo vieran entrar o salir de uno de esos teatros a los que había oído calificar como templos del pecado, pero no fue por vergüenza que dejó de visitarlos, sino por el ambiente que allí se vivía: no acababa de sentarse en una silla discreta de las filas de atrás, cuando hombres mucho mayores que él empezaban a rondar su puesto, a mirarlo con evidente morbo, a hacerle señas para que los acompañara al otro extremo de la sala, mientras en la pantalla aparecían mujeres en extrañas posiciones que gemían sin disimulo mientras devoraban miembros enormes.

Si se levantaba para ir al baño, varios de los asistentes se iban tras él, convencidos de que el joven de raza negra les enseñaría lo que llevaba entre las piernas o les permitiría alguna caricia.

Aunque se habla mucho sobre el tamaño del pene de los hombres de mi raza, yo creo que no es más que un mito. Por cuenta de mi oficio y de mi gusto por la pornografía, he visto miembros de toda clase de gente, y estoy convencido de que hay blancos que lo tienen muy grande y negros que lo tienen pequeño.

Albeiro se inició en las lides del sexo a los once años con una empleada de su casa. El día que perdió la virginidad supo que aquella diversión le gustaba más que todas las que conocía, y no había día en que no quisiera desnudar a una mujer para entrar en ella. Las revistas y la imaginación ayudaban a calmarle el instinto entre un encuentro y otro a este chocoano, al que el sexo se le convirtió en una obsesión. De vez en cuando hacía apuestas con sus amigos sobre quién tenía el miembro más grande, y él siempre resultaba ser el ganador. Su dotación era más que generosa y por eso algunas amigas de ese clan de adolescencia le tenían miedo.

Cuando decidí estudiar producción de televisión, mi esposa me decía que había escogido esa carrera para grabar mujeres desnudas algún día. A la vuelta de los años comprendí que su sentencia había sido como una premonición. Pero jamás lo sospeché cuando tuve por primera vez una cámara en mis manos. Antes de los cuerpos desnudos de las actrices pasé por otros cuerpos, muchos de ellos sin vida, cuando trabajé en TeleMedellín. Antes fui reportero: durante mucho tiempo estuve dedicado a buscar imágenes que sirvieran para ilustrar una noticia y no para divertir a los que se han aficionado a ver a los otros teniendo sexo.

Andaba ganándose la vida en trabajos que nada tenían que ver con su oficio, cuando un amigo le contó que estaban buscando gente para un canal erótico que acababan de abrir en Medellín: Kamasutra. El primero en su estilo en Colombia, creado a partir de la experiencia de la productora Andrea García con programas que trataban abiertamente la temática del sexo. Los televidentes empezaron a pedir que extendieran los horarios y que fueran más atrevidos en los contenidos, hasta que se lanzaron a la aventura de ofrecer veinticuatro horas de programación, en la que lo erótico le fue abriendo espacio a lo pornográfico. Además de varios espacios tipo consultorio sexoafectivo y de reportajes sobre las zonas más calientes de la ciudad, la idea era presentar películas y escenas sueltas de alto voltaje en las que los protagonistas se preocuparan más por la acción que por el argumento, más por los sonidos que por las palabras.

Cuando me explicaron de qué se trataba el trabajo, les aseguré que habían escogido a la mejor persona. Me acordé de los tiempos en que leía a escondidas la revista Sueca, de las salas de cine triple X a las que iba, y supe que eso era lo mío. Quería darme el gusto de decirles a los amigos que yo había hecho una película porno y me había lucido. Y así fue: cuando pude mostrarles mis primeras imágenes, todos se murieron de la envidia. "Ese es el trabajo que cualquiera desearía", me decían. Pero la verdad es que no es para todo el mundo. De hecho, hay muchos que llegan convencidos de que se la van a pasar superbien, y jamás regresan. Me acuerdo de un tipo que llamó al segundo día para decir que no iba a volver porque la víspera había salido alteradísimo y no había podido dormir: cada vez que cerraba los ojos pensaba que lo iban a violar. Hubo otro que no aguantó sino un par de horas y salió traumatizado, porque en su trabajo anterior editaba cuentos para niños.

En el oficio de la pornografía no hay espacio para el pudor. Las cosas se llaman por su nombre, y las instrucciones para los actores y los camarógrafos son claras y directas: "Chúpale las tetas", "métele el dedo", "acércate más a la vagina, que se vean los labios", "finge un orgasmo". Aunque haya pasado por una universidad y en algún momento haya soñado con realizar imágenes artísticas, en este trabajo Albeiro solo practica los planos generales y los planos genitales. Y mucho más los segundos, para lo cual debe realizar contorsiones similares a las de los protagonistas. Si el actor sienta a la actriz en el borde de una mesa, Albeiro se tira en el piso boca arriba para lograr un ángulo sorprendente. Si la tiende en una cama y le abre las piernas, el chocoano debe dar la idea de que la cámara también está a punto de entrar en la mujer. Su colega, al mismo tiempo, debe enfocar la cara de la actriz mientras gime, mientras grita, mientras pide más. Son reglas que se van aprendiendo con la práctica, como aprenden los actores, por ejemplo, que jamás deben venirse adentro, porque el clímax de la escena está en ver la eyaculación en primerísimo plano. Una eyaculación generosa, para lo cual les recomiendan abstenerse de tener relaciones sexuales en los tres días previos al rodaje y tomar mucha avena. La primera vez que me tocó enfocarle las tetas y la vagina a una actriz fue teso. Sentí que, debajo del pantalón, me empezaba a crecer el miembro. Tuve que sacarme la camisa y ponerme el chaleco de prensa para disimularlo. Es algo que se repite con frecuencia, porque, a pesar de que asumo mi trabajo con mucho profesionalismo, suelo salir caliente de los rodajes. Esa vez solo hubo sexo oral. Cuando hay penetración, la temperatura sube aún más. La primera vez fue muy emocionante. Fue durante el rodaje de Primas paisas. Aunque se trataba de una película con escenas lésbicas, las actrices utilizaban muy bien los consoladores. Uno aprende mucho en este trabajo. Ahora estoy separado y no tengo una pareja estable, y mis amigas agradecen que practique con ellas todo lo que veo acá.

No les sucede lo mismo que a Albeiro a todos los que trabajan detrás de cámaras en una película porno. Juan David, un editor de Kamasutra, al que después de un rodaje le llegan hasta siete casetes con noventa minutos de imágenes cada uno, cuenta que a veces sale del trabajo hastiado, pensando que no quiere volver a ver una teta en su vida. Sobre todo cuando ha trabajado con escenas fuertes como las de sadomasoquismo, las de sexo entre enanos o una que no olvida, en la que una anciana de ochenta años tenía relaciones con un actor de apenas veinticuatro. Pero también les pasa lo contrario. Hay actrices del canal que resultan insaciables y logran despertar sus instintos, lo mismo que aquellas modelos que a primera vista no tienen nada que mostrar, pero que cuando se quitan la ropa y asumen su papel les despiertan a los técnicos todo el morbo que llevan dentro. Y, aunque en teoría, quizás el único mandamiento que deben respetar es el de no fornicar con las actrices, Albeiro confiesa que alguna vez dejó la cámara de lado y también se quitó la ropa.

Se trataba de una escena de "gangbang", es decir, una mujer que tiene sexo con varios hombres. A la hora del rodaje faltaban actores y me animé. Me puse una máscara para que nadie me reconociera, me tomé una pepa de Sildenafil para evitar que el susto me impidiera mostrar aquello de lo que soy capaz y me lancé al ruedo. Aunque salió bastante bien, esa vez no di todo mi potencial. Pero me desquité días después, cuando llegó una modelo negra y me escogió para hacer el casting con ella.

Albeiro está convencido de que no cambia su trabajo por ninguno: ni siquiera por el de baterista de rock, que es su otra pasión. Tanto le gusta lo que hace, que a veces se aventura con oficios más allá de la cámara. Hace poco escribió el guión de una película a la que llamó Camporno, porque se desarrolla en el campo. En todo caso, no son más que dos páginas y media para un largometraje en el que las escenas de sexo se comen casi todo el tiempo y los protagonistas no necesitan más que una disculpa para desnudarse y mostrar sus atributos. Atributos que los productores del canal han ido variando con el tiempo. Al comienzo todas las actrices eran delgadas y voluptuosas. Pero los televidentes empezaron a sugerir que incluyeran gorditas, bajitas, mujeres con las tetas apenas insinuadas, y el abanico se amplió para gusto de ese público que quiere sentirlas más cercanas, más asequibles, más de su tierra. Ese público que, definitivamente, prefiere que una actriz diga "ay, papi, cómeme", en lugar de "fóllame, macho". Aunque cuando lo dicen rara vez lo sienten, rara vez lo desean: es parte de su rutina, como lo es para Albeiro hacer planos genitales, mientras sigue aprendiendo en silencio nuevas técnicas. Mientras sabe que, a pesar de las tentaciones y de ese par de veces en las que se puso frente a la cámara, lo suyo está detrás. Lo suyo es no fornicar.

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