Dime si ese es tu nombre o estás usando un seudónimo, fue lo primero que le pregunté. (Por qué las veteranas prefieren a los hombres jóvenes)

Supuse que tenía morbo contactar con una escritora de estas que publican artículos de sexo en las revistas, esas mismas que nunca firman con su nombre sino que aparecen con nombres de flores o de acompañantes de pago.

¡Así me llamo!, confesó ella con un emoticono de despedida. Empezamos a hablar un domingo de guayabo, ella acababa de enviar su columna a una revista para hombres y yo andaba en calzoncillos por la casa, haciendo zapping y echando a suertes si caería comida china o pizza. 

Encendí el teléfono y me puse a chatear con ella, dudando si en realidad se trataba de un mancito, pues en sus columnas daba a entender que sabía más que yo de lo que sentía un hombre. ¡Vaya poder tan extraño! 

Debe haber un Jaime o un Sergio detrás de ese apodo de Instagram, pensé sin creérmelo. Esas manos blancas no serán las suyas y mucho menos esos pies. (Esto quieren las mujeres en la cama)

¿Por qué no muestras tu cara? 

Porque soy mayor (50) y no tengo nada interesante que mostrar, me respondió una noche antes de quedarse dormida. Decidí buscar de forma frenética las columnas de Céline. Si antes sólo la había leído por la misma curiosidad que me despierta el rugby (uno sobre diez) empecé a engancharme a sus consejos, a sus recetas para amar y ser amado, a sus sugerencias para conquistar y besar a las chicas con la velocidad adecuada, con la temperatura de manos más deseada y contemplando que las mujeres se fijan más en el olor y en el sabor de un tío de lo que jamás imaginaríamos; y que por eso mismo muchas mujeres, según Céline, no practican sexo oral, solucionándose todo con una buena ducha y un jabón de aroma interesante. 

Al siguiente, martes, yo ya no quería besar a Sara Prieto, mi esbelta compañera de congreso, con la que había hecho planes de follar como locos una vez que nos dejaran ir al hotel. 

Sara no me encendía, su forma de reír mucho menos, y que toda su vida la dedicara a la banca de inversión me resultaba peor que una disfunción eréctil permanente. Yo quería leer y chatear con Céline, mi nueva MILF (Mom I‘d Like to Fuck),  al tiempo que mi pene se endurecía, mis dedos temblaban y todo mi cuerpo bramaba por verla y olerla. Pero Céline no pensaba tanto en mí, y apenas me respondía entre monosílabos, en cuanto se dio cuenta de que yo la necesitaba. 

Por esa razón, por necesidad, me dediqué a escribirle cartas. Me levantaba tres cuartos de hora antes, cada mañana, para contarle a mi ansiada MILF todo lo que mi deseo quería contarle. Céline se convirtió en un afrodisiaco espantoso, cada respiración mía soñaba con poseerla, con verla desnuda sin luz, ya me daba igual que tuviera 50 o 90 años, y las carnes se le descolgaran con generosidad. Céline era la mujer que yo necesitaba a mi lado. Tantos sueños tuve pensando en ella y en lo que me enseñaba en sus columnas que mi obsesión empezó a afectarme. Mí amada Céline sabía las veces que me masturbaba pensando en ella, viendo las diminutas fotos de sus manos suyas que había en la red. (Yo viví con una ninfómana)

Le narraba lo que comía, los minutos que caminaba, las lecturas que empezaba sin éxito por estar pensando en ella mientras fumaba Camel para evadir la tensión que me provocaban sus textos sobre sexo. 

En el curro me distraía, andaba nervioso esperando la siguiente de sus publicaciones y dejé de atender a mis clientes por estar revisando el portal donde le daban espacio sus artículos y esa famosa web de juguetes suecos en la que publicaba sus relatos eróticos en español, su segunda lengua. ¿Cuántas lenguas tenía acaso? 

Y ella, tan sabia y tan artista, empezó a dejar de contestar a mis correos con palabras o me tomaba del pelo con emoticonos que no manifestaban amor, ni deseo, sino un pulgar arriba, siempre el mismo, a cualquier hora del día, amarillo y gordo. 

Maldita Céline, sentí de repente. Cuánto daño me había hecho la tecnología a favor de la erótica. (El sexo es como la cocina)

Pedí unas vacaciones forzosas. Leía sus relatos y empecé a ver cómo los construía. Era brillante. Ella me hacía sentir cada tilde y cada punto que escribía con su teclado. ¿En qué invertía el tiempo? ¿Cuándo escribía? ¿Quién era su editor? ¿Con cuánta gente hablaba los viernes? O peor aún, ¿cuándo sacaba horas para hacer el amor con todo lo que ya sabía? 

Continué escribiendo por tres meses más. Mis cartas me parecían piezas cuidadosas, en las que se transparentaba mi amor por ella y mis ganas de que de una buena vez me contestara. Pero un buen día Céline me sacó de sus redes sociales, me bloqueó en Facebook y sus manos de MILF de marfil dejaron de aparecer en el perfil de WhatsApp. Se esfumó como una nube y sólo me quedaron sus columnas y sus relatos eróticos, que seguí leyendo con atención por si acaso encontraba una pista de su paradero.

 

Ese año fue el peor de mi trabajo. No conseguí ni un solo cliente y la misma Sara Prieto se encargó de sustituirme. Cuando me quedé sin trabajo decidí entrar a una escuela de escritores por ver si mi obsesión podía transformarse en una forma de sustento. 

Mi profesor, un escritor con muchos libros a cuestas, de la especie de los que buscan convertir a sus alumnos en escritores de escaparates de librerías, se mostró muy interesado en leerme después de haberme hecho una entrevista, sin embargo al entregar mi primer trabajo me mandó al infierno para llamarme plagiador. ¿Cómo te atreves a copiar las cartas de Céline? ¡El fenómeno súper ventas de la literatura erótica! (59 Detalles que acaban con la pasión de cualquiera)

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