Siempre he sido una defensora de las buenas costumbres. Mis lectores lo saben. Durante un año he sido una humilde servidora del buen lenguaje (una verga es una verga; en Colombia, nunca una polla), he abogado por la etiqueta sexual (que nos asegura el polvo nuestro de todos los días) y hasta he hecho campaña para recuperar parte de nuestro patrimonio sexual: la ancestral práctica de tirar en público. Y como no soy de las que se echan un polvo y se van sin decir nada (lo cortés no quita lo valiente; como la doncella que soy, he dejado, aunque sea, mis calzones en poder de los nobles caballeros que dieron su amor), no me voy sin antes despedirme. Esta es la última columna que escribo como Alexa.

Escribir de sexo es de las profesiones más viejas sobre la tierra —de las más viejas y más despreciadas—: lo hizo Horacio (y nadie le iba a las obras), lo hicieron los monjes en la Edad Media (y archivaron sus textos); lo hizo el Marqués de Sade (dijeron que estaba loco y lo encarcelaron). Pero en el sexo nada es nuevo. He contado cómo en el Egipto de los faraones las reinas se untaban semen en el pelo y que las mujeres eyaculaban en la cara de sus filósofos amantes en la Grecia antigua. En el siglo XVII las orgías eran comunes; desde principios del siglo XX, nobles señores de vestido y corbata se hacen la paja viendo hermosas fotografías de mujeres desnudas; en Brasil se ha institucionalizado tirar en público y hasta le han puesto nombre a la milenaria práctica: dogging. Siempre ha habido infidelidad, inmoralidad, infamia. La diferencia es que ahora la gente habla. Y mientras más se habla parece que menos se dice: el sexo sigue siendo tabú.

Durante un año he repudiado la mojigatería, la morronguería, la hipocresía, los hombres complacientes, las mujeres tontas, a los sexólogos, a las feministas. Les he dado mi punto de vista sobre el sexo. ¡Y cuántos lectores no han escrito que quisieran que más mujeres pensaran así! (Les boto un dato: muchas, de hecho, lo hacen). Yo simplemente he publicado lo que otras esconden, le he bajado el tono a lo que algunas personas ven como amenaza. Me voy (por voluntad propia —no, no me he enamorado—) con una colección de textos, una larga lista de críticos, cartas de amor salpicadas de paja, fans enamorados, la incredulidad de mis amigos, la vergüenza de un par de hermanos, hombres que huyeron amenazados "por mi buena disposición para el sexo", otros que se me acercaron en busca de un polvo fácil. Y hasta amenazas de muerte (de parte de un grupo fundamentalista sospecho que cristiano, pues me bautizaron con el lindo nombre de "Zorra Maizera"). Pero —fiel a mi estilo— me voy con la tranquilidad del deber y el placer cumplido.

A los que creyeron que lo que escribía era fantasía les digo: el ladrón juzga por su condición. A los que nunca creyeron que era mujer: límpiense bien los ojos antes de salir. No vaya y sea les salga el tiro por la culata y tengan que poner la culata, donde quisieron poner el tiro. A los que me confundieron con Andrea: hay cosas que el dinero no puede comprar, para esas cosas está Mastercard. A los que me criticaron: en un año me dieron más palo del que me han dado en los quince que llevo tirando. Se les avala la persistencia. Nunca me olvidaré de sus comentarios. Quedarán en la web como chatarra ciberespacial hasta el fin de los tiempos. A mis lectores y lectoras, un par de consejos. Tiren sin prejuicios, tiren sin pensar. Olvídense de lo que les han dicho que es un buen polvo, olvídense incluso de lo que he escrito. En el sexo, aunque todo parece dicho, nadie tiene la palabra final.

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