Hace creo que un par de años que les hablo de sexo, pero nunca les he hablado de amor. Llegó el momento entonces de hablar de amor, pero no el amor perfecto que pinta San Pablo en la carta a los Corintios y que acompaña cualquier misa de matrimonio, sino del amor de verdad, del que no es paciente, ni misericordioso.

Ese amor que sentimos, o creemos sentir, los seres humanos, cuando vemos al otro y nos dan mariposas en el estómago, el mismo que admite peleas, diferencias, reconciliaciones y apuestas al futuro.

Y llegó el momento de hablar de amor básicamente porque estoy enamorada, o eso creo.

Durante el tiempo que escribí esta columna, a muchos lectores les dije que el día que me enamorara dejaría de ser Lola porque ya no tiene objeto alguno seguir escribiendo sobre los malos polvos que encontré en el camino, lo celoso que puede llegar a ser un novio o el último "one night stand" que tuve.

Lola tenía sentido en la medida en que yo estaba en una búsqueda permanente de felicidad, de buen sexo y de una pareja que valiera la pena.

Para quienes se preocupan por mí, que aparentemente son muchos, los voy a tranquilizar diciéndoles que mi novio es un muy buen polvo. Es un tipo amable, bueno, que me hace reír y que quiere más o menos lo mismo que quiero yo, que es básicamente vivir tranquilo.

Tener una pareja estable no es fácil. Nada está asegurado. Prueba de ello es que me escriben muchos divorciados, muchos casados infelices y muy pocos con una esposa complaciente y sexualmente entretenida.

No me voy a casar, de una vez les advierto. Simplemente vamos a vivir juntos. Soy consciente de que me estoy metiendo en una aventura aterradora y al mismo tiempo fantástica. Estoy feliz, pero con miedo, y creo que ese miedo es bueno.

Cuando uno decide irse a vivir con otra persona, como es mi caso ahora, debe dejar muchas cosas. Él deja su casa (la mía es más grande); deja un cuadro horrible que yo no colgaría en mis paredes, y deja probablemente en la basura un par de fotos de ex novias que posaron desnudas para él.

Yo dejo una piyama de dulce abrigo, caliente pero asquerosa; unas medias de lana raídas que uso para dormir en las noches de frío; un rompecabezas que estoy armando y que él piensa que es lobísimo, y, por supuesto, la columna de Lola.

Llegó el momento de irme, entonces.

Creo que mis columnas se volverían aburridísimas, de tanta felicidad y de tanta cotidianidad. Ustedes no quieren leer sobre cómo mi novio y yo tiramos anoche, por enésima vez, ni yo quiero escribirlo.

Quiero darles las gracias por haberme leído, por haber opinado, por haberme dado ideas y sobre todo porque creo que aprendí mucho de sexo, no sólo haciendo investigación para las columnas sino leyendo sus aportes, sus ideas y sus preguntas.

Ojalá que sigan, como yo lo haré, experimentando, aprendiendo, ensayando y liberándose de los tabúes que hay alrededor del sexo, para que sus vidas sean mejores.

Los quiero mucho y les deseo mucha felicidad.

Lola

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