Estuve buscando un motel. Si de mí dependiera, no hay nada como la naturalidad y espontaneidad de la cama propia. Pero vivir en Caracas muchas veces significa vivir en un hogar compartido, así que en un tiempo los moteles fueron la solución para los escarceos amorosos. Pero encontrar un motel en Caracas es difícil. No por la cantidad, sino por lo caros que ahora resultan al bolsillo medio. Todo indica que, además de la escasez de papel higiénico, detergente, azúcar, café y aceite, nos encaminamos a una escasez de sexo.

“Todo se trata de sexo. Excepto el sexo. El sexo se trata de poder”. Lo dijo Frank Underwood en House of Cards, pero la frase es de Oscar Wilde y cobra vigencia en esta situación crítica. Es tan crítica que para el caso, el poder no sería llegar a la Casa Blanca o a Miraflores, o poder influir sobre los cambios de la moneda o acabar con la corrupción. El poder en Caracas es mucho más simple, se trata de tener ganas y poder, aunque sea un ratico, aunque sea en una esquinita, aunque sea.

Comencé el recorrido por el California Suites, un motel nuevo al que no había entrado antes, pero que he visto al atravesar la autopista que parte en dos la ciudad. Es un edificio mastodóntico. Entrada amplia para los coches, iluminación, mármol. Un vidrio oscuro guarda al recepcionista. Un altavoz, un micrófono y un cajón sirven para el trueque de tarjeta o efectivo por la llave que abre la puerta al placer. Un intercambio aséptico y profiláctico.

Hace menos de dos años, el pensamiento antes de ir a un motel era el buen rato que se iba a pasar, lo divino que debía ser el jacuzzi, la persona que se llevaba al lado, qué se le haría, qué te haría. Ahora los minutos previos son de autoflagelación: cuánto se lleva gastado en toda la noche, ojalá que pase la tarjeta, ojalá aguante, que sea bueno el polvo, que merezca la pena lo pagado. Porque son 12.000 bolívares para estar ahí desde las 3:00 de la tarde de un día hasta la 1:00 de la tarde del siguiente.

¿12.000 bolos es caro? Es complicado explicarlo. Hay tres tipos de cambio en el país, cuatro contando el dólar en el mercado negro. El oficial —que usaré en adelante— es de 6,30 bolívares por dólar. Motelear en el California saldría por 1900 dólares. El extremo, el paralelo, está a 188. El motel saldría por 63 dólares. Una suma más sensata, si uno ganara en dólares. Si se gana en bolívares, el polvo en el California sale a dos salarios mínimos.

Pensaba en los 1900 dólares, las más de cuatro quincenas con la soga al cuello y en cómo es la habitación más lujosa: diseñada para inconformistas. Si no te gusta una cama, te pasas a la otra. Si la segunda cama se quedó con las sábanas calientes, puedes ir al jacuzzi. O pegarte al frío acero de la barra de pol dance y luego en la terraza fumarte el de después. Huele a limpio de sábanas tendidas al sol como en anuncio de suavizante. Tiene las luces que todo fotógrafo pudiera soñar. Cenital, directa, atardecer, neón. Espejos para que veas partes de tu cuerpo que nunca antes viste. Toallas esponjosas, almohadas como de nube, jabón, papel higiénico. Pero yo seguía haciendo cuentas y, créame, la economía puede arruinar un polvo.

Además del control de cambio, últimamente está el control de cuándo y cuánto comprar algo. Estuve meses sin encontrar afeitadoras —decidme si no es importante para una noche de acción—. Cuando aparecieron en un supermercado, solo me pude llevar dos, como ocurre con todos los productos que escasean. También es una odisea encontrar preservativos, lubricantes, pastillas anticonceptivas, la píldora del día después y test de embarazo. Solo encontré lubricante de 100 mililitros en dos farmacias de Caracas a 120 bolívares (19 dólares), y solo una marca de anticonceptivas en una decena de ellas a 257 bolívares (40 dólares). El lubricante en un sex shop se podrá comprar un paquete monodosis por casi el mismo precio que el de 100 mililitros. Uno grande cuesta 1000 bolívares (158 dólares).

Ricardo es estudiante de Periodismo. Fue mi alumno. Tiene 20 años. Con la confianza que da una profe joven, me contó que tenía varias semanas sin encontrar preservativos. Ni de una marca “respetable” ni de ninguna otra. Recorrió sin resultado todas las farmacias de Caracas.

Una tarde estaba con unos amigos y vio cómo el encargado de reponer la mercancía en la farmacia pasaba a su lado con una caja llena de condones. Agarró un paquete con seis cajas. Veinticuatro raticos de placer asegurados. Sus amigos se rieron, la gente que estaba en la cola para pagar lo miró con desprecio. Ricardo se rio también. “Las ganas pueden más que la vergüenza”, me dijo. Cuando fue a pagar: “Solo dos por persona”. Su vida sexual venidera se redujo a ocho momentos en un instante. Devolvió las cajas sobrantes. “Ni que tuviera el pipí de oro”, le dijo una chica.

La escasez general de medicamentos es del 60 % en Caracas y 70 % en el interior, según la Federación Farmacéutica de Venezuela. En este rubro se encuentran los preservativos y las pastillas. Pero si Ricardo volviera a encontrar condones más adelante estarían mucho más caros. En los últimos meses han duplicado su precio. Venezuela cerró 2014 con una inflación de 68,5 %, la más alta de América Latina.

No hay condones, no hay pastillas. Afecta a todos a la hora de decidir si quieren o no tener hijos. El único control que no hay es el de la natalidad.

Mari vive con su pareja y toma anticonceptivos. Hace unos meses buscó en vano. Como tampoco encontraba preservativos, se arriesgó alguna vez y tuvo relaciones “a rin pelado”.

“Por fin encontré las pastillas. Pero ya estaba embarazada. No me importa, porque tengo mi pareja estable e iba a encargarlo después”. Todas las anticonceptivas que consiguió las está regalando.

Poder y no querer

Con la cabeza aún pensando en lo bonito pero costoso del motel anterior, volví a la búsqueda. Intenté en Chacaíto.

Chacaíto es un lugar de paso para casi todo el mundo en Caracas. Hay dos pequeños centros comerciales, muchas oficinas, una cauchera, panaderías y, pegado a la autopista, en uno de los puntos con más congestión de tránsito, está el Aladdín, que en sus años fue el motel de los moteles.

Cama redonda, espejos, aire acondicionado. Solo tres opciones en la luz: fuerte, menos fuerte, a oscuras. En una esquina, una silla-potro te invita a tumbarte y abrirte de piernas. Para escrupulosos, con una de las toallas blancas y algo tiesas que incluye el servicio. Si se pudiera abrir la ventana, el ruido furioso de la ciudad entraría en tropel en la atmósfera aislada de la habitación. El rato se cierra en una ducha de plato con un jabón chiquito. La entrada es a las 9:00 p.m. y la salida a las 12 p.m. por un precio de 5400 bolívares (857 dólares), casi un salario mínimo.

Está bien, es bonito, es cómodo. Aunque es pagar un sueldo por un polvo. Si quisiera un achuchón cada 15 días, saldría por 10.800 bolívares (1714 dólares) al mes. Casi 2000 dólares. Por un polvo cada 15 días. Eso no es humano.

Claro que en este asunto comen dos del mismo plato. Entiendo que se paga a medias. ¡Oh!, la cifra queda en 857 dólares un polvo cada 15 días. Gran consuelo. Pero esa soy yo, no la mayoría de las venezolanas, que piensan que el hombre debe pagar cena, condones —a veces las pastillas— y, por supuesto, el motel.

Pasa entre mujeres de clase media y alta. Claudia, manicura rosa palo impecable, pelo absolutamente liso, habla como si tuviera una patata en la boca y una pinza en la nariz. Le cuento que estoy buscando moteles y me dice: “Marica, es que los hoteles son fríos e impersonales”. Prefiere que la lleven a una posada o a la playa, pero últimamente los hombres no quieren pagar nada y “que un hombre no pague es mucho con demasiado”. Confiesa que su vida sexual y la de sus otras amigas ha desmejorado en estos meses.

Pensando así, muchas parejas lo único que meten, literalmente, es la pata. Sería más honesto y sano —para la economía, para la pareja— pagar entre dos. Supongo que esa es mi opinión de mujer nacida una década después de aparecer el casposo cine de ‘El destape’, cuando los españoles empezaron a ver alguna tetica por primera vez en las pantallas. Así que, en Venezuela, si ya está complicado un rato de amor, lo complican ellas aún más poniendo sobre el hombre todo el peso del presupuesto amoroso.

Peor aún es dejar la tarjeta temblando y no haber hincado el diente. Manuel H., 30 años, es fotógrafo en un diario. Ya había invitado un día la chica a un café. Otro día, al cine, con combo de palomitas y bebida. Esa noche sería La Noche. Se preparó con la mejor camiseta, perfume y el vaquero menos sometido al desgaste de la lavadora.

“Quería hacer las cosas bien, que todo fuera bonito”, me cuenta. Pagó todos los taxis, ella pidió lo que se le antojó de la carta y él, en un alarde de galantería, pidió vino. “Cuando íbamos a llegar al hotel, ella me dijo que no, que quería irse a su casa”.

Él gana alrededor de 14.000 bolívares al mes, más de dos salarios mínimos. En solo una noche gastó 9300 bolívares: cena en un lugar nada pretencioso, vino y taxis. Le quedarían 4700 de su salario de un mes. De esas noches, Manuel H. se podrá permitir, como mucho, tres más al año.

Querer y no poder

Comer bien no es un “aquí te pillo, aquí te mato”. Es la oportunidad de tener la máxima intimidad. Es la hora del juego, la complicidad, donde la imaginación puede volar. En parejas recién formadas, les da un punto de picante. Para quienes llevan mucho tiempo con el mismo compañero sexual o tienen cierta edad, las fantasías, las novedades, son esenciales.

Nereida está cerca de la menopausia. Le cambian los ciclos menstruales y las ganas. “Quería hacerle a mi pareja una escena con un conjunto sexy, mientras bebíamos champán o licor, pasearle una fresa por la boca. Esas cosas tipo película”.

Fue a una tienda de lencería. Un conjunto de encaje costaba 5000, son 600 bolos por debajo de un salario mínimo. Lejos de su alcance. Fue a una tienda de pantaletas 3x600 bolos y encontró una por 1500, pero de esas que luciría una actriz de película X de serie Z. Ni se le pasó por la cabeza comprar champán. Tampoco whisky. El 18 años cuesta 5200 bolívares. La botella de vino más barata, 900. “Mantener el deseo en esta situación es deprimente”.

La realidad se quedó en unas modestas medias de rejilla y unas poco glamurosas pero baratas cervezas. Nada de fresas. “Quiebro si quiero jugar con comida, como en la escena de Nueve semanas y media”.

Nereida también me habló de un motel, una alternativa más económica, así que voy a verla. Es un lugar para viajeros de paso y gay-friendly. El estacionamiento se puede ver desde la calle. Una mujer de mediana edad atiende detrás de un cristal transparente. Hay una máquina expendedora de condones sospechosos a 40 bolívares y jarras de plástico para agua a libre disposición, hielo y vasos.

La cama es cómoda. Las luces tienen modo apagado o encendido, necesario para verte en el gran espejo que hay en el techo. Otra opción es prender la tele —con todos los canales porno de DirecTV— y dejar que luz azulada reine en la estancia. El aire acondicionado es modo “te asas de calor si empezaste” o “te mueres de frío si terminaste”. Si la indecisión te lleva al baño, esperan plato de ducha, toallas limpias aunque algo grises, un rollo de papel higiénico ya empezado y un jabón individual que te convencerá con su marca: “Di Sí”.

La noche, con salida a las 12:00 m. del día siguiente, cuesta 1200 bolívares (190 dólares). Es la opción más viable hasta ahora. Aunque aquí sí le daré la razón a Claudia: es frío e impersonal. Si pides la habitación con cama en forma de corazón y eres alto se te salen los pies. Si una pareja decidiera ir cada fin de semana durante un mes, gastarían 4800 (761 dólares). Viable, pero no para todas las semanas, no sin un salario boyante.

Carla tiene 28 años, hizo Estudios Internacionales y tiene novio. Hace más de un año no va a hoteles. “Son impagables y los más baratos son insalubres”.

Como muchos jóvenes, quiere irse del país. La mayoría son recién graduados que se van en busca de las oportunidades del progreso que Venezuela no les da, huyen de la inseguridad —según cifras extraoficiales, hubo casi 25.000 muertes violentas en 2014—, y de una vida cada vez más asfixiante. “No quiero pelear por encontrar un pañal para mi hijo, que no pueda crecer tranquilo”, me dice Carla. No hay cifras oficiales de cuántos se van pero yo, que llevo aquí menos de cinco años, ya he despedido a 21 amigos. Todos universitarios, muchos con posgrados.

La alternativa de Carla y su novio es ir a la playa. En maletas llevarán la comida, la bebida y la ropa para el fin de semana. Si hay suerte, irán en coche. Si no, cargarán con todos sus bultos del metro al autobús que, tras una hora de camino, les llevará a la playa más cercana de Caracas, donde esté el apartamento prestado del familiar de turno. “Todo está carísimo. Pasar juntos tiempo de calidad es complicado, por eso aprovechamos escapadas así. Hay que bajar el listón”.

Gastarán alrededor de 2000 (317 dólares) —el equivalente a dos noches no completas en el motel anterior—. Le sumarán los preservativos que encuentren y las pastillas. “Me protejo de todas las formas, no quiero tener hijos. Sería un infierno. En este país es difícil hasta tener pareja, no tenemos dinero para vivir alquilados, no quiero imaginar un bebé inesperado”.

Quise averiguar si había otras alternativas de motel, pero en este punto ya sabía que bajar más el listón implicaba ver sitios en los que no iría con mi pareja ni aunque fuera el último lugar del mundo para tirar.

Metro Capitolio, en el corazón de Caracas. En la calle hay diez autobusitos, gente que baja, entra, sale, hace una cola en una farmacia, espera su turno para comprar una cachapa en un puesto ambulante. Entre una zapatería y una tienda de santería, una pareja sale, sin tocarse, paso apresurado. Son las 2:00 de la tarde de un martes.

Atiende un viejito portugués, que cuántas horas, que una. ¿Una? Mejor dos. No, que una. Que si tiene condones, que sí, a 30 bolos. La minirrecepción es de madera, con un calendario de un diario deportivo y varias muestras de las cajas de condones con una chica explosiva en la caja. Enfrente, una gran pantalla de plasma en la que se controla todo el hotel con cámaras de seguridad. No sería la primera vez que meten a una secuestrada y confunden gritos de placer con alaridos de dolor. “Vaya tranquilo”, dice el portugués.

Ya la puerta, poco robusta, no me da confianza. Entro. Qué personas habrán fornicado en ese lugar. Asco. Mis nalgas no se posarán en esa cama de sábanas raídas y manta vieja con olor a lejía. Ni tocaré las toallas, la jarra atada con una cadena o el papel higiénico a medias. No prenderé el ventilador. La ducha es una pequeña manguera junto al inodoro. Tiene dos colillas dentro. Una cucaracha corre.

Hacemos tiempo. Veinte minutos. Sale él delante, haciéndose el enfadado. Yo detrás, haciéndome la sumisa. La hora fueron 250 bolívares (39,6 dólares). Es viable económicamente, si no le pones precio a tu salud.

La búsqueda de motel no tuvo final feliz, aunque sea privilegiada: podría pagar casi todos, al menos dos veces al mes. Pero el venezolano de a pie, no. Y me pregunto si la irascibilidad en la calle tiene que ver con la tensión política o con la sexual no resuelta.

Recuerdo a Lisbeth Tailor, habitante de la Torre de David, el barrio-favela vertical más grande de América Latina. Ella, sus dos hijos, el Negro (su esposo), su madre y una hermana vivían en menos de 50 metros cuadrados. “El Negro y yo ya éramos más amigos que otra cosa, no podíamos hacer nada, no teníamos intimidad”.

Queda resignarse a la abstinencia, a cinco minutos en una escalera, o acudir no al último recurso sino a lo que viene después de eso, para los que no pueden ni con el de Metro Capitolio, como César.

“Mi amor, esta noche te llevo a un hotel”, le dijo César a Yosandry. De su boca, coronada por un bigote flaco cual fila de hormigas, salió un beso sonoro. “Ay, mi gordo bello, más fino”, le contestó Yonsandry, alargando la última tanto como su deseo. Y se montaron en la moto, con un cartón grande bajo el brazo. Se fueron a unos jardines medio escondidos en los exteriores de un hotel junto a la carretera Panamericana, en las afueras de Caracas. Lanzaron el cartón en el suelo y ahí fue.

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