Hombre, me dicen, como si pensaran que eso me insulta. Puta, también me dicen, como si con eso pudieran dormir tranquilos. Porque para quienes lo dicen, los hombres y las putas son los únicos que pueden tener amantes esporádicos, hablar de sexo con tranquilidad y experimentar todo el tiempo.

Si así se sienten tranquilos, adelante. Llámenme hombre. Llámenme puta. Si así dejan de tener miedo, yo no tengo problema.

Porque la verdad es que quienes tanto critican son justamente esos pequeños cobardes que no pueden pensar que una mujer normal, como su novia o como su esposa, pueda tener exigencias en la cama. Y no lo pueden pensar porque es probable que ellos no las puedan satisfacer. Y secretamente saben que cada noche, cuando terminan de hacer el amor, se acuestan al lado de una mujer que se pregunta por qué ella no siente nada, por qué para ella el sexo es tan aburrido, si será verdad aquello que nos dicen que es simplemente para procrear.

Ellos, los machistas temerosos de su desempeño en la cama, de su habilidad para conquistar a una mujer hermosa, inteligente, profesional y divertida como yo, ellos se asustan, pero al mismo tiempo no pueden dejar de leerme. Porque compran SoHo, por supuesto. Esas mujeres voluptuosas y atractivas que están en silencio en poses excitantes en fotos hermosas mientras ellos las ven, esas no hacen daño. Esas no aterran, porque siempre parecen felices, siempre parecen satisfechas. Pero Lola, esa es otra historia. Podrían obviar mi columna, si les parece tan mala. Si les parece que soy tan puta o que es un hombre quien les habla al oído en lugar de una mujer, ¿para qué leerla?

Si no vale la pena, si no les dice nada nuevo, si por el contrario los saca de casillas, ¿cuál es el objeto de detenerse aquí?

Y sin embargo no dejan de hacerlo. Masoquismo, dirían unos, los más simples. Y puede tener algo de eso, claro, porque si recuerdan, cuando eran niños, veían películas de terror justamente para asustarse. Ahora leen de sexo, de prácticas perfectamente desconocidas, de una mujer que no calla lo que piensa, con ese mismo miedo, pero no pueden dejar de mirar.

En fin. Es mucho más fácil encasillarme en esos dos cajoncitos. Puta y hombre. Porque eso lo explica todo. Eso resuelve todos los problemas. Pero yo, señores, no soy ni lo uno ni lo otro. Soy una mujer, más aún, una hembra, con problemas terrenales y comunes, con ganas de enamorarse algún día, con un enorme gusto por la cocina y los buenos vinos, con ambiciones laborales y amigos y enemigos y uno que otro resfriado y uno que otro guayabo y que a veces se ríe y a veces llora. Yo soy de carne y hueso, como sus parejas. Tengo necesidades físicas y deseos ocultos, como sus parejas. Fantaseo y me masturbo, como sus parejas. La única diferencia es que yo lo digo abiertamente. Yo hablo de eso.

Creo que si sus parejas hicieran lo mismo, muchos de ustedes terminarían sus días solos por una de dos cosas: o porque ellas no se aguantarían una posición misionero más o porque ustedes ya no encontrarían a quién agarrar del pelo para arrastrar a la cueva.

Escríbele a:lola@soho.com.co

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