Alice fue mi primera compañera de apartamento en Europa. Era una mulata de ojos del color de la cerveza, que no pesaba ni cuarenta kilos y siempre parecía estar enrumbada.

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No había que verla dos veces para confirmar que era una preciosidad boricua, que saludaba atarzanando de un salto a sus amigos y la dueña de una risa que dinamitaba la universidad. Quizá por una considerable cercanía geográfica nos sentíamos paisanas, pero lo cierto es que Alice era más incomprensible que cualquier europeo.

Estudiábamos en la misma universidad, pero mientras ella trasnochaba en su portátil escribiendo una nebulosa tesis sobre la influencia del reggae en el pensamiento moderno, yo tenía que estudiar sobre política y periodismo como una posesa. Alice preparaba un arroz inmundo que jamás pude probar, y que luego transformaba en arroz con leche echándole tarros de azúcar, pero el baño lo dejaba ordenado y oliendo a D.K. y cantaba reggae veinte horas al día, aunque tenía una voz que le hubiera valido para ganar cualquier concurso mediocre de talento en televisión.

Cuando llegó el fin de semana todo cambió. Yo estaba consagrada al estudio, tenía que leer 1.8 libros al día, y no podía permitirme discotecas ni películas. Pero la diminuta Alice no tenía que matarse estudiando, sino más bien enrumbándose. Cuando llegó el viernes, con su opulenta sonrisa me pidió prestado mi ropa de Top Shop y una cartera, se mandó a poner uñas de porcelana, y se fue a su bar universitario preferido.

Volvió a las seis de la mañana, pasada de tragos, taconeando por el pasillo y apestando a ron. Alice sentía una extraña fascinación por los bomberos, que en aquella ciudad se reconocían por sus cuerpos de escándalo y sus noches libres. Ese viernes Alice se fue a la cama con el bombero, pero de su hazaña genital me enteré yo, se enteró el vecino, y supongo que hasta su profesor de tesis.

La mujer sufría de un irreprimible deseo de ser escuchada mientras lo hacía, pero además tenía más aguante que los bomberos que entraban a mi casa, se pasaba horas enteras aullando entre espasmo y espasmo; y mientras tanto yo tenía que releer a gritos mis apuntes entre los ecos de sus quejidos, que recogía con mi grabadora de periodista.

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Amaneció. Salió temprano para no verme, pero en el almuerzo se portó más dulce y encantadora de lo que una latina puede ser; y este comportamiento lo repitió tantas veces como fines de semana hubo en un año.

Alice empezó a conocer bíblicamente a los bomberos, pero también los integrantes de la tuna, los veterinarios, los médicos, los periodistas, los cantantes, y también los actores de teatro.

Nunca le dije ni una palabra. Me tiré los tres primeros exámenes. Para pasar los siguientes tuve que empezar a estudiar cuando ella no estaba, a invitar amigas para que la vergüenza pudiera más que un buen bombero, pero como era tan adorable, entraba en confianza y empezó a hacerlo cuando mis amigas estaban en la casa. Nada la detuvo.

¡Qué arrechera tenía! Y así, de polvo en polvo mi casa se hizo popular y nos cancelaron  el contrato de alquiler por causas que no fueron aclaradas. Ahora ella es mucho más que popular, diría más bien que está dentro de mis conocidas-famosas, pero no por estas razones, y presenta en un programa de televisión en Estados Unidos.

Y yo, cuando tengo sexo, a veces revivo su recuerdo y me dejo llevar por la pasión de que me oigan gritar cuando tengo un orgasmo.

Derecho de autor: sakkmesterke / 123RF Foto de archivo

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