Juan Diego quedó sentado a su lado y a veces sus brazos se rozan. Tal vez la cosa sea un puro accidente, hay que tener en cuenta que Ocho está lleno de gente. Pero tal vez la cosa no sea tan accidental, dios mío, a Roxana se le eriza todo por fuera y por dentro.

—¿Qué te parece? —le dice él repentinamente y por lo bajo.

—¿Qué me parece qué?

—Mi niña nueva.

La niña nueva de Juan Diego es la que está sentada a su otro lado. Una niña buena de su casa, eso se ve. Colita de caballo y carita de ardilla. Las pestañas se le enrollan y ella parpadea como mariposa.

—Es muy bonita —dice Roxana.

—¿Bonita y no más?

—Muy, muy bonita.

—Es médico.

—Médico, vea pues.

Roxana la mira como para evaluarla a la luz de la nueva información.

—¿Qué? —pregunta él.

—Eso te digo yo, ¿es que no te gusta del todo?

—Sí —asegura Juan Diego—, sí, sí.

—¿Entonces por qué la necesidad de preguntar?

Él siempre le está preguntando qué te parece mi niña nueva. No se crea que esta es la primera vez ni la primera niña nueva en su vida, y tampoco que el hombre favorece un patrón. Sus niñas nuevas vienen en formas y personalidades diversas, hasta disímiles, y le duran si acaso un mes, a veces mucho menos que eso, a veces una salida no más.

Roxana, por supuesto, siempre se las aprueba. ¿Sabés que me cae bien? Chévere la pelada. O es muy bonita, Juan Diego, aunque lo cierto sea que le parezca del todo simplona y tonta, sí, tonta por más médico que sea. Roxana no sabe por qué es tan estúpida y menos por qué este tipo siempre le tiene que andar preguntando qué te parece mi niña nueva.

Ahora lo mira escrutadora. Eso, Juan Diego, explicame por qué. Él se encoge de hombros y vuelve de lleno a su niña nueva, quizás para decirle aquí mi amiga Roxana piensa que sos muy, muy bonita. ¿O le hablará melosamente de tú?

Ocho queda en la azotea de un edificio de dos pisos y es un lounge bar de techo descubierto, sofás rojo vibrante y altísimos butacos de aluminio con sus mesas compañeras. De los parlantes surge una música ácida sin letras y del piso, luces de colores halógenos. El pelo de Roxana brilla con destellos lila. Está sobre una de las luces, grande como una claraboya. Los ojos cerrados, los brazos moviéndose sinuosos. Marisol, en cambio, tiene los ojos bien abiertos.

—¿Nos vamos? —la codea.

Roxana abre los ojos y sale del trance.

—Mejor tomémonos un cucaracho. Vení, yo invito.

—No, loca, tengo que manejar. Si querés tomatelo vos, pero ya que me quiero ir.

—Yo me quedo.

Marisol la reprueba con la mirada, le coge la cara y le muestra. Juan Diego y su niña nueva no se han movido de la mesa y están besándose.

—¿Nos vamos? —insiste con los dientes apretados.

—Timbrame cuando estés en tu casa para saber que llegaste.

—¿Y quién te va a llevar? —Marisol saca las llaves de su cartera—. ¿Juan Diego y la perra esa camino del motel?

Roxana mira alrededor buscando inútilmente otros candidatos. Ocho se ha despoblado y no queda nadie conocido.

—¿Te vas a dejar humillar así? —agrega Marisol.

—Bobita —se ríe Roxana—, nadie me va a humillar. A mí no me importa.

El cucaracho es un tequila largo con licor de café al que el mesero le prende fuego. Roxana le introduce el pitillo, lo absorbe todo de golpe y la llama se apaga sin quemarla. A continuación baja corriendo las escaleras de Ocho: Juan Diego abrazó a su niña nueva y le dijo que la esperaba afuera.

Afuera hay un montón de carros. Cupés, cuatro puertas, camperos, camionetas, taxis y hasta un descapotable clásico. Unos arrancan, otros encienden motores, a otros apenas les abren las puertas y otros sirven como apoyadero de los últimos clientes de los locales de la cuadra. Y Roxana no ve a Juan Diego por ninguna parte.

¿Será que la dejaron?

Se los imagina riendo, burlándose de ella. Juan Diego y su niña nueva haciendo maldades para romper el hielo y entrar en complicidades camino del motel. Está tan angustiada de verse sola en plena calle a esas horas de la madrugada que no advierte la camioneta que se cuadra en frente de ella hasta que la llaman por su nombre.

—Roxana.

Es Juan Diego, a dios gracias. El pelo abundante, la nuez de Adán marcada, los dedos de pianista en el timón y su niña nueva al lado.

Roxana se monta en el asiento trasero y se acomoda justo detrás de él. Siempre se pone en ese puesto para poder mirarlo en el espejo retrovisor. Un par de ojos cafés que si ella está viendo es porque también la están viendo a ella.

La nueva niña de Juan Diego bate graciosamente las pestañas y Roxana le sonríe. Seguro a ella se le regó la pestañina y anda con tremendas ojeras negras. El cucaracho ya ha hecho su trabajo.

—Me dice Juan Diego que ustedes son amigos desde hace años.

—Sí —dice Roxana.

Y no se habla más. La niña nueva gira la cabeza hacia el vidrio panorámico, la camioneta coge velocidad, Roxana abre la ventanilla para que el viento le pegue en la cara y Juan Diego sube por el puente y toma la Quinta. No la va a llevar a su casa. ¡Va a llevar primero a su niña nueva! Roxana se encuentra de frente con los ojos cafés en el retrovisor.

—¿Qué quieren oír?

Lo dice en plural pero se lo está preguntando a ella. A mí. Roxana está segura. Losing my Religion, vos sabés cómo me gusta. La que sí habla en voz alta es la niña nueva.

—¿Tenés Calamaro?

—No.

—¿Los Fabulosos?

—No —dice Juan Diego—, pero tengo Losing my Religion.

Y no más dicho empieza a sonar. Roxana le sonríe a los ojos cafés y los ojos cafés le sonríen desde el espejo. Oh, life is bigger, it‘s bigger than me and you are not me. Roxana se deja caer a lo largo del asiento. The lengths that I will go to, the distance in your eyes…

—¿Te enamoraste más? —pregunta Juan Diego.

La niña nueva lo mira confundido.

—Sí —grita Roxana feliz y acostada en el asiento de atrás.

That‘s me in the corner, that‘s me in the spot light, I‘m losing my religion…

—Es que Roxana tiene un amante —le explica Juan Diego a la niña nueva.

Se está burlando de ella. De ella y no de mí. Roxana juega con sus piernas en el aire y canta. Oh no, I‘ve said too much, I haven‘t said enough... La niña nueva se asoma por el espacio entre los dos asientos para mirar a Roxana y le sube las cejas. Perfectas, de pura niña buena.

—¿Cómo se llama tu amante? —pregunta.

Roxana se ríe y canta cada vez más alto. I thought that I heard you laughing, I thought that I heard you sing, I think I thought I saw you try…

—No te lo va a decir, el amante es secreto —responde por ella Juan Diego—, ¿cierto que no se lo vas a decir?

—No.

Losing my Religion se ha terminado cuando la camioneta se detiene. Roxana se incorpora. La niña nueva le planta un beso y se baja. Juan Diego la acompaña hasta la portería, donde un guardia en uniforme le abre la puerta. Vive en un conjunto cerrado del sur con casitas de ladrillo pelado y almendros para dar sombra en los lugares de parqueo. Juan Diego le da un beso en la mejilla y luego repite con uno en la boca, corto pero en la boca. ¿Por qué me hacés esto? La ve caminar hacia la oscuridad, volverse y decirle adiós con la blanca manito antes de perderse en la oscuridad. Solo entonces regresa a la camioneta.

—¿No venís para adelante?

Roxana se pasa por el espacio entre los dos asientos y Juan Diego sale en reversa, le sube el volumen a la música y pone primera. Regresa a la Quinta, busca una U, toma el carril hacia el norte y una vez ha alcanzado velocidad y metido el último cambio, cuando al frente no está más que la línea recta y ancha de la Quinta, vacía a esta hora, estira el brazo y se lo pasa a Roxana por la espalda.

Lentamente la atrae hacia él, lentamente le busca la nuca, lentamente se la acaricia y lentamente le va bajando la cabeza hacia su entrepierna. Todo esto sin decir una palabra. Juan Diego se baja la cremallera y se saca la verga que ya se ha puesto dura, y Roxana la coge y se la mete a la boca como si fuera un lollipop de fresa. Chupa, lame, saborea y le da la vuelta con la lengua hasta que la camioneta se detiene de nuevo.

—Decile a tu portero que sos vos —la voz de Juan Diego se ha puesto ronca.

Roxana y Juan Diego entran en el apartamento y se miran en silencio por un lapso que parece eterno pero que objetivamente no dura nada. Entonces Juan Diego le desabrocha el bluyín y mete la mano por debajo de los calzones.

—Estás mojada.

—Sí.

—¿Esto era lo que querías?

Juan Diego está haciendo circulitos con su dedo.

—Sí.

—¿Esto era lo que querías y por eso te quedaste en Ocho?

—Sí —Roxana tiene la voz llena de aire.

Juan Diego saca el dedo y se lo chupa.

—¿Y qué más querías?

Roxana le quita la ropa y se termina de quitar la ropa ella. Lo lleva al sofá. Lo sienta. Juan Diego se ha puesto dócil, a todo se somete. Roxana se le monta encima y se mete en su verga. Se quedan muy quietos y se miran. Pero no se besan. Ellos dos nunca se besan. Él se recuesta en el espaldar y ella echa el cuerpo hacia atrás, cierra los ojos y empieza a moverse despacio.

Piensa en la niña nueva de Juan Diego, piensa en los besos que se dieron, piensa ¿por qué me hacés esto

, piensa en los ojos de Juan Diego en el retrovisor y cuando está empezando a no pensar, cuando estaba a punto de cerrar la mente y dejarlo todo para dedicarse a sentir, nada más a sentir, él se acelera, gime y explota.

Roxana abre los ojos.

Es como si él los hubiera tenido abiertos todo el tiempo.

—No te viniste —le dice mirándola fijo.

—No.

—Nunca te venís.

—Sí me vengo.

—Pero no conmigo.

—Cuántas veces tengo que decírtelo: no sos vos —dice Roxana—, es tu verga.

Y se la levanta con un dedo solo para soltarla y que caiga por su propio peso, floja y encogida, como ya se ha puesto. Él la trae a su pecho. Parece triste. Se acuesta con ella encima a lo largo del sofá y le acaricia la cabeza. Suavemente. Ella se deja hacer y cierra los ojos y se va quedando dormida, así, sobre el pecho desnudo de Juan Diego, que la está acariciando.

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