En los estudios de Will van der Vlugt a las afueras de Amsterdam, habíamos empezado a trabajar desde las 7 am sobre el video de Canción paralas Cosas, una de los temas de mi disco Bailarina.

Después de diez horas terminamos extenuados, pero con esa felicidad que da cuando uno logra cumplir sus promesas, de modo que nos fuimos a cenar al restaurante del Amstel Hotel, magnífico palacio que desde 1867 recibe huéspedes a los pies del río del mismo nombre. Will había reservado una mesa para dos al frente de los ventanales que enmarcaban la ciudad brumosa como en una sucesión de pinturas impresionistas, con sus puentes ojerosos de luces melancólicas y e lcanal plagado de botes paseando plácidamente momentos de otros, quizá mágicos como el nuestro.

Queríamos celebrar tan productivo día y nos vestimos como si fuéramos a ir a saludar a la reina; me monté en unos tacones, enfundé las piernas en unas medias pantalón de rejilla y saqué del fondo del clóset un vestido negro de raso casi líquido. Mi contraparte a su vez estaba absolutamente nítido en su traje de seda oscuro, camisa blanca y corbata de satín también negra. Después del primer dry martini le propuse a Will que cuando saliéramos de ahí me llevara al Red Light District , el tan famoso barrio del pecado. 
Esa noche tenía ganas de escandalizarme con algo. Pues el hombre muy holandés aceptó entusiasmado y me prometió que haría lo posible por lograrlo. Su sugerencia fue que diéramos un paseo libre por las calles atestadas de sitios que ofrecen espectáculos porno y de vitrinas donde también son un espectáculo impactante las mujeres de todas las tallas y colores vendiéndose como mercancía.

Lo que en principio empezó a intrigarme fueron los nombres; Calle de la Sangre, Calle de la Vieja Peligrosa, ahora mezclados en mi memoriapero que me sonaron a algo así como Calle de Las Mujeres Rotas,Calle Amarga, títulos con historia dramática. 
Me llamaba poderosamente la atención la ambientación detrás de cada escaparate iluminado en neón rojo. La mujer casi desnuda en la ventana y su pequeño mundo en el fondo. La cama impecablemente tendida, una mesa de noche con flores, persianas de cuentas de colores, un tocador con su espejo, un lápiz de labios, un perchero con ropa colgada. 
Casi un hogar en perfecto orden, acogedor e insólitamente provisto de algo tierno (no encuentro otra palabra). Amsterdam entera es así. Por momentos Will tenía que jalarme del brazo para seguir avanzando porque yo me quedaba embobada frente a la vidriera como queriendo absorber cada centímetro de todo lo que veía. Llegamos al canal que divide el vecindario donde las dos vías que lo bordean anuncian enloquecidas en el lenguaje de la lujuria sus eróticos shows con todas sus variantes. "Aquí va a ser la vuelta", pensé yo. Me atrajo un elefante rosado con corbata que titilaba enlo alto de la fachada de un club llamado Casa Rosso, que tenía el aspecto de un teatro antiguo, eso sí diminuto, como de juguete, así como es todo en esa dulce ciudad. (De nuevo aquella ternura fuera delugar). "Quiero entrar aquí", le dije a mi compañero. La función prometía. 
Según las fotos colgadas en la entrada, veríamos sucesivas escenas de sexo en vivo representadas por parejas heterosexuales y demostraciones de talentos individuales para dar ydarse placer. Un pasillo nos condujo al auditorio y nos sentamos enla segunda fila de sillas tapizadas en brocado, mientras un paje conuna bandeja nos ofrecía champaña en unos delicados tulipanes decristal. 
Todo el ambiente era casi solemne si no hubiera sido por eltono divertido, desparpajado y natural de la concurrencia compuestapor turistas y locales. Vestidos de gala con nuestras copas burbujeantes nos sentíamos como metidos dentro de una película surrealista. Estábamos efectivamente dentro de un teatro al estilo de los años 40 esplendorosamente decorado con lámparas doradas, cortinas y un pesado telón de terciopelo rojo. Si. 
Un pequeñísimo teatro con su corredor central, timbre de llamado, proscenio y escenario donde en contados minutos muchas parejas "harían el amor" una después de otra como único tema de la obra. Mientras esperábamos, pensaba en lo fascinante que me resultabaestar rodeada de tanta desvergüenza junta y yo ahí tan campante ysin culpas, como una dama elegantísima de pierna cruzada que ha idoa la ópera. Las luces se apagaron, iba a comenzar la mayestática orgía. (Continuará).

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