Es curioso que algo tan natural al comportamiento de todas las especies como el intercambio sexual haya sido oscurecido por los seres humanos de forma sistemática con prohibiciones, juicios, inquisiciones y tabúes. Tal vez por eso, como heredera de aquellos milenarios mandatos religiosos que, aunque no me gusten, llevo en mis genes culturales, me parece liberador sentarme en este insólito lugar con mi novio, vestida de noche y rodeada de personas comunes y corrientes tan excitadas y entusiastas como nosotros, ante la posibilidad de asomarse a la celebración del éxtasis erótico como ceremonia pública.

Se abre el telón de terciopelo vinotinto mientras un sorpresivo redoble de tambores anticipa el galope de una música instrumental con influencia africana. En el centro del reducido escenario brilla en oro un disco giratorio y la penumbra dibuja lo que parece ser un atado de carne oscura servida en aquel lujoso plato. Ese amasijo empieza a revelarse a través de rayos de luz en formas conocidas como espaldas, espinas dorsales, nucas, brazos desnudos. Es la escena de un hombre negro abrazando a una mujer de su misma raza sentada pecho contra pecho sobre él, quien le agarra firmemente sus enormes nalgas color ámbar, turgentes como tinajas de barro, para empujarlas de forma vertical y cadenciosa al son del ritmo ancestral que hace temblar como vibradores las sillas del auditorio. Todos los movimientos de esta pareja escultural son armoniosos en su deslumbrante coreografía mórbida, donde cada parte de sus cuerpos protagoniza una fluctuante danza de placer. Mientras la plataforma dorada gira lentamente, este Apolo del infierno ha convertido todo el conjunto en un pistón vertiginoso; su asta en punta, enorme y sólida como una columna de madera, se hunde sin Dios en la flor abierta, lampiña y púrpura de esta madona rotunda color terracota, quien adorna las versátiles embestidas del Minotauro con carcajadas intoxicantes, gritos, dientes blancos imposibles de contar y unas uñas largas afiladas, para así alzarse con el canto de la victoria en la sístole final, en el límite de todos los mundos ahora consumado en sus miradas aceitosas, los ojos de la vida y de la muerte, todo en uno, y nosotros a pocos metros mirando, mientras el telón se cierra provocadoramente haciéndonos esperar estupefactos el segundo plato.

Los reflejos del metal esculcan los contornos de una mujer también desnuda, inmensa y redonda, recostada sensualmente sobre cojines forrados en tafetán de seda color topacio bordado en vidrios de Murano. Esta yegua morena y descomunal se presenta bien vertida en su áurea bandeja, rodeada de unos objetos cristalinos tubulares atravesados por dagas de luz que estallan en relámpagos de arcoíris. Ella nos mira impávida desde su púlpito de impudicia, desafiando todos los misterios posibles al ir abriendo sus piernas como nubes voluminosas que descubren poco a poco el nacimiento de un sol negro. Con su voz honda y cremosa semejante al resuello del saxofón que ahora envuelve el recinto con notas impredecibles, nos pregunta cómo estamos, se sonríe, nos invita a mirarla a ella y a su placer, al tiempo que introduce progresivamente el cilindraje ascendente de tubos transparentes en lo profundo de ella misma, ahí dentro del túnel que conduce a la cuna donde revienta la existencia.

Y así continuó la seguidilla de amantes y onanistas, con un repertorio ecléctico de habilidades y posturas contra natura; de esta manera fuimos sorprendidos por una joven eslava que fumaba tabaco con todas las bocas de su cuerpo, una brasileña que desgranó un collar de perlas de cuatro vueltas sin más ayuda que los músculos de su entrepierna, y una pareja albina experta en los saltos del ángel y del diablo.

Salimos de esta caldera de concupiscencia a abrazar la frescura de la madrugada, con ganas de crear nuestros propios pecados y enjuiciar nuestras supuestas virtudes. Me sentí una mujer normal, tan inmoral como el fuego que ha encendido los vientres de hombres y mujeres a través de siglos de amores, ese mismo que traiciona a los recatados y a los célibes, el aliado de los actores de Casa Rosso, el cómplice de los bailes, el alcahueta de todas las artes, el sátiro que hace arder las soledades. Hemos nacido de esa llama inevitable, que como buena madre no nos niega ni nos desconoce, y de la cual nosotros, sus hijos, nos avergonzamos inexplicablemente.

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