El backstage de un festival de cine porno tiene un encanto especial. Uno de los actores españoles más prometedores de la industria está a punto de salir al escenario pero su herramienta de trabajo no le funciona. En España a eso se le llama gatillazo, impotencia situacional, en jerga de sexólogos. Veo entrando y saliendo del vestuario a actrices que le brindan su desinteresada ayuda sin ningún éxito, así que el desesperado joven intérprete opta por ayudarse a sí mismo. Lo veo desnudo, sentado, trabajando con su pene con gran concentración e inquietud. Por fin lo ha conseguido, pasa corriendo al lado mío hacia el escenario con su endeble erección justo en el instante en que siento que alguien me da una palmada en el trasero. Es un director de cine porno muy famosillo que suele saludar así a sus conocidas. Lo de ser una periodista que escribe sobre sexo no te convierte en una de las actrices porno, pero sí te permite compartir cierta fraternidad con ellas. A los pocos minutos, sin embargo, ya le está tocando el culo a otra, una acróbata vaginal capaz de engullir con sus genitales cien metros de banderillas de todos los países. Del escenario de este festival local en la periferia de Barcelona, regresan dos chicas sudorosas y con las pestañas bañadas de líquido seminal. El director porno las arrea antes de volver junto a otros dos directores, con los que se carcajea, bebe cerveza y come cacahuetes desparramando las cáscaras y dejando el lugar como una jaula de hienas.

Erika Lust no está aquí. Para qué. Ya se sabe de memoria lo que no va a encontrar. Aquí no encontrará eso que llama el "punto de vista femenino", ni buena fotografía, ni sentimientos, ni argumento, por supuesto, ni buen gusto, ni feminismo, ni mujeres normales, profesionales, divorciadas, jóvenes, adultas, amantes, delgadas o con curvas, gozando de su sexualidad y menos chicos escandalosamente guapos.

Por eso, porque no encontraba en el porno lo que buscaba, Lust hizo su propia película: Cinco historias para ellas (Thagson), la gran esperanza blanca para el gusto de la mujer occidental y heterosexual liberada que quería algo tan provocador y moderno como Sexo en Nueva York pero tan explícito como una película de Nacho Vidal. Son cinco historias "femeninas y feministas": una mujer planea una creativa venganza contra su infiel marido futbolista; una misteriosa chica ejerce una poderosa atracción sobre las féminas; una pareja que se aburre tras varios años de relación esconde un secreto; dos hombres se acuestan por primera vez y una buena chica pide pizza.

Erika presentó hace poco la muy documentada y glamorosa guía Porno para mujeres (Melusina). Es rubia, habla el castellano de una sueca y hace poco fue madre, las ojeras la delatan, pero aún así nunca deja de ser chispeante. Su discurso es ligero, simpático cuando dice que para las mujeres que crecimos con MTV son inaceptables los decorados espantosos, el estilismo, el maquillaje recargado, la música horrísona, las actuaciones ridículas y la foto amateur, en general todo lo que hace al porno lo que es. Para Erika, la mayoría de las mujeres que dicen que no les gusta el porno nunca en su vida han visto ni una escena completa. Era la moraleja de una de sus historias: el porno ya no es tabú para una chica buena. En él, la protagonista, una mujer pudorosa decide desmelenarse y ligarse al repartidor de pizza, que contra todo pronóstico tratándose de una porno, resulta ser un adonis angelical de buenas maneras en la cama.

—Estamos hartas de lolitas hambrientas, de enfermeras calientes, de prostitutas ninfómanas, de chicas tragasemen —grita Erika—. Esas son las mujeres ideales de los tíos, a mí no me inspiran. Tampoco los mafiosos, proxenetas, traficantes de drogas o armas, multimillonarios o máquinas del sexo megamusculados y superdotados. Para los hombres será el "héroe sexual", pero a mí no me pone.

El proyecto de Lust, urbano, intimista y muy design la ha enfrentado sobre todo a una industria porno falocéntrica, tan falta de contenidos como incontinente, pero también a las creadoras que se agrupan dentro del posporno (porno queer) y que consideran que apelar a una "sensibilidad femenina" es hoy hablar de sucedáneos.

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¿Se puede ser feminista, femenina e interesarse por el porno? Baise moi (Viólame), la road movie neofeminista y punk de la escritora francesa Virginie Despentes, fue censurada hace algunos años por contener sexo explícito. Los guardianes de la moral la confundieron con una película pornográfica porque Despentes y su compinche Coralie Trinh-Thi —actriz porno y escritora— decidieron filmar las escenas de sexo con los planos tradicionales de las películas porno. Tampoco les perdonaron todos los que fueron al cine esperando masturbarse y se dieron de bruces con sus protagonistas: dos mujeres francoárabes que tenían sexo con hombres solo para después asesinarlos brutalmente.

Por primera vez, el espectador tradicional de pornografía se confrontaba con dos personajes femeninos que habían tomado por completo las riendas del placer y de la acción. Para la filósofa Beatriz Preciado, Viólame señala el comienzo de esta nueva forma de relación con la pornografía, llamada Posporno, y que hoy es un caldo de cultivo para decenas de mujeres que experimentan con novedosas visiones de su propia sexualidad. El Posporno es en realidad un término inventado por el artista holandés Wink van Kempen para denominar un conjunto de fotos de contenido explícito pero cuyo objetivo no era masturbatorio sino paródico y crítico. Años después, la artista y actriz porno Annie Sprinkle le dio una dimensión más amplia al usar el término para caracterizar sus famosas performances, como aquella en que invita al público a mirar dentro de su vagina con una linterna. Según Preciado, se trata de hacer porno con otros cuerpos y otras subjetividades: mujeres, minorías sexuales, los transexuales, intersexuales, transgénero, los cuerpos deformes o discapacitados, que reclaman otros placeres que cuestionan la mirada del gran eyaculador blanco heterosexual.

Para Preciado, no se trata de que las directoras sean mujeres, sino de que aporten una mirada minoritaria y crítica. Le irrita aquello de "porno para mujeres", le parece una categoría de marketing y no de deseo sexual o de identidad:

—Hay muchísimas directoras mujeres que hacen un porno tan convencional como el de cualquier hombre. El porno para mujeres con flores en los salones, diálogos pastosos y chicos simpáticos, me hace pensar en las versiones censuradas para no herir la sensibilidad de las damas. Además, ¿de qué mujeres hablamos? Yo reivindico un porno que deshaga las categorías de hombre y mujer.

Para la española María Llopis, artista audiovisual que produce y reflexiona en torno a "una pornografía hecha por nosotras mismas", cree que se está gestando una nueva revolución sexual: "Hoy nos llegan los deseos individualizados, caso por caso, de tú a tú. Esto está cambiando las cosas: cada uno se atreve a reivindicar sus preferencias y todas son válidas. Basta de clasificaciones del tipo: si te gusta el sexo eres sucia, si estás a veces con chicas eres lesbiana y si tienes novio eres una mujer como Dios manda. Queremos realizar nuestros deseos sin ser clasificadas o humilladas por esas categorías".

Cándida Royalle, ex actriz porno, dio su "toque femenino" a las tres equis, también lo hicieron Georgina Spelvin, Lina Romay, Onna Zee y Nina Hurley. Hoy Belladonna podría ser una versión hardcore de algunas de las pioneras, una mujer que viene de la industria pero que hace un porno muy personal y bizarro. Algunas directoras imprescindibles de porno hecho por mujeres son Del LaGrace Volcano (con su Pansexual Public Porn), el director post-punk canadiense Bruce La Bruce, la porno-ciencia-ficción de Shu Lea Cheang, las de la productora SIR de Jackie Strano y Shar Rednour, las de Todd Verow, las producciones DIY de la francesa Emilie Jouvet, las películas trans de Morty Diamond. Tristan Taormino, Audacia Ray, Venus Hottentot, María Beatty, Ovidie o Anna Span.

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Si mamá lo supiera fue la primera película porno que vio Sandra en su vida. Si la mamá de Sandra hubiera sabido que su hija estaba viendo porno en la habitación de al lado tampoco hubiera pasado nada. El modo natural en que vivió su sexualidad desde muy pequeña no se lo inculcaron sus padres pero tampoco se lo prohibieron. Sandra vivía en libertad, era lista, amable, tenía buenas notas y como muchas chicas de su edad estaba empezando a conocer el sexo con sus amigas. En esa época el porno fue todo un descubrimiento sexual. "Si algo no he perdido en todos estos años como espectadora de cine X es a verlo siempre como un entretenimiento funcional", afirma.

Parece que por fin he encontrado a alguien que se masturba como yo. Pero la diferencia es que la hoy Blogger de MTV (escribe ahí sobre sexo y música) pasó de la masturbación a la acción y así nació Sandra Uve, la directora X. En su primera película, una vampira descubre que puede verse reflejada a través de los monitores de video y las señales digitales. Decide comprarse una cámara digital y grabar todos sus encuentros que no serán del todo sexuales. ¿Autobiográfica? Uve, como Lust, ha trabajado dentro de la industria pero a diferencia de la sueca, la española no cree que el trabajo en el porno sea más machista que cualquier otro trabajo, aunque admite que los productores son todos unos cretinos. ¿Es importante que el autor sea hombre o mujer o trans?

—No, importa que el que haga porno haya sido espectador de porno, le gusten el género y su lenguaje, y una vez comprendido pueda o quiera modificarlo —dice Sandra.

La segunda película de Uve se llama El Diablo español versus las luchadoras del Este, parece un homenaje tres equis a las películas de serie B. Se trata de unos legendarios campeones de lucha libre conocidos como El diablo español y El Malo que, con ayuda de su aprendiz Robin, investigan la desaparición de dos estrellas del rock que han sido secuestradas por un comando terrorista integrado por tres misteriosas luchadoras enmascaradas: Lenka, Katja y Jitka. ¿Cuál es el motivo del rapto? ¿Qué pretenden las guapas delincuentes? ¿Qué significa el mensaje en clave 616 DF? La cosa suena demasiado entretenida para cumplir solo la finalidad básica pero ya veremos. Pongo play. Adelanto escenas como de costumbre aunque debería verla toda pero no, para eso tendría que verla con otros ojos. Llego a la escena en que una pareja se introduce en un jacuzzi, es una de las terroristas y uno de los malos, a quien en una escena anterior las chicas han usado para su propio disfrute. Él le pregunta: "¿Me matarás o dejarás que me enamore?". Enamorar: un verbo que no había oído nunca en una peli porno.

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Cuando veo pornografía la veo porque mi cuerpo empieza a enviarme señales, se diría que urgentes. Sé que quiero masturbarme porque de pronto me doy cuenta de que en media hora me quedaré sola en casa y mi imaginación es asaltada por preguntas del tipo: ¿Lo hago en mi habitación o en la sala? ¿Con el vibrador negro o con el dedo? ¿Veo tal o cual película o mejor busco escenas nuevas en el youporn? Y voy montando mi solitaria escena mentalmente. Cuando al fin cierran la puerta, me siento eufórica, empiezo a hacer cosas raras, me pongo cierta ropa interior o camino desnuda o me miro al espejo en poses insinuantes. Ahora que lo pienso es lo mismo que hacía cuando tenía quince años. ¿No he madurado nada? Veo solo las partes de las películas que sé que me ponen. Me aburren las mamadas porque por lo general la chica también tiene cara de aburrida, así que después del cunnilingus adelanto la cinta hasta la penetración. Busco sexo amateur, parejas gorditas, chicas muy pasivas, sexo étnico con chicas orientales (me encantan sus grititos) o latinoamericanas que se parezcan a mí y siempre con pechos grandes, naturales; más adelante, cuando ya entro en calor, busco sexo anal o alguna cosa violenta pero, lo admito, me gustan los besos, cuando hay besos (y no suele haberlos demasiados) me la creo más. Femenina o no, esta es mi solitaria escena. ¿Y la tuya?

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