Cuando abrí los ojos lo primero que vi fue una tanguita amarilla enrollada. Tenía un codo afilado clavado en la cintura y una pierna áspera contra mi muslo entre las cobijas. Estaba en mi casa. No estaba enlagunada y recordaba todo lo que había pasado la noche anterior. Él se portó divinamente y se rio de mis chistes, yo me sentí tranquila y bonita y lo admiré por ser tan ecuánime y todas esas cosas que yo no soy.

Yo cociné y él lavó platos con una familiaridad inusitada. Entonces nos fuimos a una fiesta, nos tomamos unos tragos y nos dimos unos besos y nos echamos un polvo, porque "¿por qué no?" (pensé yo). Yo estaba todavía encaprichada con un chico que recientemente me había dado tres vueltas y quería regenerarme acercándome a alguien que me pareciera inofensivo. Error. Nadie es inofensivo. A medio polvo me aburrí y empecé a fingir orgasmos para acabar rápido y pensé en Alejandra Guzmán que en las minitecas nos cantaba, "hacer el amor con otro, no no no". Él finalmente dejó oír un largo suspiro y yo falseé un bostezo y me di la vuelta para dormir.

Ahora YO pasaba revista por el piso y ubicaba mentalmente mis jeans y mis medias, el brasier y la camisa, que era de encaje delgadito y suave, y yo deseé estar con ella puesta y no piel contra piel con el buen chico acostado a mi lado, que, ¡oh, sorpresa!,me había estado mirando tiernamente, esperando a que yo despertara.

Entonces me dio un beso y dijo que iba a traerme un café.

Yo lo vi levantarse y salir del cuarto. En ese silencio propio de primero de enero, sus pisadas retumbaban sobre el suelo de madera. Retumbar es el verbo que evidenció mi guayabo, así que corrí a ponerme mis calzones amarillos mientras pensaba que, si esta era la suerte que me iban a traer, iba a ser un terrible 2010.

El tinto me encontró vestida. El susodicho en un derroche de espontaneidad se había puesto las gafas de año nuevo para traérmelo. Yo empecé a hablar de lo importante que era el almuerzo tradicional familiar de comienzo de año y lo temprano que tenía que llegar a donde mis papás —a quienes no veía hace rato—, que mi huida estaba perfectamente justificada y no pasaba nada raro, no, y —sí, todo está bien, no te preocupes.

Él, galantemente, me acompañó a coger el bus y claro, tuve que irme de verdad a donde mis papás, que seguro habían pedido un domicilio de comida china, e intercalaban ver televisión, leer y dormir en su rutina.

"Mal, hermano", pensé en el bus. La expresión era característica del chico con el que me habría gustado amanecer. Mi reflejo en la ventana mostraba una boca disminuida, casi borrada del tedio. Tenía cara de Aleida, y ninguna mujer feliz hace esa cara y reclina su cabeza sobre el puño, como ella y como yo, que hoy compartíamos la condición de malcomidas.

Mi propósito de año nuevo, entonces, fue no volver a enredar mi cuerpo en aventuras en las que no me acompañe mi cabeza. Tirar con la mente en otro lado solo garantiza un mal polvo. Comerse a un buen tipo por despecho es como comerse un yogur, saludable pero insípido, y ni tan saludable; lo único que conseguí fue alborotar la añoranza por "esa barba que raspaba como lija" y desdeñar a un buen tipo con la adolescente excusa de "es demasiado bondadoso". A fin de cuentas, no había calmado el ardor que me llevó a meterlo en mi cama, donde él, aún a pesar suyo, no había sido inofensivo, y probablemente tragaba en seco mi misma angustia callada, mientras caminaba hacia su casa.

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