A las 9:32 de la noche, Amanda llega a su pequeña casa de El Oasis, uno de los 30 barrios de Altos de Cazucá, en Soacha. Llega en compañía de Jaime Alejandro, su hijo de 3 años. La casa, prefabricada, de apenas 20 metros cuadrados, queda en la parte más alta de la loma. Tiene cinco espacios mínimos, liliputienses: una salita de entrada desocupada, una cocina con un lavaplatos precario y una cocineta, un baño sin pañetar, otro cuartico vacío y la alcoba principal, con una cama doble y un televisor que la ilumina porque el bombillo se fundió. Es el único lugar de la casa en el que uno se puede sentar. Hay servicio eléctrico pero no hay todavía acueducto. El agua llega a través de unas mangueras de la comunidad pero están rotas, y hace 15 días no recibe el servicio. La jornada ha sido larga, como todos los días, excepto el domingo: se levantó a las 5:00 de la mañana, no pudo lavar la ropa, preparó el desayuno, organizó a su hijo, caminó varias cuadras hasta el paradero de la buseta que los lleva hasta el pie de la loma, atravesó la autopista Sur y volvió a caminar varias cuadras hasta Soacha, hasta la casa de su amiga Julia, que tiene tres hijos y le cuida a Jaime Alejandro por 250.000 pesos mensuales. Dejó allí las botas, se puso zapatos con tacones y tomó otra buseta que la llevó al Siete de Agosto para empezar a recorrer la calles en busca de clientes. Porque Amanda, de 26 años, ejerce la prostitución callejera desde hace doce.

No fue un mal día para Amanda. Tuvo dos clientes. Uno le pagó 75.000 pesos y otro, 25.000. Descontando el transporte, el almuerzo, las residencias, el medio pollo que le compró a Jaime Alejandro en una pollería de El Oasis —protegida con rejas—, le quedaron 60.000 pesos. Que le servirán para mañana si no cuenta con la suerte de hoy o para prestarle a una compañera que se blanqueó. Le pregunto por qué tanta diferencia en lo que le pagó cada cliente y me explica: hasta las 12:00 del día no había conseguido un solo peso y se apareció un muchacho. Ella le pidió 35.000 y él solo le ofreció 25: “La verdad, a esa hora ya no tenía ningún cliente y había que traer algo de comer para la casa”. El otro, el que le salvó el día, es un viejo conocido, un cliente habitual que tiene su número celular y le ha llegado a pagar hasta 100.000 pesos, pero hoy no tenía mucha plata: “Cuando están mal de plata, pues ni modo, no se puede perder un cliente por unos pesos. Y si uno no se va por 75.000, viene mi compañerita y dice: ‘No, venga, hágale’. Entonces, no se puede. Yo por lo menos puedo pedir lo que se me dé la gana, pero si no me dan eso, me toca acomodarme porque no puedo llegar a la casa y decirle a mi hijo que hoy no puede comer. Entonces, varía”. En quincena es distinto; puede llegar a atender a cinco clientes en un día. Aunque la competencia en la calle es feroz, hay para todas: “Como le digo, para todo tipo de mujer hay un cliente, todo se acomoda, desde las jóvenes hasta las viejitas, todas tenemos clientes, porque uno ve viejitas de 80 años en la calle”. Por cierto, Amanda es bajita, de piernas delgadas y torso ancho. Tiene los senos y los ojos grandes, el pelo negro y largo —casi hasta la cintura— y una expresión dulce, de niña consentida. Todavía la vida no la ha quebrado.

Le pregunto por su primera vez, ¿cómo comenzó todo? “Cuando cumplí 14 años, empezó a llegar un guerrillero a mi casa pero entonces iba con el hijo. Era el comandante de yo no sé qué cuadra y la cuestión era que ellos me querían reclutar: ‘Se viene por las buenas, bien, normal, como la mujer de mi hijo’. Yo les decía: ‘Es que yo soy mala para caminar’. Y ellos: ‘Se viene en carro, no hay problema, cuando tenga 15 años se viene con nosotros’. Antes de cumplir los 15 decidí irme de la casa. Por eso y también por el abuso de un familiar (mi mamá vino a enterarse de eso cuando yo tenía 23 años). Me vine a Bogotá, llegué a trabajar en lo que pudiera pero no pude hacerlo en nada porque el moralismo de las personas empieza cuando hay otra necesitada. Como no tenía otra opción, empecé a prostituirme. Lo primero que se aparece es la oferta de lo que no se tiene que hacer. Apareció una persona y yo le dije: ‘Estoy buscando trabajo’. Le dije que necesitaba empezar rápido porque no tenía dinero ni comida. Esta persona me ofreció trabajar con ella: ‘Vamos y yo le explico’. Me dijo que no tenía nada del otro mundo, que iba a conseguir lo que necesitaba. Me contó cómo hacía ella y me invitó a verla y a ver si yo me le medía”.

Jaime Alejandro no es el único hijo de Amanda. “A los 19, conocí a un señor que se obsesionó con que yo tenía que estar con él, empezó con esa agresividad, yo le dije que no, que no quería nada con él. Él es el papá de Martín, no se resignó, me drogó y quedé embarazada, tuve al niño, esa parte del embarazo desde el primer mes hasta el segundo fue muy duro, pero desde el sexto mes yo me hice a la idea de que qué tan bueno, voy a tener un hijo. Ese tipo desapareció”. La recibieron en la casa de adopción de unas monjas. Allí conoció a su amiga Julia. La trabajadora social se obsesionó con que ella quería matar a su hijo y se lo quería quitar. “Cómo voy a matarlo, era lo que yo trataba de explicarle. Afortunadamente, mi mamá llegó y firmó los papeles”. Hoy en día, Martín, de 7 años, vive con su abuela, en la zona rural de un municipio de Cundinamarca. Allí se crio Amanda, allí mataron a su padre cuando ella tenía 5 años. Su madre se volvió a emparejar: “Tuve un padrastro que me quiso mucho y me quiere mucho todavía”. Sin embargo, al año se devolvió: “En vista de que no había nada que hacer en la finca y yo tenía que darle leche, pañales, lo que mi hijo necesitaba, entonces me vine para Bogotá”.

Otra vez a la prostitución, otra vez la calle. Hasta que conoció a Jairo, un costeño. Lo conoció en una iglesia. No es que Amanda sea rezandera: le gustan la tranquilidad y el silencio de las iglesias, al igual que en los cementerios: “Me parece muy bonito, ahí uno está alejado de ruidos, del estrés, por lo menos me siento bien. Cuando estoy en una iglesia se me olvidan los problemas, y en los cementerios es igual; incluso cuando estaba en el pueblo, estudiando, me iba para el cementerio y me quedaba allá un rato. Ya cuando me acordaba de las tareas, me iba para la casa. Ahí, estando en una iglesia, conocí al papá de mi hijo menor. 

Se fueron a vivir juntos, dejó la prostitución y empezó a trabajar en restaurantes en ventas puerta a puerta: “Todo lo que se me aparecía, yo lo hacía”. Quedó embarazada: “el embarazo fue una maravilla, pasamos bueno, pero cuando nació mi hijo se le salió el machismo, tal vez pensó “yo ya la tengo amarrada”. Empezó a tomar, a salir con los amigos, a hacer cosas que antes no hacía. Empazamos con las agresiones verbales y físicas y ya cuando me pegó se acabó todo”. El maltrato es algo que ella no acepta: “No tuve un papá durante mi vida, tuve a mi mamá y ella nunca me pegó para que una persona ajena a mí me agrediera, pues no, entonces ahí se acabó todo.

El niño tenía 2 añitos, con sus borracheras iba a la casa a hacerme escándalos. Un día que llamaron a avisarme que venia, y yo arranqué con mi hijo, dejamos todo botado”.


Se fue a vivir donde los amigos, hasta que consiguió lo que necesitaba para empezar a pagar su casa de El Oasis. “De poquito en poquito fui ahorrando, un amigo de mi mamá fue de los de la invasión y él me vendió. Casi no le he hecho nada porque apenas la estoy pagando, me falta un millón, se lo entrego y empiezo a pagar lo del gas y la luz, que es más poquito; empiezo a construir en la parte de atrás para empezar de atrás para adelante y me armo una casita bonita. Compré acá porque en Bogotá conseguir una casa así es como difícil y pues es necesario tener una casa para los hijos. No me importa tener que hacer la odisea que hicimos hoy para tener un lugar de ellos y no me tenga que decir que si el ruido, que el niño lloró. Es incómodo estar en casa ajena”. Hace dos meses vive en su casa propia, que le costó once millones de pesos.


Amanda hizo el bachillerato y le gustaría estudiar una carrera técnica en la que le paguen algo para luego estudiar Derecho porque el sueño de su mamá-que ella quiere cumplirle- es que en 2023 sea alcaldesa de su pueblo. También tiene el proyecto de hacer un comedor comunitario en El Oasis. Le gustaría abandonar la prostitución pero no la ve como un oficio distinto o menos duro que otros. Para no ir tan lejos, no le parece mejor la vida de Julia, su amiga, que no se separa de su marido pese a las tundas que le da, solo porque le da para comer. “Como si una no fuera capaz de conseguir plato de comida para sus hijos”. No se avergüenza de su oficio pero le preocupa que estigmaticen a sus hijos o que su mamá un día se entere.


Por lo pronto, sigue encadenada a la prostitución y su presente son las cinco horas que tarde en ir y volver de su casa al trabajo, sin contar las largas caminatas en la calle: cuando en el Siete de Agosto el trabajo está malo, hay que irse para la zona de Santa Fe, en la que empezó. Hay que moverse, no puede quedarse quieta, es la ley de la calle. Cinco horas que, como hoy, pueden ser más cuando no alcanza la buseta de las 8:30 de la noche, la última, la que la lleva cerca de su casa y debe caminar otra media hora, acompañada únicamente por su pequeño hijo y con las luces al fondo: Cazucá, como un pesebre a escala real, se extiende hasta el otro lado de la montaña.

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