Mariana acaba de llegar de Los Ángeles. Está casada hace dos años con un abogado financiero, Esteban, que se la pasa viajando. Mariana y yo somos amigas del colegio. No tenemos nada en común, es cierto, pero tenemos la familiaridad y el amor que da haber crecido juntas.

Mariana me invita a almorzar a su casa, está aburrida, Esteban trabaja todo el día y Marielita cada vez hace mejor la comida light, y al parecer, tengo que probar cuanto antes su sándwich de salmón al vapor.

Mariana habla conmigo de sexo porque dice que yo no la juzgo. Claro que con Mariana hablar de sexo es básicamente hablar de Esteban. Esteban es mal polvo, o como dice mi amiga, "no es muy creativo en la cama". Una vez Esteban leyó en internet que las mujeres tienen punto G, un dispositivo maravilloso que, si se encuentra, basta con espicharlo para torcerle los ojos a la chica. Esteban aprendió con diligencia que para estimular el punto G debía meterle los dedos medio e índice a Mariana y moverlos como diciendo "ven", y desde entonces abusa del truco como un maniático. Mariana finge orgasmos para no ofenderlo, pero en realidad no siente nada, porque el dichoso punto G, para ella, no existe.

Pensando en salvar su matrimonio, Mariana viajó a L.A. para una cita con el doctor David Matlock, inventor de las inyecciones de colágeno para el punto G, especiales para las desafortunadas que no lo tienen, o las ambiciosas que quieren más. Matlock entró con el pie derecho en la industria de las mejoras sexuales, del posviagra, de expectativas agrandadas sobre el sexo basadas en información seudocientífica, y esto conmovió a mi amiga, que creyó en el culebrero gringo.

De algo sirvieron las inyecciones que el doctor Matlock le puso a mi amiga: Mariana entendió qué era lo que Esteban trataba de hacer, pero no por eso le gusta mucho. Además, el efecto del colágeno se está disipando y pronto las cosas volverán a lo mismo. De regreso, en el avión, en una revista gringa, Mariana leyó que ahora se descubrió que el punto G no existe. Se sintió estafada. En un estudio publicado en The Journal of Sexual Medicine, escáneres ultrasónicos mostraron que, oh sorpresa, las mujeres tienen diferencias anatómicas, y unas tienen el llamado punto G y otras no. Con eso los científicos concluyen que solo algunas chicas pueden tener orgasmos vaginales: según el estudio, las mujeres que tienen punto G producen unos químicos específicos, incluyendo una enzima que procesa óxido nítrico, la sustancia que produce la erección masculina. Las que no, como Mariana, cabría pensar que están jodidas.

Pero no, Mariana está jodida por ese marido tan jarto, no por no tener punto G. La verdad es que si bien hay un área donde "se puede estimular la esponja de la uretra" y es cierto que eso les produce placer a algunas mujeres —a mí, por ejemplo—, no existe un interruptor para los orgasmos, y el sexo no es un programa de concurso en el que alguien pueda gritar, por ejemplo, "¡Pacheco dame la O!". El error está en pensar que el punto G es un lugar, como si hubiera una dirección para localizarlo (¿calle 69 con carrera 5.a). Si Mariana y Esteban hablaran de sexo, en vez de leer manuales o de invitar a las amigas a un pescado insípido a manera de desahogo; si los "expertos" hubieran estado tirando en vez de estar haciendo estudios chimbos tal vez encontrarían evidente que a las mujeres no nos producen en serie, y que los orgasmos, más que dispararse al hundir un botoncito, se engendran.

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