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La última vez que caminé por ahí —carreras 13 y 14, calles 18 y 19— iba requerido por la Fiscalía para ser notificado de una demanda por injuria y calumnia que los Araújo-Molina me habían puesto. Un mundillo donde se mueven vendedores ambulantes, litigantes y puticas. No fui —y ya no seré— muy amigo de los prostíbulos, que en esa época se llamaban casas de citas y tenían un bombillo rojo en la puerta. No quedaban en cualquier sitio sino en las llamadas “zonas de tolerancia”. Confieso que fui más por ir con mis compañeros de colegio o de oficina; las niñas ya lo daban sin poner tanta condición como lo hacían unos años atrás. De cualquier manera, yo les temía a las putas. Con razón, porque más de un gonococo y de unas ladillas me gané por querer hacerme el valiente. A unas les pagaba para que guardaran silencio, a otras les oí sus historias, todas iguales; con un par amanecí y a Teresita la amé. Era menuda y delicada, tímida y ojerosa. La encontré en el mercado de Barranquilla al lado de uno de esos caños hediondos. Me había prometido a mí mismo, durante un viaje eterno en bus desde Bogotá, acostarme con la primera mujer que me lo diera al llegar a la terminal. Fue Teresita: minifalda, blusa ceñida, tacones altos, pelo recogido. Ahora pienso que fue esa manera simple de peinarse lo que me llevó a no dejar de mirarla durante todas las noches de una semana en la que fui feliz.

En la avenida 19 de Bogotá no hay bombillos rojos ni casas de citas. Son edificios con luces parpadeantes de halógeno y espejos en el recibidor; muchos espejos: paredes enchapadas con espejos a medio ahumar, espejos en las piezas, espejos en el techo, espejos en el baño, algunos rotos. Sospecho que tienen una función intimidante. Las escaleras que llevan a los pasillos tienen tapetes descoloridos y carcomidos y barandas doradas. En los cuartos hay cortinas de plástico, una cama ahuecada, una almohada sucia y unas sábanas usadas. Y un radio con emisoras que solo sintonizan vallenatos apaisados. 
Llegué al cuarto piso con Jennifer —“dime Jenny”, me autorizó—, una mujer amable, profesional, escueta; arropada para resistir la noche con una chaquetilla corta de peluche rosado; falda de bluyín y mallas negras para defenderse de algún cliente que quisiera ir más allá. Llevaba el pelo como casi todas las mujeres que han cumplido 40 años: nuca destapada y mechones rubios. Subió las escaleras —interminables— con afán. Abrió la pieza con afán. Se sentó en la cama sin hablar. Me miró. Tenía un ojo travieso. Silencio calculado. No sé todavía por qué en la calle había hecho trato con ella. En la cuadra había una docena de mujeres: una enorme con botas de cuero, demasiado grande para mí —me hubiera sentido como una almendra en un cascanueces—; otra, vestida de un blanco de primera comunión, jovencita —un pecado, pensé—. Otra era una mujer jamona, casi anciana, de anteojos —demasiado diestra, me dije­—. En una esquina había un ser asexuado, ni hombre ni mujer, ni chiquito ni grande, ni viejo ni joven; ahora que pienso, no sé si estaba vestido. Había otras muchas puticas para hacer el trato, pero no sé por qué traté con Jenny. 
También me senté en la cama, pero en la orilla para poder salir corriendo si fuere necesario. Comencé el negocio por donde se comienzan todos: “¿De dónde eres?”. Me miró al borde de mentirme. Esperaba el convencional “de Cúcuta” o “de Pereira”. Se quedó callada un instante. Cambió el ojo de eje y me dijo con miedo: “Del Pato”. ¿En qué ciudad queda eso? No es una ciudad, es un sitio que queda entre Neiva y San Vicente del Caguán. No puede ser, pensé para mis adentros: estoy condenado a oír historias de la misma región. El primer libro que escribí, hace 25 años, se llama Los bombardeos de El Pato. Para asegurarme, retaqué: “¿El Pato, Balsillas?”. “Sí, el mismo y para más veras, de la vereda Guacamayas”. No cabía duda. Me decía la verdad. Esperaba un “me sacaron los chulos”, como me han dicho siempre los colonos de esa región, acaballada sobre la cordillera oriental, territorio que fue durante mucho tiempo del Mono Jojoy, que enterraban, por fin, ese día. Las vueltas que da la vida. “Nos sacó la guerrilla —agregó, mirándome con el ojo de apuntar al blanco—: mi papá se cansó de pagarles vacuna. Vivimos del rebusque en Neiva y ahora estamos con mi esposo en Bogotá; tengo siete hijos”. “¿Siete hijos, siete?”, le pregunté contándolos en sus dedos, uñas pintadas y padrastros en flor. “Siete”, afirmó sin parpadear, en un tono serio y adolorido que cerraba la puerta a toda indagación social.
No discutimos el precio del servicio. ¿Cómo hacerlo sobre una base de 30.000 pesos por 15 minutos, si ya en ese momento llevaba siete hablando de geopolítica? Una cifra elástica hacia arriba, dependiendo de los “caprichos”, me aclaró. “¿Cómo así?”. “Sí, mire, doctor —me escalofrió el título—, si quiere algo con la boca, sume 10.000 pesos más; si quiere algo con el chiquito, 30.000 más”. ¿Y por qué tanto por ahí? Pues, ¿por qué será?¡Porque duele mucho!, me respondió abriéndome los dos ojos al tiempo. ¿Y las tetas? —pregunté como para que respondiera lo obvio para mí: está  incluido. Su contestación fue otra: “No, esas no se las doy a nadie. A mi esposo porque ya no me las toca y al cliente porque me hace desarrollar y venir y así pierdo toda la noche”. ¡Qué clave! Recordé a una novia de universidad que me daba lo que le pidiera, salvo lo que era; y a la que podía acariciar toda, salvo las tetas, porque —me confesó un día— por ahí termino dándote el resto y eso se guarda para el marido.
Acordadas las condiciones fundamentales y de principio, pasé a otro tema: la experiencia. Por pudor —y otra vez por profesionalismo—, Jenny no quería hablarme de sus clientes. Pero terminó haciéndolo como Sherezada, una vez que le prometí no cortarle la cabeza. En vez de noches, cada historia valía cinco minutos. La primera, de las que hubieran podido ser mil, fue la de un fiscal que le pagaba doble siempre y cuando Jenny se calzara unos zapatos de tacón francés, de trabillas plateadas, que permitieran sacar uno de los dedos gordos y que el fiscal chupaba embelesado toda la noche. Un servicio especial.
Otro caso, un médico. “Un hombre joven y de buena pinta”, me aclaró, que llegaba con su esposa para que Jenny lo castigara con una correa delante de ella. Le costaba mucho trabajo hacerlo porque “no tenía motivos”. Los necesitaba para poder hacer lo que la señora le pedía, aunque ella le contara todo lo mal que se había portado el esposo. Jenny debía recurrir a recordar los hombres más odiados que conocía para poder cobrar el servicio: el guerrillero que los vacunaba en El Pato; el usurero de gota a gota que le cobraba 10.000 pesos diarios por cada 100.000 prestados, lo que equivalía a una tercera parte de lo que llevaba a la casa en promedio cada día. Cuando descubrió la rabia contra el prestamista, el médico le subió la tarifa.
Emblemático, como dicen los altos funcionarios, fue para Jennifer el caso de un gringo que podía ser inglés, holandés, alemán, y al que nadie le entendía una palabra. Ni siquiera una seña. Mi putica estaba apenas entrenándose con una “señora que nos ayuda a entender a los hombres” y que además le daba cartilla sobre sus derechos. “En la cama —le había advertido la doña a esta niña de 23 añitos, recién llegada del campo— todo vale, pero cada cosa vale”. El problema es que yo no le entiendo lo que habla, le dijo Jenny. “No importa —le respondió la maestra—, dígale a todo que sí y por cada sí, cóbrele 5000 pesos”. Así fue. El gringo entró a la pieza como si lo llevaran al patíbulo. Sudaba y tartamudeaba hasta con las manos. Le hizo señas de que lo esperara. Bajó los tres pisos, fue al parqueadero —que Jenny veía por la ventana—, sacó una caja de cartón del baúl de su carro con placas diplomáticas, por la que tuvo que pagar a la entrada de la residencia 10.000 pesos y, por fin, acezando, llegó al pie de la cama. Abrió la caja, sacó una gallina, le acarició el pescuezo, le currucuteó al oído. El animalito cerró los ojos y, aleteando, el gringo se la clavó. Sin más. O, para decirlo en términos de mi Sherezada: “El hombre se desarrolló, pagó y se fue con la difunta entre un talego”. Fue el primer polvo que se echó con alguien distinto al marido. Quedó temblando de miedo y le dijo a su esposo —quien sabía que ella se acostaba con el que le pagara y usara condón— que no era capaz de seguir en esas, que si le había pasado lo que le pasó bajando bandera, cómo sería lo que le esperaba después. Prefería morirse de hambre. ¿Y dejar morir también a los guámbitos de filo?, preguntó el marido. No había alternativa. O hacía lo que tenía que hacer o perdía el año.
La patrona le explicó que las cosas no eran así siempre. Que la gran mayoría de los hombres no se desarrollaba y menos en un cuarto de hora. “Por eso debes mirar siempre el reloj, aunque no lo tengas. Eso los traumatiza y te da el control total sobre el hombre. Si miras más de dos veces el reloj, al tipo no se le para, y entonces, cobras. Salen mirando el piso y apenados —palabra que debió usar con cierta sorna—. La otra maniobra es darles de beber: tres tragos de ron, un pase de perico y quedan como pollitos. O se hacen los borrachos para disculparse”. Jenny fue viendo en la cama que lo que la doña decía era cierto y cada día le fue pareciendo más fácil el oficio. La inseguridad del hombre era su propia seguridad. Sobre todo cuando descubrió que los machos más machos no resistían que se les mamara la verga sin derramarse. Un par de chupeteos apretándoles las nalgas y negocio arreglado: son 30.000 pesitos.
El problema no era con los clientes, sino con las puticas de la cuadra o de la zona. Muchas eran mujeres peligrosas que tenían más de una entrada a la cárcel por lesiones personales a compañeras rivales. Las leyes del libre mercado se vuelven aquí sangre. Toda mujer es una competidora que hay que derrotar y la manera más rápida y definitiva es cortarle la cara con el pico de una botella. Las patronas suelen servir de árbitros en las peleas porque si a ellas no se apela, la segunda instancia es la Policía, un servicio mucho más corrompido y peligroso que la misma autoridad que las puticas aceptan.
Como siempre sucede, a los hombres les pasa lo mismo con las putas, más si son pobres: tratamos de redimirlas. O de darles consejos morales, que se reducen a una hipócrita pregunta: ¿por qué no deja esta vida? Así se lo planteé a Jennifer. No fue fácil sostenerle las miradas al responderme mirándome a los ojos: Porque, profesor, tenemos que comer. La Patrona, doña Emilse —quien sin duda le había dado a Jenny toda la cartilla sobre lo que podía responderme—, me confirmó el argumento: ellas no se dejan fotografiar para una revista porque sus hijos o sus maridos descubren de dónde sacan lo que llevan a la casa. Si algún fotógrafo trata de hacerlo —dijo con firmeza—, ellas tienen el derecho de romperles la cámara y hasta la cara, si es posible. No se puede violar el derecho a la intimidad.
Me despedí de Jennifer con la promesa de ser fiel, absolutamente fiel a sus palabras.

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