Me dispongo a narrar uno de los 337,5 polvos que en promedio hemos debido haber tenido mi novio y yo en los 900 días que llevamos aproximadamente, pues aunque ya van a ser más de cuatro años de conocernos, han estado llenos de ires y venires. (20 cosas que hacen a un hombre buen polvo)

Hay una celebración previa con amigos íntimos de lado y lado. Una celebración que por mi parte llevo años esperando. Mi novio se fue a vivir solo al fin. Estamos en su nuevo apartamento. Bailamos y tomamos y cantamos y en medio de ello nos tomamos fotos con pañoletas en la cabeza y yo saco de su colección de discos ese que aparece en la foto que dice love/hate (amor/odio). Un paso nos ha separado siempre y ese mismo paso nos une con tanta naturalidad que incluso olvidamos nuestros problemas. Los amigos se van, yo pongo una canción que descubrí en el cuarto de un hotel en Nueva York y que de inmediato me hizo entender que nunca voy a dejar de buscar a Eugenio. El Cerrito Place, se llama, y aún estando separados se la envié para que lo supiera. El trago, aunque no en demasía, hace lo suyo. Repito la canción una y otra vez.

Lo que viene a continuación es un mediometraje porno-melancólico. No tengo ropa interior de encaje, ni mi brasier es compañero de mis calzones. La luz está prendida pero no temo que mi celulitis sea evidente. No hay penumbra, no hay velas. Somos dos cuerpos que se reconocen al instante. Ninguno está seduciendo al otro, cada uno se quita su ropa como cuando uno va a ponerse la piyama. Después nos damos un beso, largo, verdadero. Eugenio me empuja a la cama, siempre tiene afán de comenzar, aunque cada vez se ha hecho más diestro en el tema del preámbulo. Baja su cara hasta mi entrepierna y yo me dejo hacer. Su lengua en mi coño (no pienso usar palabras sutiles, así que acá pueden parar de leer las amantes de Cincuenta sombras de Grey) hace unos movimientos circulares que otrora no me hacían ni cosquillas, y que ahora me hacen enloquecer. Las rutinas tienen lo suyo, me digo. (¿Polvo de gallo? Consejos para dejar de serlo)

Luego sube hasta mi boca y al tiempo que me besa entra en mí y, en un ritmo que llamaremos allegro ma non troppo, comienza a moverse. Nos miramos a los ojos intensamente. Luego él, como siempre, me pide que le diga porquerías, y acto seguido me muerde el cuello porque sabe exactamente dónde y cómo hacerlo. Yo hago caso y le digo porquerías, nos decimos porquerías, pero la que más nos repetimos y la que más nos pone es “te amo”. Me detengo para repetir la canción (a estas alturas ya parece un disco rayado) pero yo quiero insistir en eso: I’ve been looking for you baby, I’ve been looking for you baby all night long (Te he estado buscando toda la noche, y por noches me refiero a todas las noches en las que estuve sola o en los brazos de otro).

Pero como lo romántico no quita lo porno, saco mi celular para grabarnos, primero me siento encima de él y con el brazo alzado logro un plano cenital de su cuerpo perpendicular al mío, que lo cabalga piano piano. Y el solo hecho de estar grabando también nos pone. Aquí viene el scherzo. Sucede cuando me acuesto y nos grabamos en la famosísima y trillada posición del misionero, que con Eugenio cobra otro significado. Él hace algo que jamás me ha hecho ningún otro hombre en esta posición (y confieso sin vergüenza que han sido muchos hombres, y que quizá habrían sido menos de haber encontrado a Eugenio antes). No estira las piernas del todo y me penetra cogiéndome los muslos justo abajo de las rodillas en un acto tan especializado y a la vez tan sencillo que se asemeja a la división de un átomo, y me hace tener un orgasmo inmediatamente sin falla, a la fija, de manera que casi todo lo demás es parafernalia para mí y el número de veces que lo haga (espaciado por algunos minutos, claro) será directamente proporcional al número de orgasmos que tendré. (Ellas hablan de lo que hace a un tipo buen polvo)

Ahora me pone boca abajo, en cuatro, frente a un espejo. También esto lo grabamos un par de minutos. Me da palmadas en el culo (spanking, para los que creen que el sexo es menos sucio en inglés) me penetra y me coge las tetas desde atrás suavemente y las siente brincar entre sus manos. Y me avisa que está a punto de llegar (han trascurrido al menos 15 minutos desde la primera estocada y unos 25 desde que todo comenzó). Entonces le pido que se venga en mi espalda, no por temor a quedar embarazada, sino por simple placer de presenciar todo lo que suscito en ese otro cuerpo que de tanto conocer y entrepiernar no sé distinguir del mío. Todo esto puede sonar a sexo cochino, pero para mí es la idea absoluta del amor y se completa cuando nos quedamos dormidos el uno al lado del otro, sin querernos separar, y a lo lejos, desde la sala, sigue sonando El Cerrito Place, a modo de rondó. (Así fue el peor polvo de mi vida)

Y aunque al leer el lado B o A de esta historia de cuatro movimientos resulte eso que Cortázar escribió en Rayuela, una obra tan trillada como el acto del amor (“Hacíamos el amor como dos músicos que se juntan para tocar sonatas. El piano iba por su lado y el violín por el suyo”), a mí me basta y me sobra con la línea que le sigue: “En el fondo no nos encontrábamos, pero las sonatas eran tan hermosas...”. Lo importante es que siempre tendremos El Cerrito Place para buscarnos, una y otra, y otra vez.

Lea aquí el mismo polvo vivido por el hombre 

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