Dómina Sandra me descubrió enseguida. Creí que la despistaría con mi performance barato de extranjera intrépida, pero ella sabe reconocernos, dijo. La verdad es que todo fue mal desde el principio. Cuando pedí la cita por teléfono hice un papelón: me cambié el nombre, afiné la voz, me excedí en halagos hacia su "arte" y, lo peor: yo, que con un solo monosílabo que pronuncie en tierra porteña delato mi condición de extranjera, fingí un acento tan cursi que la secretaria, al otro lado de la línea, me dijo: hablás como en las novelas, nena, ¿sos venezolana?
La primera cita fue un lunes a la una de la tarde; pleno invierno, leve retraso por piquete en el camino: un día bastante normal. Cuando llegué la puerta estaba entreabierta. Timbré.

-¡Si sos Betsy, entrá!

Voz chillona: mala señal. Imaginé la escena que continuaba: mujeres vestidas de cueros, armadas de látigos y cadenas me esperaban para darme mi merecido: ¡por trucha, farsante, mojigata, impuntual y periodista! Casi podía oírlas preparando sus implementos de tortura. Estaba en mi último instante de lucidez, tratando de hacerme las preguntas correctas: ¿qué hago aquí?, ¿hacia dónde corro?, ¿cómo sabe ella que no está dejando entrar a un ladrón, a un asesino, a un putifóbico?, ¿cómo sé yo que ella no responde a ninguno de esos perfiles?, ¡¿por qué carajo decidí llamarme Betsy?!

-¡¿Che, te querés congelar allá afuera?!

Entré. La voz chillona salía de un cuerpo enorme forrado en una bata hindú que reposaba en una sala oscura. La rodeaban estantes que exhiben los productos que vende: ropa erótica, juguetes de SM (sadomasoquismo) y videos caseros con la marca de la Dómina. En una repisa hay revistas extranjeras en las que la han entrevistado y un libro llamado Diary of a mistress; en otra hay doce pijas (penes) de silicona ordenadas por tamaño, y debajo un equipo de sonido viejo. Detrás de todo -vigilante-, una gran foto suya con antifaz, corsé y su mejor expresión de sádica. Me siento ante su escritorio y veo una colección de muñequitos como los que salían en los yuppies. Luego decido encarar el rol que me corresponde: el de chica mundana. Cruzo las piernas me quito el abrigo, saco pecho y sacudo el cabello.

-Y bueno, linda, contame, ¿por qué querés aprender SM?

Sentada en su trono, el ama empieza a desenmascararme.

-Quiero experimentar con mi pareja. Nos gusta jugar.
-¿Qué cosas?

Me aclaro la garganta. No tenía una respuesta preparada.

-Mmm, esas cosas Dómina, tú sabes: esposas, aparatitos y así.
-Pero para jugar no te va a servir mi clase teórica­. Lo que ustedes necesitan es imaginación. A ver, ¿cuáles son los miedos de tu pareja?
-¿Miedos?

Estaba corchada.

-¡Che, Betsy, dejate de joder! ¿Sabés qué? No te creo.

La puerta estaba a mis espaldas, pero no era el momento de huir. Yo seguía buscando la manera de ganar seguridad: me acomodé la blusa, mostré un poco más de piel, afiné la mirada. La Dómina me observaba con el ceño fruncido y los brazos en posición de jarra, como esperando una respuesta. Yo repasaba mis líneas una y otra vez pero no daba con la frase indicada.

-Mirá, a esta altura a mí ya no me engañan -dijo sin piedad-; vos no tenés ningún novio, vos querés trabajar en esto.

Era un giro argumental perfecto: me cambié el chip de chica mundana por el de puta fina:

-Ay, Dómina, ¿qué te puedo decir?. mis clientes me exigen este tipo de servicios, pero yo no sé hacerlos. Trabajo para una agencia de damas de compañía.
-Sí, me imaginé. A ver, parate, dejame que te mire.

Obedecí. Y recordé mis épocas de pasarela en el colegio: meter barriga, sacar cola y levantar mentón.

-Podés cobrar caro, pero tenés que aprender un montón. Vos escuchame, yo te voy a decir lo que tenés que hacer.

Así conseguí mi primera clase de SM en la prestigiosa Casona de Dómina Sandra, probablemente el ama que más sabe en la Argentina. Esa tarde, después del incómodo preámbulo, Dómina y yo conversamos como viejas amigas. El colegaje recién surgido nos hizo abrirnos tanto que al final no pude distinguir si lo que nos unía eran las particularidades de nuestro oficio, de nuestro género o de la vida misma. Me contó que empezó a trabajar a los 16 y que siempre le gustó humillar a sus clientes. Al principio no sabía que podía cobrar por eso, apenas se enteró se independizó. Ahora lleva veinte años con el negocio y hace servicios eventualmente. Cobra 200 dólares; las demás, 35.

Hablamos de cómo la crisis afectó el negocio. Los precios bajaron, aunque el volumen de clientes se mantiene:

-A los argentinos les gusta sufrir, qué sé sho.

Luego me pregunta por mi historia personal. Improvisé: de Venezuela, mi supuesto país natal, me había ido a Panamá porque allá podía cobrar en dólares.

-¡Pero Panamá es la meca del negocio, boluda! ¿Por qué no te quedaste allá?
-Bueno, conocí a un cliente argentino que estaba de paso y...
-Huy, sí. Nos enamoramos, Betsy, a todas nos pasa.

Quería abrazarla, darle las gracias, decirle que me perdonara por mentirle y jurarle que si fuera puta querría trabajar con alguien como ella. Al final me programó sesiones dobles con un ama y una esclava que me enseñarían lo básico para empezar a ejercer.

Era miércoles y tomaría un servicio con Sofía -el ama más experimentada después de Sandra- y una esclavita de ventipico llamada Maia. Sofía es rubia, de unos 40 bien resistidos.

Fuimos primero a un saloncito con espejos donde guardaban disfraces de enfermera, mucama y otros; también había plumas y prótesis de nalgas y tetas. Las tallas eran enormes y pensé que sería una especie de templo de las cosas de Sandra; después Sofía me explicó que era la zona de los transformistas:

-Acá maquillamos a los maricas, les cumplimos sus fantasías. Hay algunos hombres que los excita la servidumbre, entonces se ponen el delantal y limpian la casa, los baños, la cocina, todo.

Sofía hablaba como si me estuviera dando una inducción:

-Al fondo está la habitación de torturas leves.

Es un cuartito con cama sencilla y sábanas azules en donde se prestan servicios a sumisos no tan sumisos y a amos blandengues. Básicamente, me explicó, la usan para "jugar y coger".

Tanto Sofía como Dómina Sandra siguen una línea un poco fundamentalista. Ambas muestran cierto desprecio por el sexo en sí mismo: para ellas el SM no va necesariamente acompañado de una "cogida"; se diría que, como amas, caer en eso les parece una flaqueza.

La tercera habitación está al final de la casa. Docenas de instrumentos de tortura cuelgan del techo y las paredes. En una esquina hay un potro -el que se usa para estirar las extremidades-; en la otra hay una jaula y una cruz acolchada forrada en cuero para crucifixiones.

-Y este es nuestro verdadero escenario.

Sofía sonríe orgullosa y toma un látigo de los que están en la pared. Entra Maia, la esclava: una morocha flaca, de labios gruesos, botas y falda diminuta.

-¡Ahí estás, perra inmunda!

Sofía le grita y le pega un latigazo en las nalgas; ella se arrodilla y le besa los pies. El ama busca una soga y se la amarra al cuello:

-Esto es lo que tenés que hacer siempre de movida. Acordate que el esclavo es un perro.

Cambia el tono de la voz para explicarme; me mira y sonríe como si me estuviera ofreciendo una degustación de quesos en el supermercado. Maia, desde el piso, también me mira.

-¡¿Y a vos que te pasa?! ¿Te gusta la nueva? ¡Contestá, puta!
-No, ama.

Sofía vuelve a ser la promotora de quesos:

-Ves, todo lo que puede decir un esclavo es ‘sí, ama‘, ‘no, ama‘. La clave en un amo es el maltrato y en un esclavo, la sumisión.

Maia tiene la mirada enterrada en el piso y Sofía le ordena que me salude. Ella se acerca y me besa los pies.

-Ah, ¿te gusta esta? ¿No soy suficiente para vos? ¡Puta pretenciosa!

Sofía la jala por la soga y empieza a pegarle con el látigo, primero suave, luego más y más fuerte. Pero Maia no dice nada.

-No se queja porque no le duele. La fuerza está en la mano, no en el látigo, yo hago movimientos rápidos para simular que le estoy dando fuerte, pero en realidad no. Ahora, si le doy así.

Suena un latigazo más fuerte y Maia se corre hacia delante.

-.Es posible que le duela.

Timbra el teléfono y Sofía sale a contestar. Maia se levanta y me pregunta si voy a trabajar en esto, le digo que sí.

-Te va a gustar.
-¿A ti te gusta?
-Sí, me encanta.
-¿Te gusta más ser esclava o ama?
-¿Te gustan los hombres o las mujeres?

No entendí la consecuencia de su pregunta con relación a la mía. Pensé que las insinuaciones de Sofía nos estaban afectando.

-¿Qué?
-Si te gusta trabajar con mujeres está bueno ser esclava: pagan mejor.

Sofía venía de vuelta:

-Ah, ¿se hicieron amiguitas? ¡Al suelo, puta!

Antes de que Maia pudiera agacharse, Sofía la subió al potro. Le amarró las manos a los lados, le alzó las piernas y se las ató a la cabecera con una soga. Me dijo que me acercara y me dio unos ganchos. Y allí teníamos, en un primerísimo primer plano, toda la zona íntima de Maia explayada y expuesta.

-Estos se ponen en los labios de la vagina; si es un hombre se los ponés en el prepucio. Igual con las agujas, pero acá solamente yo las pongo. Tenés que ser cuidadosa, porque si llega a salir algo de sangre se acabó todo. Con la sangre no se juega, ¿me entendés?

Fue lo más serio que dijo. Me miró, yo le sostuve la mirada y contesté: entiendo. Pero ella se quedó allí, unos segundos más.

-¿Me recordás tu nombre?
-Betsy
-Ok, Betsy, ahora vos vas a ponerle los ganchos a Maia

El kit de una dominatriz incluye algunos elementos como látivos, esposas y antigfaz, como se ve en la foto

La mano me temblaba, me aterraba causarle dolor, me aterraba ver eso frente a mí, me aterraba tocarla. Luego Sofía le quitó el corsé: tenía unas tetas diminutas, como las de una niña. La imagen era de total indefensión: atada, descubierta, vulnerable. Maia sonreía coqueta. Sofía, mientras, encendía una vela: la siguiente lección era la lluvia de esperma.

-El secreto es sostener la vela muy alto, así, cuando cae el sebo en la piel ya no está tan caliente. Si el tipo o la tipa te piden más dolor, se la vas acercando.

Sofía bajaba la mano, Maia cerraba los ojos y temblaba.

-¡Piedad!

El ama retiró la vela y se turbó un poco. Parece que el grito de la esclava no estaba en el guión. Después se puso de nuevo la sonrisa y me dijo que la lección principal es que hay que respetar el pacto de la piedad:

-Si un esclavo te pide piedad tenés que dársela, no podés seguir torturándolo, a menos que te lo vuelva a pedir. Todo esto se trata de construir relaciones más honestas.

Maia se bajó del potro; una lagrimita se le venía asomando, pero la reprimió. Sofía le ató las manos de un aparato que colgaba del techo, dejándola un poco suspendida. Se le puso en frente y se sacó una teta:

-Chupá, perra, ¿no me querés chupar?
-Sí, ama
-¿Entonces, idiota, por qué no me chupás?

La jalaba hacia delante, por el cabello, y Maia sacaba la lengua tratando de alcanzarle el pecho.

-En eso consiste la tortura, todo está en la cabeza. Lo tentás con algo que sabés que quiere pero te asegurás de que no lo pueda tener. Es como cuando lo encerrás en la jaula y lo provocás. El pobre sufre, porque quiere salir y no puede.

Después vino la cruz, con un mecanismo de castigo bastante parecido, aunque en todos se puede improvisar poniendo cositas -tipo pesas, ganchos y grilletes- en los genitales y jugando con vibradores.

-Dos cosas: el objetivo de los grilletes para el pene es que al tipo le duela cuando se calienta. Vos se lo ponés cuando está caído, y empezás a excitarlo, así, con ese cuerpito que tenés, con ese culo, y lo tocas acá y allá.

Sofía toqueteaba a Maia crucificada. Maia parecía disfrutarlo, y yo, cada vez más, me sentía en una escena de vampiros lesbos.

-Y cuando se calienta, ¡chaz! El tipo se encuentra con que no se le puede parar porque el grillete se lo impide.

Sofía agarró un vibrador con la mano izquierda y con la otra lo recorrió de arriba hacia abajo: como las modelos en los programas de concurso.

-Lo otro que no tenés que olvidarte es que a todos, todos los hombres les gusta que los penetren.

El jueves era la clase práctica, empezaríamos midiendo mi resistencia.

-Ponete de culo, Betsy. Yo voy contando hasta diez y vos me decís hasta dónde resistís. Uno, do.
-¡Piedad!
-Vamos, otra vez: uno, dos, tres.
-¡Piedad!

Y así sucesivamente, hasta que al sexto intento:

-...ocho, nueve, diez. ¡Bien!

La piel me ardía un poco, luego la sentí adormecida. Cuando recibí el latigazo número diez me convencí de que el dolor no era para mí una fuente de placer. Pensé que quizá lo más excitante de esta práctica no estaba en la sensación física, sino en el miedo, en la espera tortuosa. Después siguieron los tips. Sofía habló primero de los límites:

-Acá se puede hacer casi todo. Los fetiches son bienvenidos: la lluvia dorada pasa, pero la lluvia marrón no. Eso es una chanchada, y ninguna de las chicas lo acepta.

Recordé una foto que vi en el salón de un tipo vestido de caperucita roja, agachado sobre el torso de una esclava. No quise más detalles.

-Hay cada loco, nena, hemos tenido que sacar a tipos en bolas a la calle porque la chica pidió piedad y siguió pegándole.

Luego me habló de los extranjeros, los mejores clientes. Por esos días había estado en la casona un inglés que va cada vez que visita Buenos Aires. El tipo tiene su esclava en Londres, una que se compró acá -según Sofía. Y siempre toma servicios con las amas más experimentadas, porque así aprende qué cosas nuevas hacerle a la esclavita que se importó.

-¿Sabés inglés, Betsy?
-Me defiendo.
-Yo también me defiendo, pero para cuando no sepás qué decirles a estos tipos que no entienden nada de castellano, la mejor técnica es contarles Blancanieves, pero en mal tono: había una vez una niña muy linda, era blanca como la nieve, ¡era una completa hija de puta! ¡Fuck you! Espejito, espejito pelotudo, ¿quién es la más hermosa del mundo? ¡Shut up! ¡Andate a cagar, enano puto! ¡Bitch!

Después vino lo más divertido de mi instrucción. Dómina Sandra me preparó algo así como un kit para dominatrices principiantes: un látigo, US$40; un conjunto de muñequeras, tobilleras y collar, US$52; una palmeta de madera, US$15; un corsé, US$75; un par de falditas de vinilo, US$40, y unas botas, US$130.

Me convertí en un maniquí: me quitaban y me ponían corsés, faldas, pelucas, me hacían tomar el látigo, moverlo y mirarme al espejo: practicar. El cuero te hace sentir sexy. El olor, la textura del vinilo en la piel, las varillas del corsé asfixiándote un poco, los gorditos aplastados, el busto a punto de explotarse: todo exceso.

-¡Este es tu corsé!

Sofía salta cuando me ve en el espejo transformada. Después de lo que le costó abrocharlo, el resultado tenía que ser satisfactorio:

-Betsy ¡sos una diosa de vinilo!

Qué fácil me convencieron: me dieron ganas reales de comprarlo todo. Me miraban extasiadas, como contemplando una nueva obra, o al menos así me sentía yo. Quizá, ellas solamente iban sumando el valor de todo lo que tenía puesto; US$350 habrían sido mi inversión, si la historia hubiera continuado. Me cambié y les dije que vendría por todo apenas mi jefe me diera el dinero para comprarlo. Me acompañaron a la puerta y se despidieron cariñosas; le eché un último vistazo a la casona porque solo yo sabía que Betsy no iba a volver.

Lo último que supe de la Domina vino en un par de e-mails que llegaron a mi dirección betsygranados@gmail.com El primero anunciaba su cumpleaños el 20 de agosto, y el segundo decía que debido a la cantidad de preguntas recibidas sobre el tipo de presentes que deseaba el Ama, se proponía dar una cuota para comprarle un equipo de sonido. Los correos terminaban con la frase: Es más difícil hacer durar la admiración que provocarla. Decidí que le mandaría una nota de felicitación y un CD de la orquesta Guaco, de Venezuela, para que lo escuchara en su nuevo equipo. En la nota, además, le explicaría que por razones de conveniencia económica me había regresado a Panamá; le mandaría besos a Sofía y a Maia y le diría que la admiración que les profesaba a todas era más que perdurable: eterna.

El episodio de los correos me hizo recordar con nostalgia esa última vez en la casona: cuando vi a las dóminas desde la calle velándome el camino me sentí casi como una hija emancipada. Pensé que esas mujeres se tomaban en serio su trabajo y que yo no tenía derecho a engañarlas. Se me hizo un nudo en la garganta y, por primera vez, me pareció que la única puta en esta historia siempre había sido yo.

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