No es verdad que los hombres nos comamos la primera cosa que se nos ponga al frente. No es necesariamente una mentira, pero tampoco es verdad. Yo puedo jurarles que no me acosté con al menos seis mujeres por razones que, a propósito de esta columna, vienen al caso.

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Hace unos años alcancé a enamorarme de una, pero todo se acabó la primera vez que nos vimos desnudos. La mujer era bonita, inteligente, arrecha, de buen cuerpo y buen humor, pero tenía un pelo capaz de atrofiar cualquier erección. Empezamos a besarnos y no soporté la forma en que se le veía, se le sentía. Todo su pelo era una masa capilar entre rizada y chuta que se movía como un solo bloque y no daba espacio para jugar con ella. Esa noche, toda la suma de sus virtudes quedó neutralizada por un mal peinado.

Tuve otra a la que le trabajé durante meses. Vestida se veía espectacular, y desnuda se veía aún mejor, hasta llegar a las tetas. El problema no era el tamaño, sino la forma: eran alargadas y secas como unos pepinillos. A mí no me importa si una mujer las tiene grandes o pequeñas, lo que me desvela es que las tenga bonitas, porque me fascina venirme viendo tetas. Esa vez traté de follar con la luz apagada, pero fue imposible, los pepinillos no se iban de mi cabeza, así que tuve que inventar que no tenía condones. En la mesa de noche tenía dos cajas.

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Hubo una tan brusca que me parecía que me la fuera a arrancar mientras me la chupaba. Todo el preámbulo fue una tortura: me mordía orejas y pezones desmedidamente mientras yo emitía gritos de dolor que ella pensaba eran de placer. Cuando quise comérmela se sentó encima de mí y me aplastó ambos testículos, algo extraño teniendo en cuenta que tenía un culo más bien pequeño, hasta rico. Lo bueno del caso fue que dicha vez no tuve que inventar nada, el dolor era evidente y las excusas sobraron.

La siguiente rechazada —contra mi voluntad, porque toda mujer es comestible así como todo hombre es repudiable— se mojaba en exceso (en exceso y en el sexo). Sentir que una mujer se moja por cómo se la toca, por cómo se la besa, puede mantenerle la erección a un hombre hasta la próxima cuaresma, pero esta mujer estaba tan empapada que resultaba desagradable —y no creo que lo estuviera porque yo sea un amante excepcional—. Esa noche tampoco fue necesario echar mano de ningún pretexto, la cantidad de flujos que emitía hizo que no se me parara. Así, al momento de la penetración no había con qué penetrar.

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Hace poco me ocurrieron dos de no creer. A la primera la conocí en un bar. Las chispas saltaron desde esa primera noche y quedamos en salir ese mismo fin de semana. El domingo me recogió, me dijo que me llevaría a un sitio sorpresa, y 15 minutos después estábamos en el cementerio en busca de tumbas abiertas. Cada vez que dábamos con una, ella se excitaba y me cogía a besos. Me rehusé a todo pese a que es una de las mujeres más bonitas que he visto. Yo por lujuria soy capaz de llegar a la zoofilia, pero nunca a la necrofilia.

Por último, y cuando creía que había visto todo en esta vida, me tocó una mujer que parecía perfecta: joven, bonita, deportista, estudiante de Arquitectura, de buena familia y de mejores tetas. Contrario a mi instinto, la tomé con calma y decidí esperar a que ella estuviera lista para tener sexo. La noche señalada, y luego de media hora de preámbulo —que para los hombres es una eternidad—, estaba listo para metérsela cuando me interrumpió, y con la misma calma como si me estuviera preguntando qué hora era, me dijo: "¿Tú qué sientes por mí?". Tras un silencio en busca de una respuesta que no me fuera a comprometer, no respondí nada, cogí una cobija y me fui a dormir al otro cuarto.

Y pensar que elaboré este breve listado de polvos frustrados la otra noche, mientras lamía un coño que casi me hace vomitar porque emanaba un olor muy fuerte.

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