Como diría una propaganda de toallas higiénicas, hoy es uno de esos días en que es un karma ser mujer. Ando en el estúpido plan de suspirar cada dos minutos solo porque tuve una aventura de una noche. Uno de los síntomas de la obsesión que ya muchas veces he confundido con amor es evidente: el clásico orgasmo sin estallar incrustado en el bajo vientre.
No puedo concentrarme. En la reunión de trabajo de la mañana no dejé de apretar las piernas y moverme de atrás hacia adelante en la silla, pero nada. Me estuve espiando todo el tiempo por el escote de la blusa mientras me imaginaba besos cortos y tiernos que recorrían mi cuerpo. Por Dios, ¿qué pasó con las fantasías sudorosas y grasientas que solían acompañar mis días de cordura?
Pero lo más preocupante es que me dio por hacer lo que pensé que era un vicio olvidado desde primero de secundaria: fui al baño, cerré la puerta y le di un beso a mi reflejo en el espejo. Entonces caí en la cuenta de que tenía un jiqui del tamaño de una pelota de ping-pong en el cuello. Mientras me ponía una capa doble de corrector me acordé del consejo de mi amiga Juana para dejar de perder tiempo pensando en hombres: las tablas de multiplicar -dos por tres seis, dos por cuatro ocho. ¿pero qué habrá querido decir con que no quería nada serio?-. Pues eso justamente, tonta. -no, tal vez él está confundido porque tuvo una relación muy traumática o teme expresar sus verdaderos sentimientos-. Ay, por Dios, hasta estoy sonando como Xiomi. Amiguita, estás perdida. Dos por cinco, eh, dos por cinco.
Una mujer un poco más romántica describiría el bendito orgasmo incrustado como mariposas en el estómago, pero ese símil no recoge la sensación de ansia insatisfecha, de promesa de felicidad extrema que no llega, ni de terror a morir en la explosión. Casi puedo oír la banda sonora de suspenso que suele acompañar la escena de la joven que camina por un bosque justo antes de que alguna abominación salte de un árbol.
En estos días vi una película de un hombre que no podía despertar de un sueño y, luego de muchas divagaciones filosóficas, descubría que estaba muerto. Ahora que lo pienso, yo debo de estar muerta y mi infierno personal es sentir la punta inicial de un orgasmo que se prolonga por toda la eternidad.
Y, mientras yo me consumo en ese infierno de recuerdos de besos cinematográficos, susurros de ‘te amos‘, mariposas (sí, ya ni siquiera son orgasmitos voladores) y ángeles regordetes, mi compañero de aventura del fin de semana no tiene ningún problema con su estómago. Debe estar preocupado por el informe que tiene que entregar, la tubería que debe arreglar, el libro que va a escribir, el árbol que quiere sembrar o cualquier cosa más productiva.
Tal vez en dos semanas se acuerde de lo buen polvo que soy y quiera repetirlo. Me voy a comprar un lubricante con la consistencia de la grasa de motor y una tanga de cuero con un agujero estratégico. Voy a complementar la tanga con el impermeable rojo brillante y las botas puntudas. Después de rogar al cielo porque en su apartamento no esté tomando onces la mamá, voy a manejar hasta su casa al son de I touch myself de The Divinyls. Podría ser la única forma de hacer explotar un orgasmo tan lleno de cursilería.

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