Vamos al cine en el centro comercial Oviedo de Medellín. Estamos prácticamente solos, él y yo, ahí, en una de esas películas que no te generan sensación alguna. Estamos sentados, muy cerca, a media luz, sintiendo y escuchando los latidos del corazón que se van acentuando. Y en el acelere del tic tac percibo su intensidad. Miramos atrás y las sillas están vacías. Nuestras caras se iluminan y telepáticamente se cruza el deseo, la pasión, la necesidad de tocarnos... Nos damos cuenta de que podemos hacerlo ahí, así sea poco romántico.

Pero, oh Dios, no estamos solos. Hay dos señores de unos 45 ó 50 años en las bancas del medio, otra pareja muy arrinconada pero muy juiciosa, y dos señoras de esas que aman ir a cine solas.

El lugar, mi perfecto vestidito y las caricias que se aceleran más y más, permiten que mis manos se deslicen entre su pantalón y las de él, en mis calzones, hacia las "zonas prohibidas" (lo digo no por prohibidas, sino porque estamos en un sitio público).

Tenemos un problemita: el roce contra la correa emite un sonido particular, nada que ver con los de la película. También hay problemas en controlar la respiración cuando el aire quiere salir con fuerza, calor y bullicio, queriéndonos ahogar, producto de la adrenalina. Agarro entonces la correa delatora y realizo movimientos al estilo pilates, apretando todos los músculos, de forma suave para no levantar sospechas.

Después, la risa. Nos quedamos quietos al ver que una de las señoras gira su cabeza y, ahí, solo una imagen inevitable: ¡Qué oso! ¡Nos pillaron! Pero luego de unos diez segundos (que en esa posición es como una hora) esperando a que nos diga algo o, mejor dicho, esperando un regaño o a que llame al vigilante… ¡absolutamente nada sucede! La señora sigue en lo suyo, para fortuna nuestra. Ni siquiera un comentario.

Salimos con la satisfacción de no haber perdido el tiempo. Una película tan mala nos condujo a un mejor programa. Aquello fue fenomenal, algo inusual a pesar del oso tan tenaz de saber que nos habían visto. Pero el riesgo vale la pena correrlo. Así que cuando vamos a algún lugar y sufrimos de MDA (muertos del aburrimiento), acudimos a nuestro plan b así exista el riesgo de que nos pillen de nuevo.

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