Aclaro antes de comenzar a contar esto que no soy lesbiana. Nunca me había metido con una mujer, pero los bares donde se encuentran las lesbianas son muy atractivos solamente porque la rumba es buena. Fue precisamente ahí, una noche, que la conocí. Me la presentó un tipo que andaba con su novio y aunque yo sabía que le gustaba y que la vieja era del otro equipo, no hice nada para parar la situación. Al comienzo eran llamadas, luego flores, después salidas. Confieso que me metí ahí de curiosa. No andaba saliendo con nadie y andaba un poco demente buscando algo que me entretuviera. Esto resultó casi perfecto.
Mi amiga empezó a enredarse sentimentalmente —ese fue el único problema—, pero mientras tanto, fue divertidísimo. Ambas vivimos solas, así que muchas noches andábamos juntas, íbamos a comer, todo como una relación normal entre un hombre y una mujer. Ella era el hombre. Es decir ella era la que me daba regalos, me llamaba, me consentía el pelo... Esas cosas.

Me asusté mucho con el primer beso. Fue algo rarísimo porque digamos que lo esperaba pero no sabía qué iba a pasar. Un beso húmedo, sin lengua, una cosa corta y poco apasionada, y yo me quedé perfectamente quieta. Luego aprendí a cerrar los ojos y a pensar en otras cosas. Me parecía absurdo lo que estaba haciendo. Básicamente quería saber qué hacían las lesbianas. La respuesta es fácil. Hacen de todo. Seducción completa. Velas (no me entiendan mal, en candelabros), música, besos (luego sí fueron con lengua), caricias. Hasta la ‘miné’.

Todo iba muy bien, muy divertido, pero había un problema. En algún momento, una mujer necesita que le den algo más que un dedo, así que me aburrí un poco y decidí buscar acción en otro lado. Una noche esta tipa se dio cuenta en una fiesta de que yo andaba coqueteando con el anfitrión y se acercó furiosa diciéndome: “¿Cómo está tu marido? ¿Y tus tres hijos? ¿Arreglaste al fin tu problema en la fiscalía?”, ese tipo de preguntas absurdas que uno no sabe de dónde salieron y que enseguida espantan a cualquier persona. Después de la escena de celos entendí que no sólo los hombres sino las mujeres manejan unas pasiones totalmente incontroladas, así que me alejé.

Hace ya un par de meses que no la veo, y supongo que la extraño. La diferencia entre un hombre novio y una mujer novia es que ellas saben qué queremos. Tratan de no herir, son detallistas, no piensan todo el tiempo en sexo y sobre todo, cuando piensan en sexo, saben cómo hacerlo. La única conclusión que saqué de todo esto es que los tipos saben poco de cómo hacer venir a una mujer. Después de incontables polvos, de muchos tipos y de algunos amores, descubrí que una mujer en un par de meses me enseñó de sexo lo que un hombre nunca fue capaz. Porque mientras que los hombres tienen que buscar, tantear y aguantar (los más considerados), las mujeres sabemos por instinto dónde queda el aparato, cómo se manipula, qué queremos sentir. Ahora sólo estoy esperando para enseñarle a alguien (preferiblemente con un pene) qué fue lo que aprendí.,,,

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