Que yo sepa, el primer registro de un ser humano que introduce su miembro genital en boca de otro (otra en este caso) se encuentra en el Libro de los muertos de los antiguos egipcios, un manual antiquísimo que especifica cómo enterrar a los difuntos en los lugares en los que deben ir y otras cosas en los lugares en las que no deben ir. En una ilustración se recrea el mito de Isis y su hermano Osiris, en el cual ella lo regresa a la vida aplicándole una mamada divina.

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Isis le insufla vida al cuerpo reconstruido de Osiris luego de que fue despedazado; encontró 13 de los 14 pedazos en los cuales fue desmembrado… el único faltante, el divino miembro que Isis debió reemplazar con un pene de oro. La imagen es una delicia; ella ceremonialmente se agacha y mientras lo mira a los ojos, presagiando una práctica de la pornografía lejana en el tiempo 4000 años, sus manos, se alcanza a ver, lo envuelven tomando al dios por el trasero mientras le insufla vida al muerto que se mantiene rígido, naturalmente impasible, sostenido por un dios chacal. A nadie le ha de extrañar que los cristianos, amantes del sexo oral, adoptaran la idea de que su dios de un soplo le dio vida al primer hombre. Ignoro si la felación era común entre los antiguos egipcios. Muy probablemente lo era; el egiptólogo Marc Orriols-Llonch ha descubierto que había al menos dos palabras en el antiguo idioma de los faraones para designar la felación.

Luego pareciera que por siglos la práctica pasó de moda. En las tradiciones hindúes, como las del Kamasutra, el sexo oral no solo no es tenido como sexo serio, era considerado una especie de masturbación asistida, preferiblemente practicada por una tercera parte como un eunuco con el fin de estimular la penetración. La felación demandaba intermediarios… vaya uno a saber cómo dejársela chupar por otro sujeto ‘agonádico’ provocaba una erección.

Entre los griegos y los romanos tampoco era una práctica digna de dedicarle tratados. Recuerdan los testimonios que en la antigua Grecia se les huía a los feladores solo por la reputación de su aliento, y los romanos, como guerreros y conquistadores que eran, preferían la irrumatio, práctica en la cual ‘el miembro de oro’ irrumpe en la boca del otro. Los americanos hablan de face-fucking, expresión que el lector podrá descifrar con hacer una simple traducción literal de los dos términos implicados. Irruo es un verbo que significa ‘invasión, irrupción’; no había duda, antaño el hombre se consideraba la parte activa de todo el catálogo de combos en que venía el sexo oral. Hoy, el felado es considerado la parte pasiva.

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Pero volvamos al comienzo de la página. Es curioso, por decir lo menos, que la imagen de los amantes egipcios guarda un aire con las representaciones que hizo Picasso de esta práctica sexual. En 1900 pintó una obra conocida como La douleur, una miniatura azul en la que un estudiante en uniforme es felado por una anciana fantasmagórica mientras descansa tendido en un sofá con los brazos detrás de la cabeza en esa posición que se volvió sinónimo del juego lascivo luego de la Maja desnuda. Así le caiga de sopetón a algunos, Picasso era un pornógrafo; de hecho dibujó decenas de felaciones. Según el crítico de arte de The New Yorker Peter Schjekdahl, todas las obras de Picasso son “sucias”… una manera muy americana de decir que son obscenas; todos los que tuvimos una educación católica en Estados Unidos alguna vez una monja nos lavó la boca con jabón por hablar de sexo. Aunque la obra está en el Museo Metropolitano de Arte de Nueva York, no se había exhibido alegando que no estaba a la altura de otros picassos. La verdad, el sitio suele ser frecuentado justamente por niños de la edad del que Picasso representó en la obra a los que no se les ha ocurrido que para calmar el ardor permanente lo mejor sea acudir a los servicios de la mujer madura desesperada por el gusto de la carne joven.


Pareciera que Isis estaba adelantada a su tiempo: una de las formas que hay en inglés para llamar el sexo oral es ‘blow job’, literalmente, ‘el trabajo de soplar’. Menos mal no es una descripción; no quisiera ni imaginar las desastrosas consecuencias de soplar cuando a ello vamos. ¿Cómo llegó a inmortalizarse ese concepto erróneo de lo que es menos deseable hacer con una pija entre la boca? Cristopher Hitchens en su ya clásico artículo sobre la fellatio, ‘Tan Americano como el pie de manzana’, alega que en realidad nadie quiso hablar de ‘soplar’; la expresión inglesa es una contracción de ‘below job’, o ‘el trabajo que se hace abajo’. Es posible; recuerdo el constante debate sobre si una chica would go down on a guy, dependiendo de qué tanto lo quisiera, y también como una muestra de lo atrevida que era ella. Si mucho, le bajaría a un tipo por el que ni siquiera tuviera sentimientos.

Pero debo decir que no es la única posible explicación de la paradójica blow job. En el Classical Dictionary of the Vulgar Tongue, de 1785, el lexicógrafo Francis Grose en una de las entradas registra to bagpipe y no la define aduciendo que es una práctica demasiado indecente para aportar una explicación. Por otros registros sabemos que to bagpipe es uno de los términos que se usó a finales del siglo XVIII para denominar esta forma de sexo oral. Blow job significa literalmente lo que parece: es ese esfuerzo prolongado y penoso de soplar una bolsa de piel hasta que emite un gruñido deleitable y uno suda. La idea de soplar no desencaja con la tradición tampoco, es básicamente lo que hizo Isis; soplar una pija de oro… Si es una gaita, ¿qué más da? Perdóneme, lector, por ponerme erudito con la vulgaridad, citando un diccionario de vulgarismos, pero considere que en materia de obscenidad las distancias entre la erudición y la impudicia se reducen: considere que en la antigua Roma las putas en los burdeles hablaban latín.

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En el siglo XIX, el sexo oral parece no haber existido; aflora marginalmente en los manuales médicos como una de las ‘fobias’, manera en que se denominaba entonces a las perversiones. Ocasionalmente hace la fellatio su aparición en las cortes como otras prácticas, incluyendo el sexo oral —en el proceso contra Oscar Wilde es notable—. Fue usado en los juicios de divorcio como una muestra de ‘crueldad’ de la pareja de la cual uno se quería separar. Así de repudiable era.

He estado usando un verbo que me causa revulsión, no solo por sus orígenes, sino por su insoportable cacofonía: suflar, insuflar… un desastroso galicismo; es la palabra misma con que se denomina el esponjoso soufflé lleno de aire caliente. Pero como si la costumbre de llevar a cabo mal esta práctica tuviera una dimensión histórica y hasta cósmica —una de las cosas de las que más se quejan los hombres es que las mujeres no saben hacer crecer el soufflé—, el término habla de nuevo de soplar, inflar. ¿Por qué? No me cabe duda de que si fuera un término acuñado por la mentalidad masculina nunca se hubiera colado ese inquietante ‘soplar’. En efecto, la fellatio es en gran medida un invento femenino. No me extraña tampoco lo afrancesado de la dicción. Justamente, antes de poner los últimos puntos sobre las íes de esta oración me topé con el libro del francés Thierry Leguay sobre la historia de la fellatio en el que descubro con indignación que luego de que las francesas se lo mamaran a todo el ejercito norteamericano durante la Segunda Guerra Mundial, al punto que a la práctica se le conoció como el beso francés, ahora a las exquisitas madames se les antoja como denigrante arrodillarse y sacar la mondieu de entre la cremallera dentada para dar lo que ellas consideran ‘una sopladita’. ¿Cómo pasamos acaso del beso francés a la indignación libertaria y de allí de nuevo al beso francés? Porque, no cabe duda, las niñas lo están mamando de nuevo y sin una guerra de por medio.

En la década del setenta, si uno mira el informe de sexualidad de Shere Hite, un mamotreto lleno de testimonios sobre el sexo entre los americanos, descubre que para las mujeres la fellatio era un premio dado al hombre:

“Odio bajarme en un tipo a menos que me importe muchísimo... El pene es demasiado grande para mi boca y me atraganto. Lo hago como un obsequio para alguien que amo. De otro modo lo aborrezco”.

No cualquier chica le ‘bajaba’ a un hombre:

“Yo, ¿meterme este sucio remate del cuerpo en mi boca, en donde ni siquiera admito que él meta sus dedos? ¡Jamás!”.

Era, en efecto, un trabajo sucio, pero una chica podía de vez en cuando darle a su hombre un estímulo para que no tuviera que buscarlo todo por fuera de la casa. Era una especie de intimidad final; mucho más que el coito, que debía ser realizado al fin y al cabo en una parte del cuerpo que las mujeres necesitan un espejo para ver. A mediados de los ochenta, Masters y Johnson en su manual famoso de sexualidad aún consolaban a las mujeres de los setenta diciendo que ‘con un poco de práctica y esfuerzo podrían desarrollar fácilmente un confort’, algo como lo que sucede hoy con el sexo anal. Reconfortaron a las afligidas diciendo que el semen no tenía un alto nivel calórico: comenzaba la época de las dietas maravilla y la consigna era estar consciente de todo lo que nos metíamos a la boca. 

No se recuerda, pero muchos hombres soñaban con tener una mujer que se los mamara. Más aún, que tragara… las cosas no se debían dejar a medias. Para los hombres, tener sexo oral en casa era tanto como el poder de autoabastecimiento que vino en el remoto pasado evolutivo de la especie cuando las aletas se transmutaron manos y el primer vertebrado se pudo masturbar. Informe Hite:

“La fellatio es lo mejor… ni siquiera tengo que tener una erección. No tienes que preocuparte del clímax de tu compañera, puedes tumbarte y disfrutar. Las cosas que una mujer puede hacer con el movimiento de su lengua nunca pueden ser realizadas con su vagina”.

Con Garganta profunda, el primer filme porno realmente centrado en el sexo oral, comenzó la idea de que la fellatio era una especie de proeza técnica. Más aún, las americanas convirtieron la arrodillada en un acto libertario. Que mi madre me perdone, pero recuerdo cuando alquilé el video y nos reunimos en la casa de un compañero del colegio a ver la película; hubo mucha especulación y debate acerca de cómo Linda Lovelace lograba encajarse esos portentosos miembros en la boca. Una idea que había sido sugerida por la misma película es que ella era insaciable porque por alguna extraña anomalía fisiológica, que solo se había registrado en los maricones (entonces nadie hablaba de homosexuales, me perdonan), era poseedora de un clítoris en la garganta, pero uno que quedaba muy profundo, un defecto incorregible que decidió convertir en virtud transmutándose en actriz porno. Debe entenderse que lo que digo no era un chiste o una elipsis; nosotros, estudiantes de colegio, lo habíamos asumido como un matter of fact que debía ser explicado y analizado y que suscitaba esa extraña indignación por las proezas de otros que provocan formas enfermizas de atracción sexual. Sea como sea, la hazaña era de Lovelace.

Para la década del ochenta ya la cultura estaba enamorada de la práctica: ¿quién no tuvo en su cuarto el famoso afiche ese de una mujer con gafas y una boca carnosa que se chupa una cereza marrasquino? Siento arruinarles la adolescencia, pero esa imagen no era publicidad de un gremio productor de fruta cristalizada. Y en los noventa la cosa seguía viva; tanta influencia ejerció el filme que un estudio de 1996, 20 años posterior al estreno de la película, mostró que más de la mitad de las escenas sexuales en una selección de 5000 filmes eran felaciones; más de la mitad de las escenas sexuales iniciales eran felaciones. De poco interés sería si su influencia fuera solo cinematográfica. Hoy, el clítoris en la garganta se ha vuelto un gen extendido en una población femenina que ni siquiera sabe que la película existió. En un rainbow party, las adolescentes asisten con pulseras que denotan sus preferencias sexuales; en un juego compiten entre ellas por ver quién deja la marca del colorete más abajo en el pene de los asistentes: maldita la suerte de los que nos tocó alquilar el video olvidado. Desde hace más de 40 años, la felación es el principio que no es garbanzo o pasta, la entrada obligada a las altas esferas de la verdadera cosa. Pero como entrada, siempre puede uno pedir más o que se la encimen cuando no quiere empalagarse con la sopa.

De allí en adelante, sea como sea, la fellatio es un tema de ellas. Bueno, siempre lo ha sido. De hecho, el debate sobre si es agradable o no, muy prolijo en las páginas de Hite, ha desaparecido y la mujer que se respete simplemente lo hará antes del coito como un requisito sine qua non similar a destapar una gaseosa si es que uno quiere realmente bebérsela. Claro que todos tenemos la sensación de que las tendencias del mundo aún no llegan a la casa. Los resultados de los estudios desde 2004 muestran que lo harán; uno de cada diez adolescentes se ha comprometido en actividades de sexo oral, uno de cada tres no lo considera sexo propiamente dicho y todos, adolescentes y adultos por igual, se han entregado a esta práctica mucho más que en la era de los necesitados sujetos de Hite. ¿Cómo y por qué el sexo oral en las últimas cuatro décadas pasó de ser un ‘regalo’ sufrido a una especie de abrebocas gratuito de la actividad sexual?

Parte hay que achacárselo al valioso legado político-sexual de Clinton; puso de manifiesto que no sabemos lo que significa tener sexo: ¿cuándo comienza la actividad sexual? Nadie lo tenía muy claro. En Seinfeld se tuvo que debatir el debate para llegar a la conclusión incierta de que hay sexo cuando aparece el pezón. La sociedad americana estaba a la deriva y no quedó más que aceptar de una manera radical y absoluta el new deal de Bill: ser felado, bien sea como receptor o como donante, simplemente no es tener sexo y así ha sido desde entonces. Ya todo lo demás era cuesta abajo: hubiera hecho bien el buen Bill simplemente afirmando que la señorita Lewinsky le insuflaba vida a través de su miembro; ella por su lado hubiera podido alegar que lo tenía de oro y no nos hubiera quedado otro remedio que creerle.

En Francia, las mujeres no lo maman como emblema de su independencia; en América del Norte, la mujeres lo están mamando a raudales como emblema de su independencia; para unas es un asunto mortalmente serio y para otras, un juego. Y pareciera que todas tienen la razón.

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