Me encanta llevármelo a la boca.
Escondo mis dientes entre los labios, lo rodeo con ellos y lo unto muy bien de mi saliva hasta que quede casi tan mojadito como lo están mis otros labios, porque sé lo desagradable que es la falta de humedad para esas faenas. Luego doy tres o cuatro pasadas suaves con la lengua y comienzo mi función. No solo uso la boca, sino que me ayudo con las manos. A veces lo hago para erguir de nuevo lo que ya se fue achicando y otras, casi todas, sencillamente porque me encanta. En eso soy como una niña chiquita. Me llevo todo a la boca.
Pero ojo. No me encanta porque sí, ni de nacimiento. Es un gusto adquirido, como el sushi. La primera vez que lo probé, solo pensaba en usar bien los palitos y en lograr llevarme a la boca ese bocado tan grande sin dar arcadas. La segunda, no me pareció la gran cosa, aunque ya podía distinguir entre el sashimi, un anago maki y un ebi tempura. La tercera, ya manejaba divinamente el tamaño del bocado y me concentraba en la explosión que hacía el wasabi en mi nariz. De ahí para adelante todo empezó a ser tan natural que me volví una adicta. Nunca supe en qué momento empecé a comer sushi de manera compulsiva. Lo que sí sé es que jamás habría sucedido el milagro si los comensales que me acompañaron se hubieran burlado de mí o me hubieran obligado a probarlo a la fuerza.
Lo mismo con el sexo oral, o la felación. Todo lo que sé acerca de este arte milenario lo fui aprendiendo poco a poco y puedo asegurar que hoy en día soy casi una experta en el asunto. Sin embargo, aprovecho esta columna para pedirles perdón a mis primeros "conejillos de indias" pues es cierto que una buena "blowjobera" no nace, se hace. Y como en todo lo que se aprende, las mujeres necesitamos mentores para aprender a pronunciar muy bien la eme que resulta de ese acto delicado y delicioso. Es cuestión de práctica y paciencia.
Lo primero que les he oído a ellas es que sus parejas casi nunca se muestran satisfechas con el trabajo. A veces ustedes pretenden que uno se aventure a bajar hasta allá sin recibir una sola palabra como incentivo. No me refiero a que nos den instrucciones precisas todo el tiempo, pero sí a que manifiesten cierto placer cuando uno lo está haciendo bien. Uno de mis grandes mentores en el arte de la felación me cogía el pelo con una mano, se ponía la otra detrás de su nuca para poder verme y luego me decía: "No hay un ángulo en el que te veas más linda". Por supuesto, yo siempre quería que me viera desde ahí. Otro más reciente sabía lo importante que era recordarme mucho después del acto -durante una comida donde mi abuelita o un almuerzo campestre con su cuñada del Opus Dei- lo mucho que le había gustado mi boca llena.
Si de entrada a alguno le hubiera dado por cogerme la cabeza para moverla a su ritmo y antojo como si fuera la de una actriz porno, hubiera logrado traumatizarme seguro. Me habría recordado a la profesora de gimnasia que se sentaba en mi espalda para que yo hiciera el espagat (nunca lo logré, claro). Ese tipo de presiones solo genera cosas negativas, lo mismo que cuando el hombre demuestra demasiada precaución. Un "ten cuidado con los dientes" justo antes de que la mandíbula llegue a su destino puede ser absolutamente frustrante. Ese tipo de direcciones y recomendaciones siempre se deben hacer cuando se está teniendo el "otro sexo oral" y no durante el acto mismo.
Otra de las grandes quejas de las mujeres cuando hacen blowjobs es que se vuelven objetos masturbadores, pues los hombres dejan de hacer cualquier cosa que estén haciendo. Los informo: se puede mascar chicle y caminar al tiempo, queridos. Una mano que pase rozando los pezones o incluso, la invitación a hacer el 69 puede resultar mucho más productiva que una felación unilateral, en la que no existe ningún tipo de retroalimentación. Aunque con la boca solo nosotras podemos aprender a hacer nuestro trabajo -porque a ustedes les tocaría quitarse costillas como Marilyn Manson para mostrarnos cómo es que les gusta-, no solo es muy útil que nos dejen ver cómo se hacen la paja, sino que además es de lo más excitante que yo jamás haya presenciado. Necesitaría otra columna completa para hablar de lo placentero que es masturbarse en frente del otro y viceversa, pero aquí lo importante es anotar que si nos muestran qué tanto se puede apretar y con qué ritmo es que les gusta la cosa, pues empezamos a entendernos mejor.
Para terminar les digo solamente que no se dejen meter los dedos en la boca. Hacer un blowjob no es ningún sacrificio y las mujeres que tengan esa actitud inapetente no merecen tener algo tan "grande" en sus bocas. A mí que sí me metan los deditos en la boca, sobre todo si son de esos que crecen como una flor japonesa cuando la meten en el agua. Por un dedito así, yo abro la boca una y mil veces.

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