Es mucho lo que recuerdo de lo que se me imprimió en el pasado, y sé cuánto he tenido que ir superando para situarme y definirme en la sexualidad que hoy tengo. Romper con lo que me causaba dolor y sufrimiento ha sido mi himno en la adultez.

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Por decisión de mis padres ingresé en un colegio religioso, femenino, ultra católico y formador de mujeres cristianas que perseguían la moral y la excelencia académica. Nunca supe por qué mis padres pensaron que ese centro sería el mejor para mí; pero el caso es que, a día de hoy, pienso que debo estar en el retablo de alumnas más revolucionarias del colegio, y esta no es una frase para farolear.

Moral cristiana y educación sexual no van de la mano, no casaban. En un colegio donde no había más hombres que un cura era difícil armarse una identidad clara sobre el sexo. Padrenuestro antes de ir a clase, calcetines y falda hasta las rodillas y prohibiciones por todas partes fueron mí día a día durante trece años. Por allí pasearon después tres hombres.

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Tuve un profesor de gimnasia, uno de Física que iba en bata por todo el colegio, y uno de música que fue expulsado por ver películas porno en el auditorio. Hoy pienso que ese hombre no era el único que estaba sometido por tantísimas reglas y prohibiciones. En ese colegio no estaba permitida la entrada de hombres, pero yo me hice novia de uno que iba a entrenamientos de volleyball con el profesor de gimnasia. Tenía mucho morbo saber que mi novio podía entrar al colegio, era emocionante cruzar miradas con él y poder hablarle o tocarle la mano a través de la malla de volleyball.

El caso es que al cabo de unos días fui reprendida por la directora del colegio porque en el patio no estaba permitido sentarse con un hombre. Si ella supiera lo que nosotros hacíamos apenas me subía a en su carro, seguro que terminaría mal de la cabeza, pero lo cierto es que, como se lo imaginaba, por lo mismo estaba terminantemente prohibido acercarse al sexo opuesto. ¡Mil mujeres juntas, dos mil tetas, mil vaginas y cientos de miles de prohibiciones y de censuras! Aquello era una olla a presión que por algún lado tenía que reventar.

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Mis amigas del colegio, como era de esperar, no tenían relaciones sexuales, algunas llevaban cuatro o cinco años con el novio, cogiéndolo de la mano mientras iban al centro comercial o al cine, y jamás hablaban de lo que podría ser el sexo. Algunas estaban más enteradas y salían con un montón de hombres, pero eran mal consideradas por las demás, o demasiado lanzadas para la media del grupo.

Celebraban que las amigas tuvieran novios, pero casi ninguna se había acostado con él, o jamás lo había dicho en público por el terror de ser desplumada. Una llegó un buen día embrazada. Fue el terror y el tabú. Ese día me morí de la risa porque con quince años alcancé a oír a las más inocentes que eso cómo lo había conseguido.

Yo estaba con ese novio deportista. Era un novio hermoso, alto y que paraba el tráfico. Yo había cumplido dieciséis y él dieciocho, y teníamos sexo como conejitos. Al principio les conté a mis amigas, luego, cuando alguna me habló del Papa, decidí hacerme amigas fuera del colegio y detener mis memorandos sexuales. Nunca volví a tener un novio así de precioso en sus formas, porque a medida que fui madurando empezaron a importarme otras cosas que no venían solo en el empaque físico del ADN.

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Mis novios me enseñaron mucho, me completaron el mapa sexual que los demás habían prefigurado. El sexo no era un pecado, ni un acto sucio, era algo que nos hacía crecer como pareja, que podíamos disfrutar y que nos hacía sentir bien al uno con el otro. El sexo era divertido, estimulaba la creatividad, subía el ánimo y daba ganas de ir a devorarse el mundo por las hormonas que liberaba.

Mis parejas fueron los que me hicieron aceptarme como lo que soy. Cada uno me ha liberado cadenas. De cada uno se aprende, de cada uno se escribe algo.

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