El asunto del tamaño es tan antiguo, que es probable que hasta el mismo Adán se haya cuestionado si tenía el pene chiquito o no. Quizás Eva fue buscando a la serpiente por otras causas, nunca se sabe. Hoy ese dilema todavía no se ha resuelto. Mis amigas me dicen que es cuestión de acople. Ellos tienen tamaños, nosotras también. Es como un rompecabezas. Hay piezas que entran con fuerza y otras que les sobra de todas partes. Yo no soy tan generosa.

Para comenzar, hay que establecer una talla mínima de normalidad y una máxima. Todo lo que se salga de ahí es aberrante. Digamos que de diez a 18 ó 19 centímetros. El resto ya no funciona. Y la talla es esta porque he tenido la suerte (buena o mala, según el caso) de probar ambos extremos.

El pobrecito que llegó tarde a la repartición y obtuvo simplemente diez centímetros (cuando está erecto, vale la pena aclarar), tenía algo más que un penecito. Tenía un penononón de tenerlo tan chiquito. Durante el par de meses que duré teniendo sexo, si es que a eso se le llama sexo, nunca se lo vi. Cuando se iba a poner el condón se daba la vuelta y luego, para quitárselo, con mayor razón.

Hubo un día en que le dije: “Métemelo ya” y él me contestó: “Pero si ya lo metí”. Así que el sexo propiamente dicho era patético, pero tenía una recompensa, como para que los acomplejados que leen esto no salgan a suicidarse: el sexo oral. Al tipo le tocó aprender a bajarse al pozo y a que, la lengua remplazara lo que “su amigo” prácticamente no podía hacer.

Por mi parte era una dicha el blow job, porque se sentía como si jugara con un juguete con el que se siente rico pero es fácil de abandonar. Como un palito de colombina justo a la medianoche.

El otro, en cambio, el del aparato grande, era incomodísimo a la hora del blow job. Claro, ustedes dirán que sólo debe uno irse por la puntica, es decir, no engolosinarse, pero cuando este tipo se emocionaba y me bajaba la cabeza, pues terminaba ahogada, así que me limité a darle un de regalo de Navidad y chao. El resto era buen sexo. El tipo lo hacía bien, fuerte, con la virilidad que toda mujer reclama y necesita, y a decir verdad esto era delicioso. Sin excesos, porque puede lastimar, pero delicioso.

Finalmente, puedo decir que tuve un término medio. O varios, pero este específicamente era el mejor polvo de la vida. Medio tirando a chiquito. En medidas, unos 13 ó 14 centímetros. Las ventajas de ambos. Era bueno a la hora del sexo oral, se sentía cuando entraba y no se creía el macho que la mayoría de los superdotados creen que son. El tipo era perfecto. Así que mi conclusión no es que cada mujer tenga un tamaño para cada hombre, sino más bien que yo tengo un tamaño casi universal.

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