Claro que entre mujeres nos miramos las tetas. Claro que nos comparamos, claro que las que tenemos poco en algún momento de nuestra vida quisimos más, y claro que las que tenían mucho, en algún momento, quisieron menos. La respuesta es que siempre vamos a querer lo que no tenemos y siempre, entre mujeres, nos estaremos vigilando.


En Colombia, tener un buen par de tetas parece necesario para buscar la aceptación. Cuando uno era adolescente, las tetonas tenían, por supuesto, más admiradores masculinos; jóvenes prepúberes que se masturbaban pensando en esas tetas —las únicas cercanas— que veían de arriba para abajo en la clase de gimnasia. Entonces, ¿cómo no compararse?. ¿Cómo no mirar las tetas de esas otras mejor dotadas. ¿Cómo no investigar quién más —aparte de mí— estaba en desventaja? ¿Cómo no intentar, a toda costa, hacerles creer a los hombres, junto con cuanto relleno se cruzaba por el frente, que uno también tenía lo suyo? Compararse siempre será necesario, pero no lo más importante. Las tetas han sido esenciales para el desarrollo femenino, para determinar nuestra personalidad, la manera de asumir la sexualidad, pero sobre todo, para saber que somos diferentes y que en la variedad está el placer. Porque no hay un par de tetas iguales a las otras; son un sello, único y exclusivo de cada una. Por eso, las tetas operadas pierden un poco de sentido. Aquí ya no entramos a competir porque no estamos en la misma categoría. Es como comparar el sabor natural de un jugo de naranja con uno artificial. Uno sabe que por más lindas y bien operadas que les hayan quedado, nunca serán sus tetas, las verdaderas, la esencia.
Las tetas se exhiben para los hombres, sí, pero también para las mujeres. Las mujeres competimos entre mujeres, y entre tetas pasa lo mismo. Jamás dejaremos de mirárnoslas mutuamente, bien sea para admirarlas o para criticarlas. Ambas cosas son un deleite. Criticar una teta es fascinante, ver que la otra las tiene caídas, increíble, que le quedaron mal operadas, mejor… pero también ver unas tetas lindas, con el pezón perfecto, con el color adecuado, produce envidia e inevitablemente unas ganas terribles de tocarlas —como las de una amiga mía que son, a mi manera de ver, las más lindas del mundo—. Me gusta mirar tetas, claro; si una mujer llega exhibiéndolas, cómo no mirarlas, cómo no imaginarlas, cómo no desearlas. Porque nada más atractivo en una mujer que unas tetas lindas, que se sepan exhibir en la ropa adecuada, con sutileza, clase, sensualidad y sin excesos —y esto no está relacionado con el tamaño.
Yo toco las mías día y noche. Me gusta meter mi mano y agarrarlas mientras miro televisión… y entonces entiendo ese placer y esa obsesión que despiertan. No podría decir con exactitud si hay discriminación entre mujeres o si por momentos me gustaría tener otras tetas que no fueran estas pequeñas... Solo sé que a veces oigo decir a las que las tienen grandes que les estorban, que les pesan, y entonces yo, inevitablemente, sonrío.

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