Hablando en plural, nunca he encontrado una palabra de buena categoría para nombrarlas a ellas, turgencias inefables que conforman el símbolo femenino por excelencia. ‘Tetas’ siempre me ha sonado un poco procaz, sin embargo, admito que se acomoda muy bien al lenguaje cotidiano, quizá mejor que senos, pechos, mamas, y eso sí, descartando de plano los ordinarios apodos como ‘chichis’, ‘pechugas’, ‘marujas’ y su abominable declinación ‘maruchas’.

Pero aquí el tema es otro. Qué mano de tetas, Dios mío, qué tracamanada de tetas salidas de su cauce. Las tetas de hoy no caben en ningún brasier, en ningún vestido, se escapan desesperadas de los escotes como ninfómanas inflamadas de lujuria. Parece que estuvieran amenazando al mundo con explotar como bombas atómicas en la cara de los indiferentes, de los morrongos y de los timoratos. Ahora sí es cierto que estamos viviendo la venganza o la dictadura de las tetas que, si vamos a ver, es lo mismo.
 
Lo peor del asunto es la complicidad de los médicos cirujanos que, siguiendo el mandato de su majestad la Teta Grande, abren a pecho traviesa con sus ponzoñosos bisturís dos fosos donde implantan sendas plastas de caucho, con la promesa de aumentar forzadamente la autoestima de la mujer inerte en la camilla y el supuesto interés sexual de cualquier desprevenido.
La gran pregunta es: ¿en esta cultura occidental, qué tienen las tetas que no tenemos las mujeres , ¿qué es lo que produce una, ni siquiera dos, una sola teta medio fuera de lugar para lograr la estupefacción mundial durante una transmisión del Super Bowl? Bueno, en ese caso específico, la consabida estaba en el lugar que correspondía. Pero seriamente. Un asomo de su curva (ni hablemos del pezón que, tengo entendido, el pobre tiene veto incluso en la portada de esta revista), puede provocar una debacle de fantasías.
Esto puede conducirnos a inferir que no somos precisamente nosotras las mujeres, con nuestros misterios y complejidades, las que ejercemos ese poder embrujador sobre los incautos, sino la esperanza de alcanzarlas a ellas, a ellas solitas en su sencillo relieve, en su inevitable evocación de ese primer gran placer que experimenta el recién nacido al ser alimentado por la madre, o quién sabe de qué arquetipo primitivo o fundamental. En todo caso, la fascinación que despiertan tiene que ver con un símbolo sagrado y vital, pues de otro modo no tendría explicación el gran mito alrededor de ellas. Un anhelante “mostrame las tetas” es el equivalente a pedir un milagro.
Y algunas mujeres, inmersas en esta cultura de distorsiones y de hombres pueriles que se sueñan con una piscina llena de trago y de tetas, se someten sin saberlo a la ley que dictamina que mientras más evidentes sean, más se nutrirá la alegoría del santo seno dador de vida, y la devoción será así perpetuada. Cuando esta gran metáfora no se entiende ni se elabora, se abre la grieta que conduce a los sótanos de lo puramente instintivo. Entonces comienza la ansiedad por sobredimensionar todo lo que aparentemente despierta esos impulsos básicos, empezando por ellas, las protagonistas del cuerpo femenino. Ahí entran a escena los solícitos cirujanos.
Unos senos generosos en su majestuoso silencio pueden ser más elocuentes que una mujer hablando como una loca para confirmarse a sí misma. Por lo tanto, es fácil caer en la tentación de querer agrandarlos, subirlos o mostrarlos con el objetivo de crearles todo un escenario rotundo para que el efecto primario sea eficaz en esta cultura de la inmediatez y la chabacanería. La vulgaridad no es más que ese afán tan canalla de subrayar con rojo lo que no necesita ningún acento, como si el resto fuera insuficiente. En el tema que nos ocupa, es como insistirle al mundo que nosotras no valemos tanto como nuestras tetas. Pero hay que aceptarlo, son un portento y el homenaje a ellas nunca se acabará mientras la vida continúe. 
Su majestad La Teta seguirá haciendo gala de su abolengo real transitando incólume por la ensoñación erótica sin percatarse de tamaños, que a la luz de la libido importa poco. Ella heredó su merecido rango de esa explosiva conexión entre la vida, el amor y el deseo, de ahí que la tiara ardiente de fantasías generadas por ese estallido sea su corona inobjetable por los siglos de los siglos.

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