Una de las asombrosas transformaciones que ocurren con el embarazo se da en las tetas. A medida que la panza crece, crecen ellas, firmes, hermosas. Un día nace la criatura y la belleza empieza a doler. Unos corrientazos las recorren todas —desde los extremos hasta el pezón— y una sustancia cerosa, amarillenta, empieza a salir. En ese punto ya es evidente que la teta ha cobrado vida propia.

Recuerdo el día en que nació Elena, mi hija. Cuando me la llevaron a la habitación, la enfermera la descargó en mis brazos y me dijo: “Póngala para que coma”. Y sin decir más, sin explicar más, salió. Ahí estábamos solas, Elena, la teta y yo. Miré a mi marido, en un acto de profunda ingenuidad, pensando que él me podría indicar algo, pero estaba más asustado que yo. Así que no había de otra: me desabotoné la piyama y dije: “La naturaleza es perfecta y ya sabremos cómo es la cosa”. Acerqué a Elena y de inmediato, como un animalito hambriento, torció la boca, buscó el pezón y con furia lo atrapó.

El instinto de ambas había funcionado. Fue un momento mágico, maravilloso. Y doloroso. Ella había encontrado la redondez de su mundo, su fuente de vida y no pensaba soltarla así no más. Con fuerza succionó una y otra vez, y las veces que se le resbaló el pezón de la boca usó sus encías para agarrarlo con firmeza. Pasados 20 minutos, el ritual se repitió con la otra teta. Y así cada tres horas, o dos, o una, porque las mamás de los niños prematuros tenemos la orden médica de convertir las tetas en una “barra libre”.

Entiendo que haya mujeres para las que la lactancia sea algo horrible: si no sale leche suficiente, es frustrante. Si uno produce mucha leche, las tetas se inflan como globos encendidos al punto de desatar una fiebre espantosa. Durante las primeras semanas, es común que los pezones se resquebrajen y sangren, y antes de que puedan empezar a sanar, vuelve la encía con toda la fuerza por la supervivencia. Las pocas horas en las que uno no está lactando, escurre leche y huele a guardería. A pesar de todo esto, lactar me pareció una experiencia hermosa. Todo es cuestión de adaptarse. La conexión, la complicidad y la comunicación que se logra establecer con el bebé a través de la lactancia son indescriptibles.

Eso sí, esas tetas que antes estaban firmes y miraban para el cielo, se caen. Nunca vuelven a ser las mismas. Pero uno como mujer, tampoco. Jamás.

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