Mi habilidad es adivinar la talla del brasier de las mujeres con solo verles las tetas por debajo de la ropa. Nunca fallo, y para alguien tan poco romántico como yo, tal don tiene el mismo efecto que llevarles flores.

Mi vida, como la de cualquier otro hombre, se basa en la obsesión por las tetas. Ir a la universidad, hacer un posgrado, trabajar toda la vida, conocer el mundo, todas son excusas para llegar a ellas. No las entendemos, pero las deseamos. No importa cuántas hayamos visto, siempre queremos más, por eso existen revistas como esta. Si existiera el genio de la botella, yo no necesitaría tres deseos, me bastaría uno: saber cómo son todas las tetas del mundo. Veo a una mujer en la calle y lo primero que pienso es en cómo las tendrá. Eso, y luego en la cara que hace mientras tiene sexo.

Es difícil dar con el momento en que nos obsesionamos. Seguro ocurrió en la lactancia, pero esa es una operación de rutina, inconsciente. En la primera infancia nos aferramos a ellas sin saber qué son e ignoramos que nunca podremos superarlas. Mi primera Playboy la compré a los 12 años, porque traía las fotos de una italiana llamada Sabrina que cantaba la canción Boys. Cantar era un decir, porque la única certeza es que en el video salía en un bikini blanco moviendo las tetas. Vi la revista a escondidas de mis padres durante mucho tiempo y empecé a coleccionarla mes a mes para ver qué tetas traía. El gusto por leer los artículos llegó después.

Y si eso somos los hombres, qué decir de las mujeres. Las adolescentes esperan ansiosas a que les crezcan, se miran desde pequeñas en el espejo y por debajo de la blusa a ver cómo van. Comen maní y usan brasieres con relleno. Muchas se desarrollan y cuando notan que no van a alcanzar las dimensiones que esperaban, terminan operándose. Se operan primero y entienden después que aumentar de talla sube el ego, pero no la autoestima.

El asunto es que no se trata del tamaño, sino de la forma. No importa que las tetas sean grandes o pequeñas, sino que sean bonitas. No sabría cómo explicar eso, pero tiene algo que ver con que sean más redondas que ovaladas, tengan pezones pequeños y un poco puntudos (ojalá rosados), que sean suaves y que vengan con la caída justa. Las más bonitas que vi alguna vez pertenecían a mi exnovia; eran tal cual las acabo de describir y no pasaban del 32B (adiviné la talla en la primera cita).

Pero ya sean de nacimiento o hechas en el quirófano, lo que nosotros queremos es verlas. Por eso aburre que las mujeres insistan en desnudarse por una causa (el maltrato de animales, el hambre del mundo) y que muchas se justifiquen en que el desnudo fue artístico. Nosotros admiramos a las que reconocen sin pudor que mostraron las tetas porque se les dio la gana. 

Un par bien usado sirve para lo que sea: forja carreras en televisión y vende repuestos para carros; de ahí a que no exista taller sin fotos de mujeres desnudas. La prueba de que vivimos en una sociedad machista es que no existe mujer tetona que esté en la olla.

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