"Nos está viendo el vigilante del edificio de enfrente", le dije, con la respiración entrecortada. No respondió. Me tenía agarrada por uno de mis mejores ángulos: cadera y nalgas desnudas, el torso cubierto pero levemente inclinado sobre el tronco de un árbol, acentuando mi cintura. Como en la foto que acompaña la columna —no se engañen, señores: esa podría ser yo—. Uno de mis mejores ángulos y el lugar menos esperado: el parque de un barrio residencial en el norte de Bogotá, cerca de la medianoche. Detrás del tronco del dichoso árbol que nos protegía de la luz de unos reflectores de seguridad, los pantalones en los tobillos, los muslos firmes por el frío, podía ver cómo el vigilante seguía su camino lento, somnoliento, impasible. No nos había visto. Se abalanzó sobre mí con más fuerza. Su pelvis golpeaba mis nalgas desnudas mientras me penetraba rápido por detrás, sus manos apretaban mi cadera, guiaban el ritmo, cada vez más fuerte. Su silencio había sido una orden. Y así como estaba, le hice caso. Quince minutos después estábamos en el carro, camino a casa, todavía medio desnudos.

Después de esa primera exhibición hubo otras. Ya entrados en gastos, cada vez buscábamos nuevos lugares, paisajes distintos, posibles espectadores y que fueran variados. Una noche, en un taxi después de la rumba, me acosté sobre sus muslos, le bajé la cremallera y, sutil, sin desabrocharle el botón de los pantalones, saqué su portentoso miembro y se lo chupé sin hacer ruido, sin dejarlo llegar. Miraba de vez en cuando el retrovisor, no fuera ser que el taxista nos viera, no fuera a ser que sospechara —aunque la sola idea hacía que me mojara más—. En los pubs le hacía la paja debajo de la mesa y a media luz, mientras comentaba distraída, riéndome para adentro y cuidando de que nadie notara nada raro (o que lo notaran), lo buena que estaba la música. Y a la salida, excitado, bien iniciadito como lo había dejado, me abrazaba por la espalda y mientras caminábamos hacia el carro me acariciaba las tetas por debajo de la chaqueta, me desabrochaba el brasier, y me pellizcaba los pezones. Un domingo, incluso, en una función de cine de tres de la tarde cabalgué silenciosa y arrecha sobre él. Si alguien nos vio (estoy segura de que había niños en el público) nadie dijo nada. Salimos impunes y con la cara encendida de ese teatro, después de una buena faena de amor público.

Aunque llevo un tiempo sin hacerlo —las recientes condiciones climáticas de Bogotá no son favorables, que lo diga el memorable Max Henríquez—, me encanta tirar en lugares públicos. Y me encantan los hombres que se le miden al asunto sin chistar, con la mano firme y el pene erecto, como el asta de la bandera de nuestra nación, sin timideces, sin escrúpulos, que se olvidan del lugar y se dejan llevar por sus fantasías y la excitación. Porque desde donde yo estoy parada, el sexo no tiene lugar, ni horario, ni fecha en el calendario. Será el peligro. Será una pequeñita tendencia al exhibicionismo. Pero lo mío es jugar con las posibilidades, con la posibilidad de que me vean tirando: moverme como un pececito en las turbias aguas que separan lo público de lo privado —para la muestra un botón: mi inocente columna—, y buscar los límites del deseo sexual. Y estoy segura de que no soy la única ni de las pocas.

Por eso, mis queridos señores, si es cierto que se les para al menos veinte veces al día, que por lo menos una de estas obedezca al deseo —no a un vulgar reflejo sanguíneo, incompresible, desde siempre, para todas las mujeres—. Déjense llevar, dondequiera que estén. Que se sepa, en Colombia no hay ninguna ley que prohíba tirar en lugares públicos, ni siquiera un pequeñito aparte sobre la exhibición —¡tanta fe tienen nuestras autoridades en el pudor y conservadurismo de nuestras gentes!—. ¿Esperarnos por el gustico? El gustico es pa‘ ya. Rescatemos, si es posible, una de las prácticas que ha puesto en el mapa sexual a la ciudad de São Paulo, porque allá, en el primer mundo sexual, hasta le han puesto nombre a la sana costumbre de tirar en público, libremente, como en los primeros impolutos días de la revolución sexual: el famoso "dogging" contra el que durante tantos años ha luchado la Policía paulista sin, por supuesto, haber logrado los menores resultados.

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