Jamás había disfrutado de un experiencia sexual con una mujer cinco minutos después de haberla conocido. Me citaron para ver al lado de Diana Ariza una película porno y eso fue, hoyo en uno: mucho gusto y eche pa’ la pieza. Le damos play y vienen los créditos de la película: Wide Open House. Segundos después los nombres de sus protagonistas. Esperanza Gómez and Karlo Karrera, ambas con K.

Objetivamente empiezo a hacer una análisis de la estructura de esta obra cinematográfica, su trama, subtrama, estructura de personajes, principios del antagonismo, diálogos, musicalización, vestuario, ambientación y fotografía, para espantar de mi mente cualquier objeto del deseo y alejarme un inoportuno clímax. Esperanza es una corredora de bienes raíces que aguarda por clientes interesados en comprar un apartamento amoblado. Aparece sentada frente a un escritorio con cara de bostezo y un crédito que dice 9:15 a.m. Tiene una blusa blanca abierta como si fuera un escote en V que le llega hasta el ombligo por donde se le tratan de salir un par de tetas que parecen balones de micro atrapados por un brasier negro. Sobre la blusa blanca tiene un minisaco de torero color azul. Gafas de bibliotecaria porno, minifalda negra, medias veladas del mismo color y tacones grises. Finge dormir sobre el escritorio. Un crédito que dice 10:30 a.m. nos indica una elipse de tiempo y el sonido de un timbre nos sugiere que se le acabó la espera a Esperanza, le llegó su porción. La paisa abre la puerta y aparece Karlo haciendo el papel de Karlo. Actúa muy mal. Ese tal Karlo es como un Jorge Enrique Abello del porno que como no sabe actuar le toca siempre interpretarse a sí mismo, son de la misma escuela. Karlo mide como 1,97, parece que lo hubiesen alimentado con caldo de guadua. Me apiado de la pobre Esperancita porque ese tipo, con semejante estatura, creo que le va a dar mucho de algo que la podría dejar aporreada. Ella le muestra el inmueble, pero él, en un acento mayamés, como el que hacemos los latinos cuando vivimos hace ocho días en el sur de la Florida, le dice que no le gusta el color. Karlo le da un par de golpecitos a una mesa de la cocina y le pregunta si eso es mármol de verdad. Ella siente que se le va a caer el negocio y le ofrece encime. Él le pide que le muestre las habitaciones. Ella entra al cuarto principal, se sube a la cama y en cuatro patas, salta para mostrarle las bondades del colchón. Karlo hace lo que cualquier señor decente o cristianamente casado haría, meterle una morboseada asquerosa a la vendedora cuando está rica. Le pide que le muestre una sala de entretenimiento. Van hasta el lugar y definitivamente él le dice que no puede comprarla porque está fuera del presupuesto a pesar de que ella todavía no le ha dicho cuánto vale. Ella le pide que le ayude para ganar una comisión y le pregunta qué más quiere que le incluya. No sé si Diana está pensando en la misma ñapa que yo le incluiría. Empezamos a ver cómo le meten los dedos por la vulva, cómo le lamen el clítoris, cómo desenfunda ese señor lo que tenía guardado en los pantaloncillos y entre los dos hacemos un análisis de las poses, mamadas, gemidos y demás inserciones. La miro de reojo y empiezo a dar recomendaciones, asumiendo un papel de profesor de Comportamiento y Salud que aconseja a sus alumnas utilizar preservativos y nunca quitarse los tacones para preservar el amor. Hablamos de jalar el pelo, dar nalgadas y del gusto que cada uno siente por lo que vemos. Todo para mí está controlado hasta que la doctora Esperanza Gómez, canciller del porno colombiano, dice en un acento paisa matador: “¡Qué rico, hijueputa!”. A partir de ese momento empiezan a recorrer por mis poros ciertas enzimas que me dan ganas de estar encima. Siento que mi garganta se seca, tomo agua. Aumentan mis latidos, me sudan las manos, se me emboyacan los cachetes con un rojo vergonzoso y me dan ganas de decirle a Karlo que así como esa mesa de la cocina, yo también lo tengo como un mármol de verdad. Siento ganas de volverme el protagonista de algo, así sea de nuestra tele. Diana sigue mirando lo que ocurre en la película, pero yo ya me estoy alejando de la trama y me acerco a la trampa. Mi cerebro empieza a diseñar maneras de tergiversar la conversación para que, poco a poco, todo esto se vaya encaminando hacia esas frases famosas de un libro de autoayuda que reza “Deja de hablar y comienza a actuar”.

Siento que Diana está totalmente desconectada de mí mientras Karlo se le viene en la tetas a Esperanza… ¡Qué ricooooo, hijueputa!

Pasan dos horas de habernos despedido y caigo en la cuenta, ¡claro!, yo a Diana Ariza la sigo en Twitter. Ella es @AspasiaSegunda y ella también me sigue, ¿será que también me sigue la cuerda? Tengo ganas de mandarle un DM, pero temo que me mande para la PM. ¿Qué tal que ella tenga ganas de largometraje y yo, en esta arrechera no dé ni para un corto? Esperanza es lo último que se pierde, me enseñó la película, y como yo quiero asemejarme a Karlo le escribo: Hola, soy Kintero. Pasan ocho horas y nada que me responde. Como que al que le va a tocar acudir a la autoayuda es a mí. Ya han pasado seis días y parece que tampoco me va responder la pregunta que le hice: “¿Cuándo nos tomamos un café bien rico, hijueputa?”.

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