Un amigo se va a casar con su novia, que vive por fuera de Colombia y regresa a final de año. Cuando le pregunté qué iba a hacer de aquí a diciembre para esperarla sin perder la cabeza, me dijo que la paja.

Eso es. La paja soluciona muchas cosas. Está ahí, todo el mundo se la hace y nadie habla de ella en público porque ha estado mal vista desde la Biblia hasta las conversaciones cotidianas de hoy en día. Nos encanta pero ponemos cara de que no la practicamos. Como si se tratara de declarar los ingresos para pagar los impuestos, hombres y mujeres reconocemos que nos masturbamos muy por debajo de la realidad. Nosotros aceptamos que nos gusta, aunque no confesamos cuánto, mientras que las mujeres pueden llegar a ser radicales al punto de afirmar que no lo hacen nunca, como si fuera una virtud. Yo puedo hacérmela a diario, aunque si me llegan a preguntar, digo sin descomponerme que máximo un par de veces por semana. Pero para que ustedes, mujeres, nos entiendan a los hombres, sepan que esto se trata de la paja masculina. La paja femenina, ese misterio, nos interesa, y mucho, pero es material para otra columna.

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Nosotros los hombres no es que necesitemos de mucho estímulo para masturbarnos. Basta un recuerdo, un comentario, una foto que nos encontramos en internet, un video, incluso una mujer bonita en la calle. Pero a veces también nos masturbamos sencillamente porque está ahí, estamos solos en casa y no hay mucho más que hacer. Alguna vez un actor porno dijo que, cuando no estaba haciendo películas o teniendo sexo con su esposa, se masturbaba. Un poco radical, de acuerdo, pero su declaración resume más o menos la posición del hombre promedio con respecto a la paja.

Y no entiendo el afán de mentir con la estadística, si la paja manejada con responsabilidad es la respuesta a todo. ¿Tiene problemas? Hágase la paja. ¿Está aburrido, no halla respuestas? Hágase la paja. ¿No duerme bien? Hágasela. No se suicide, tóquese. A algunos las ganas los agarran en los lugares menos indicados: la oficina, una casa ajena, TransMilenio. Si no lo sabemos manejar, la paja puede ser destructiva, pero llevada a conciencia es de lo rico que hay.

Antes de serle infiel a su pareja, mastúrbese y verá que se les quitan las ganas de cometer una cagada. Un amigo no siguió este consejo y casi se le acaba el matrimonio. Durante meses intercambió correos y chats con una mujer, y aunque no llegó a consumar físicamente la aventura, su esposa lo descubrió un día. Peleas, negociaciones y miles de juramentos después, logró que lo perdonaran, pero aún hoy, cuatro años después del incidente, sigue con matrícula condicional. Nada de esto habría pasado si en vez de buscar lo que no se le había perdido, mi amigo se hubiese hecho la paja en el baño e ido a dormir luego junto a su esposa.

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Buscar sexo desgasta más que buscar trabajo, y por eso la paja tiene otra ventaja, en especial para los solteros: evita el pospolvo, que suele ser una situación engorrosa. Porque uno de ganoso le cae a una vieja. La trabaja, la invita, le arma planes, luego pasa de todo, y después del orgasmo piensa: “¿Yo qué hago acá?, ¿todo esto por un polvo?”. Con una paja nos zafamos de la incomodidad después del desfogue. Además, ahorramos tiempo y dinero que se pueden invertir en cosas más gratificantes que tener sexo con un desconocido o con alguien con quien solamente queremos eso, sexo.

Mucho sexo casual se ha dado gracias a conversaciones sobre la paja; por eso considero ético notificarle a una mujer cada vez que uno se ha masturbado pensando en ella. Algunas lo toman como un insulto; otras, como un halago, pero ninguna queda indiferente. Sexo, la paja o escribir, tres cosas que curan la ansiedad porque terminamos expulsando algo. Y aunque en este caso yo haya escogido la tercera opción, la segunda suele ser la más sana de todas.

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