Al hablar sobre el trabajo de doblar películas pornográficas suena como si fuera algo muy curioso, pero cuando uno lo está haciendo es poco consciente de lo ridículo que puede verse o de lo inusual que resulta. Hay que estar tan pendiente de todo lo técnico que ni se entera de que es porno. Daría igual que fuera un documental. Los actores de doblaje estamos esperando que aparezca una imagen de la cara de una mujer, por ejemplo, para poder gritar “¡cómo me gusta!” o algo por el estilo.

La única vez que recuerdo haberme percatado de lo absurdo de la situación en el estudio de doblaje fue cuando una compañera se animó tanto que desconcentró por completo al equipo de trabajo. Éramos cuatro personas doblando una orgía. Ella era una señora de unos 50 y tantos años y doblaba a una chica de 20. De repente empezó a jadear y jadear, y llegó un momento en que se volvió como loca y empezó a gritar “¡Así, así! ¡Cabálgame como tú sabes!”. Pensé: “¿Qué estamos haciendo?”. Y, claro, nos miramos entre el resto de los actores. No sabíamos cómo reaccionar, entonces empezamos a carcajearnos descontrolados.

Aunque la verdad es que, a lo mejor, uno se siente igual de ridículo cuando dobla dibujos animados. Puede ser más gracioso, incluso, cuando debe hablar como un muñequito que salta por un precipicio y, con una voz siete tonos más alta de la que usa normalmente, debe imitar el sonido que hace al caer. Al final, es trabajo.

Soy actor convencional —de teatro y de televisión— desde hace 29 años. También he doblado todo tipo de películas, porque en Valencia, de donde soy, se dobla mucho. Les he puesto la voz a niños, abuelos, flacos, gordos y hasta a personajes de videojuegos.

En mi primera experiencia como doblador, hace 20 años, debí hacer tres películas porno españolas que se habían rodado en Barcelona. Eran originalmente en castellano, pero el sonido en directo era de tan mala calidad que tocó doblarlas. El protagonista de una de ellas era Max Cortés, un reconocido actor y director porno. También aparecía un chiquillo que apenas estaba comenzando su carrera. Yo le puse “La Voz”. Era Nacho Vidal, a quien creo que ustedes conocen más que bien. Desde entonces he trabajado en más de 100 pelis porno y en muchas más convencionales.

Normalmente, el guion de una película pornográfica le da a uno las líneas que debe decir y, cuando tiene que acompañarlas de un gesto o sonido —un “hmmm”, un “aaah” —, aparece la letra G entre paréntesis. Así que (G) significa gesto: uno escucha cómo gime el actor original y lo imita. Pero, claro, en las películas porno todo son gestos. Hay que jadear todo el tiempo.

Hay algo del doblaje porno que todavía me sorprende mucho: que tengo licencia para improvisar algunas frases, cosa que, por supuesto, no pasa en los filmes comunes y corrientes. Aquí se puede meter un “¡Qué tetas!” o un “Me encanta tu coño”. Frases para rellenar un poco. Aunque muchos actores de doblaje abusan de este tipo de expresiones, por eso hay gente que dice que las pelis porno no le gustan. Porque, claro, se dicen cosas como “me encanta tu coño cuando lo abres”, pero, en realidad, ¿quién dice eso cuando está follando? Es poco creíble.

También es verdad que se han mejorado muchas escenas pornográficas al doblarlas, porque algunos actores porno saben qué hacer a la hora del sexo pero no saben interpretar, entonces los actores de doblaje debemos arreglar los diálogos que no habían quedado para nada bien. Eso sí, todas las películas que he doblado han tenido alguna trama. Pero a lo mejor son dos minutos de doblaje convencional, de diálogos normales, y luego vienen 15 minutos de gestos. Por eso, más de un actor o actriz ha salido desmayado del estudio, ¡hiperventilan por tanto jadeo! Recuerdo una compañera a la que tuvimos que sacar a tomar aire porque se fue redonda al suelo. A mí también me dio algún mareo. Tuve momentos de pensar: “¡Que acabe ya esta escena en que debo comerle el coño! ¡Que se venga, por dios, o me caigo al suelo!”.

Cada uno tiene sus trucos para que los sonidos de besos y succión queden bien. Tenía una amiga, que por entonces ya era la gran profesional del porno, que traía una colombina Chupa Chups al estudio. Al principio todos nos reímos, pero ella nos decía: “Cuando tengan que estar haciendo que le chupan el coño a una mujer durante 20 minutos, me lo agradecerán”. Para mí, la verdad, no era cómodo lo del Chupa Chups, prefería usar la mano izquierda; la pobre mano acababa más chupada...

Curiosamente, después de doblar hace dos décadas a Nacho Vidal, nos reencontramos por cuestiones profesionales: le dirigí unos monólogos que hizo para El club de la comedia, un programa de televisión, y él me propuso como presentador del Salón Erótico de Barcelona. Allí, en el Salón Erótico, llevo trabajando cuatro años. Además, presento y dirijo los premios Ninfa, que son como los Óscar del porno en España. Casualmente, les he entregado premios a varios actores, como el mismo Nacho, a quienes les he imitado los gestos —los “hmmm”, los “aaah”— cada vez que en un libreto de una peli suya he encontrado una G entre paréntesis.

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