Cada persona tiene unos tiempos sexuales propios.

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La duración del acto puede variar. Existe una tendencia falsa a creer que el acto debe durar horas; pero un estudio de la Universidad de Penn State, en Pensilvania, para la Sociedad de Investigación y Terapia Sexual, reveló que: 

  1. Un acto sexual "adecuado" (desde el inicio de la penetración hasta la eyaculación) duraba de 3 a 7 minutos,
  2. uno "deseable" de 7 a 13 minutos,
  3. uno "demasiado corto" de 1 a 2 minutos,
  4. uno "demasiado largo" de 10 a 30 minutos

Teniendo a la mano los ingredientes del sexo y sabiendo que los tiempos son mucho más sencillos de lo que muchos hemos creído a lo largo de nuestra vida, se puede empezar. Sin embargo, la receta básica resulta muchas veces insuficiente. Primero, porque las mujeres somos mucho más que una vagina; y los hombres son mucho más que aquello que rodea un falo.

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Esta es la razón por la que muchas personas se aburren en el sexo, consideran que el porno típico no les gusta, y que falta algo que le agregue sabor al asunto.

Las zonas erógenas de ambos son más que las genitales habituales (testículos, pene/ labios, clítoris, vagina)

El sexo se pone interesante y se enriquece cuando se atiende como una totalidad en el cuerpo, cuando se disfruta mucho más allá de la genitalidad, porque el placer no tiene un solo escondite.

¿Qué más hay?

Imagine un planeta de terminaciones nerviosas, hecho para ser acariciado porque va revestido de piel. Esto es el cuerpo humano. Cada poro siente y por eso es tan agradable poder explorar cada trocito del cuerpo que somos y del cuerpo que tenemos cerca cuando estamos disfrutando de una relación sexual.

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Es interesante dedicarse a descubrir que hay zonas muy poderosas que jamás nos han acariciado bien, o no nos han estimulado con el suficiente interés. A mí me resulta extraña la obsesión de algunas personas por que les toquen los pies, cuando son unos órganos muy excitables y que tienen un altísimo voltaje sexual en su diseño. Tampoco está mal chupar un codo, una rodilla o una pantorrilla.

Todo puede incrementar el placer, y sobre todo, no se trata de succionar con mirada de loco una pantorrilla, sino de conseguir que ese cuerpo que queremos excitar se sienta reconocido por completo, atendido y degustado en toda su riqueza y anatomía.

Es fácil encontrar personas que sienten placer al ser acariciados en sus pezones  o en su cuero cabelludo, son zonas erógenas habituales, quizá más que las orejas o los muslos.

¡Con los orejas ocurre un efecto que muchas veces se vuelve muy desagradable! La repetida escena cinematográfica en la que los amantes se chupan las orejas ha desencadenado que muchas personas piensen que introducir la lengua por el oído hasta llegar al cerebro es sexy. Nunca ha sido ni lo será. Tampoco el exceso de babas da el mejor resultado.

Casi es mejor recurrir a los susurros, al chorrito de aire o al beso que al incómodo chupón que deja un rastro baboso. ¡Pero para gustos, colores! Y así como es frecuente que las mujeres me cuenten que no son fans de que las baboseen, también he conocido parejas que me confiesan que les encanta, y que de hecho se han unido más porque los dos son unos babosos y esto les excita al límite.

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A mí me parece hermoso besar los párpados, encuentro en ellos algo sensual, también creo que las caderas de los hombres son irresistibles y facilísimas de morder y de besar. El cuello es una zona erógena maravillosa, pero no a todas las personas les gusta que les chupen o les besen esa parte, así que es conveniente que en las citas que tengan los amantes descubran si les gusta lo que el compañero les hace.

A mí me han dicho cosas como esta: “Yo odiaba que me tocaran las costillas, pero me encanta como tú me las acaricias”. En conclusión, no siempre el problema está en nuestra poca afición porque nos toquen ese punto, sino que tal vez no nos lo han tocado bien. El cuerpo fluye en su totalidad y se puede excitar y erizar por completo, así que no tiene caso crear obstáculos en el placer. Mi máxima es sencilla: se vive mejor sin puntos prohibidos en el cuerpo.

Del libro Sexo sin comillas, Intermedio Editores; Círculo de Lectores, Colombia

Derecho de autor: feedough / 123RF Foto de archivo

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