Era noviembre de 1963, yo tenía 15 años y necesitaba aprender a pelear. Una cosa era la imaginación vehemente de hazañas y otra esa fea realidad de esquinas agresivas, matonería de barrio en decadencia del que escapaba todo el que podía.

Ese fue el escenario de la pubertad y casi toda mi adolescencia. De un lado la realidad arrebatadora de los libros, los alcances infinitos de la imaginación; y del otro, la caverna platónica de las calles: el manazo que tiraba los libros al suelo, el bofetón que hacía volar los anteojos del chico miope.

Yo, claro, ya había escuchado sobre el jiu-jitsu y hasta el judo.

Aquel ofrecía, en las librerías de suelo del centro de Lima, destino final de los libros baratos de las editoriales precarias, los medios para paralizar apretando un punto del cuerpo, derribar con un movimiento de muñeca, rendir a un rufián sin sudar. Era el concepto de la estocada secreta aplicada a un mundo sin espadas.

Busqué y busqué, sin resultados convincentes, hasta que una noche de noviembre llegué al Nippi Judo Club, que funcionaba en el Estado Nacional de Lima y en un segundo supe que había encontrado, para siempre, lo que buscaba. No era nada de lo que los libros de suelo describían, sino algo mucho mejor.

En una sala amplia, sobre un área de duras colchonetas de paja prensada, los tatami, unas 20 o 30 personas uniformadas con impecables kimonos blancos practicaban con sincronizada precisión. Las voces de mando en un japonés marcial y decisivo llevaban a movimientos rápidos y complejos pero a la vez elegantes y bellos. Eran técnicas en las que todo el cuerpo intervenía en movimientos fluidos y sutiles. Y los cuerpos volaban y retumbaban al caer sobre el tatami, se levantaban de inmediato y seguían practicando. Los movimientos eran de tal precisión y limpieza, que sugerían una mecánica secreta, una estética pitagórica deslumbrante.

Muy poco después, luego de amarrar mi cinturón blanco, entré, emocionado y algo temeroso, por primera vez al tatami. La mayoría de quienes practicaban judo entonces eran inmigrantes japoneses o nisei. Mi primer maestro fue un japonés de cejas espesas que estaría en los tardíos 50 o tempranos 60. Era el cinturón negro de mayor grado en el club. Había castellanizado su primer nombre, de manera que era Pedro Hirata, pero nunca pudo castellanizar su acento.

Luego de enseñarme a saludar e informarme sobre las maneras apropiadas dentro del tatami, el sensei (maestro) me enseñó a caer y me mantuvo en ello mucho tiempo, hasta que los movimientos de ukemi (caída) se hicieron casi naturales. Poco después me llegó el turno de mi primera práctica de lucha, el randori.

Me tocó, ¿quién más?, el sensei Hirata. Me puse rígido, aterrado en el fondo ante la posibilidad de encontrarme aerotransportado, pero también esperanzado en la ventaja de un muchacho de 15 años frente a un abuelo de 60. De repente, Hirata desapareció de mi vista y al mismo tiempo me sentí suspendido en el aire, las piernas arriba, cielo y tierra en desesperada confusión, hasta que ¡pum!, reboté contra el tatami.

En los siguientes minutos volé hacia y caí en los cuatro puntos cardinales, me temo que no siempre en la forma más digna posible. Cuando Hirata decidió que ya era suficiente concluyó la lección de judo más importante de mi vida. Yo no había sentido una fuerza contraponiéndose a la mía. Había experimentado una nueva relación con la ley de gravedad. Y pese a haber volado y caído 30 veces, no estaba lastimado, sino entusiasta por seguir aprendiendo.

Pero el judo es un mundo complejo y diverso y no todos seguían el espíritu de su fundador, el gran Jigoro Kano, como Hirata-sensei. Había cinturones negros jóvenes y entre ellos alguno que hacía todo el daño que era posible hacer sin quebrantar las reglas.

Una o dos semanas después de empezar, ese cinturón negro malevo me llamó a practicar. Yo ya lo había hecho y sabía que, a diferencia de Hirata, con aquel, las caídas iban a doler. Pero ya estaba en el proceso de acostumbrarme a llegar a dormir con el hombro dolorido, la costilla medio torcida, dedos y canillas golpeados. El cartesianismo del judo —duele, luego existo— se hace verdad pronta y persistente.

Esta vez, se trataba de practicar también técnicas de combate de suelo, o newaza. Ahí es, por lo general, donde se aplican las retenciones, palancas al codo o estrangulaciones que, junto con los lanzamientos, completan el arsenal del judo deportivo.

Después de ser lanzado un par de veces con cierta dificultad vi que el malevo iniciaba una técnica de estrangulación. Yo no tenía idea de cómo defenderme e hice lo que pude, pero en pocos segundos la estrangulación estaba calzada.

Resistí un poco, pero no había caso, así que di el par de palmadas que señalan el signo de rendición. El lenguaje de la rendición en judo debe ser siempre respetado, si se quiere evitar accidentes graves o mortales.

Tap, tap. Nada. Otra vez, y otra. Nada, siguió apretando, y apretó más. Sin entender qué pasaba, sentí la sensación abrumadora de asfixia y una violenta desesperación. Me estaba matando; y quise gritar para pedir ayuda al sensei Hirata, pero ya no tenía voz. Se me iba la vida y con un último esfuerzo quise levantar las manos para aplastarle los ojos, pero la mano no pudo subir y cayó exangüe.

Había un mundo blanco y lejano y silencioso. Mis ojos lo veían, pero yo no podía saber quién era ni dónde estaba ni si tenía un cuerpo o solo una visión. Había una especie de dolor vago que parecía llamarme con paulatina insistencia. Y súbitamente sentí el sonido, un zumbido intenso, que es el de la vida y en otro de esos golpes me encontré en mi cuerpo y en un momento irrumpió violentamente mi siglo, mi tiempo y mi identidad. El mundo blanco era el de los judoguis y el dolor insistente era la presión que hacía el sensei Hirata sobre la boca del estómago, aplicando la técnica japonesa de la reanimación, el kuatsu.

No había muerto sino había sido desmayado por la estrangulación. En Japón, en los entrenamientos más severos y en los torneos que son la metáfora de un duelo, se espera que uno resista a veces hasta la inconciencia sin rendirse. Luego lo reviven con kuatsu. Eso, se supone, hace el carácter del guerrero. Pero yo era un principiante que no sabía de eso y que pensó que iba a morir. Fue un abuso, y así lo entendieron todos, pero el sentimiento marcial imperó y, por lo menos delante de mí, no se le dijo nada.

En los años que siguieron fui desmayado varias veces, y yo desmayé otras tantas a otros. Pero ya sabíamos lo que iba a pasar y en muchos casos, apenas reanimados seguimos peleando. Pero ese día sentí morir y sentí resucitar.

Regresé al día siguiente y el otro y el que vino después, sin faltar. Dos años y medio después, a los dieciocho, recibí el cinturón negro. Y seguí practicando con empeño. Nunca llegué a tener aquel nivel de bella destreza que tanto admiré desde el primer día, pero la compensaba con fuerza y explosividad.

Uno o dos años después de tener el cinturón negro, llegó el judoka malevo a practicar. Había dejado un tiempo, retornaba a desoxidarse y yo tenía ya un nivel muy superior. Lo invité a practicar. "Despacito, por favor", me musitó cuando íbamos a agarrar los judoguis. Yo había deseado que quisiera volver a darme una lección por hacer judo con fuerza, pero ahora tenía delante un judoka atemorizado. El judo no es lugar de venganzas. Lo lancé muchas veces, pero lo lancé bien, cuidando su caída y evitando malograrlo.

El judo me acompañó a todas partes. En 1971 estuve en París, que además de todo, es uno de los más importantes centros mundiales de judo, y una tarde me fui a practicar al local de la Federación de Judo de Francia.

Era un mes frío en París. Llegué tarde, me cambié muy apurado y empecé a practicar sin casi haber calentado. Las manos y los pies estaban fríos pese a haber empezado a sudar.

Me acerqué a pedirle una lucha, un randori, a uno de los dos entrenadores japoneses de la Federación. Su nivel, ¿hay que decirlo?, era muy superior al mío.

Saludamos e iniciamos el randori. Ataqué con un harai-goshi, que busca lanzar al adversario hacia adelante barriendo sus piernas con la de uno. Aguantó y contraatacó con ushiro-goshi (que controla la cintura del contrario y lo levanta con un fuerte impulso del tronco, para arrojarlo hacia atrás).

Me encontré en el aire. Para evitar caer de espaldas, intenté voltearme, justo cuando el judoka japonés me lanzó con fuerza hacia el tatami.

Caí sobre el brazo extendido. Hubo un ruido de leño roto, que escuché mientras sentía cómo mis huesos se rompían. La práctica se congeló mientras yo me levantaba sosteniendo el brazo ahora inútil, instantáneamente deformado por la fractura.

Ahí acabó mi práctica en Francia. Un día y medio y un poemario de dolores después (prueben a que un enfermero inútil les coloque un yeso apretado sobre una articulación fracturada en pleno proceso de hinchazón), la fractura fue reducida luego de dormirme con pentotal, del que me desperté con el brazo escayolado en su lugar y una sensación de paz próxima a la beatitud.

Volví a practicar judo apenas me retiraron el yeso, de retorno en Lima, con el brazo aún doblado por la falta de movimiento. Me hice agricultor después y mantuve la práctica del judo con esfuerzo.

Fueron, pese a lo difícil, buenos años en judo. Fui campeón nacional varias veces, semipesado y de todos los pesos, y llegué, incompletamente entrenado, a la madurez competitiva.

En 1978, llegué del campo y me fui a entrenar a la Federación. Ahí estaba nuestro entrenador, Takenori Ito, un virtuoso del judo, y mis compañeros de la selección nacional. Otra vez llegué tarde y no pude calentar bien.

Había empezado el randori, y el campeón de peso ligero me invitó a luchar. Ese día los dioses del judo le dieron toda su fuerza a uno y se la quitaron al otro. Un ataque fulgurante suyo me lanzó limpiamente. Hubo risas de sorpresa y alguna broma del sensei Ito. Me levanté decidido a lanzar diez veces seguidas a mi contrincante; y en eso él atacó como una centella, con un ko-uchi-gari.

Es un barrido interior al pie. Una técnica pequeña pero eficaz. Esta ocasión solo fue increíblemente extraña. Su ataque velocísimo llegó cuando yo afirmaba con fuerza el pie. Y así, el suyo no barrió sino segó y rompió la tibia, el peroné y el astrágalo.

Fue un caso en un millón, y hasta hoy no me explico exactamente cómo sucedió, pero la tibia y el peroné requirieron un tornillo y varios alambres para volver a su lugar. Ahí están. Ya no hacen sonar los detectores de metal como antes.

Apenas pude volver a asentar el pie volví a practicar. No es fácil describir qué se siente al comienzo cuando te barren o patean en la zona de fractura fresca. Lo bueno que tiene es que todos los otros problemas de la vida lucen menores en comparación.

Después me hice periodista y la práctica de judo ya no pudo ser tan intensa. Pero jamás lo dejé, y él tampoco. El judo, me lo dijo el sensei Hirata el primer día que practiqué, es una preparación para la vida. Y también, por supuesto, aunque no lo dijo, para la muerte.

En el golpe de Estado de Fujimori, el 5 de abril de 1992, fui secuestrado y desaparecido por un escuadrón enviado por Montesinos y recluido clandestinamente en el servicio de inteligencia del Ejército. Cuando pasé un tiempo totalmente incomunicado, pensando que me aguardaba el peor destino, me concentré en prepararme para lo que viniera de manera que mis maestros de judo, muertos entonces ya todos, sintieran que sus enseñanzas y su espíritu no habían sido del todo desperdiciados en ese alumno torpón y vehemente a quien el judo, con palizas y todo, le cambió la vida.

Ahora, casi con 62 años a cuestas, la mayor paliza es la del tiempo y todos los viejos golpes y lesiones cuya memoria se hace más precisa cada año. Pero sigo practicando artes marciales. Cuando el cuerpo está caliente, vuelve el fuego y la energía de los años de competencia; luego, cuando se enfría, me convierto en profeta de geriatrías.

Pero todavía, antes de la final, hay otras luchas que pelear.

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