La temporada es propicia: se justifican los excesos, se excusa el entusiasmo, la alegría autoriza el desmadre, los abusos se perdonarán en enero. Y ya que usted se metió en el cuento y se dejó imponer la obligación centenaria de tener que ser feliz por esta época, pues canalice su alegría a través del turismo etílico y súbase a una chiva. Súbase que para eso bajaron a las chivas de los pueblos, para eso dejaron de transportar la economía rural y dejaron de ser buses coloreados por el ingenio y el instinto, sin más pretensiones que las de identificar una ruta y jugar con el color de las frutas y verduras que cargaban en sus techos. Por usted se vinieron a las ciudades y las ciudades, a cambio, mandaron a los pueblos sus buses claustrofóbicos y asesinos. Aquí las trajeron y las maquillaron para que usted se haga una idea, si es que está en sano juicio, de cómo se transportaron sus bisabuelos, si es que usted reconoce a sus ancestros campesinos, porque la idea no es que usted se mortifique evocando sus raíces, todo lo contrario, la idea es que usted disfrute, o mejor aún, la idea es que usted no se haga ninguna idea, que no recuerde, que no evoque, que no piense en nada sino que goce, que sienta que cuando usted se sube a una chiva es como si entrara al infierno, no al que nos vende la Santa Madre Iglesia, sino a ese sótano donde todo se permite aunque sea pecado, porque para eso está el infierno, para pecar sin ser mal visto. Bueno, pues igual en una chiva. Entre usted que para eso contrataron el servicio, que apenas termine el recorrido volverán a dejarlo en el cielo. Súbase que la chiva es democrática, no hay primera clase y, una vez adentro, se borran las fronteras sociales y económicas y todos quedamos iguales. ¿Quiere bailar con su jefe? Pues baile, ¿quiere pedírselo a la secretaria?, pues pídaselo, ¿quiere abrazar al gerente?, abrácelo, pida ese aumento que usted cree que se merece, déjese tutear por el mensajero, refiérase por el nombre al dueño de la empresa, cántele a su superior todos los defectos, baile el bailecito que ensayó todo el año, confiésele el amor a la recepcionista, vístase como quiera, póngase un sombrero que esto además de parranda es un paseo, desabróchese un par de botones y deje asomar la tetas, póngase las botas, hágale un nudo a la camisa en la cintura y muestre la barriga, muévase, contonéese, aproveche porque en la oficina no se puede, olvídese hoy de la corbata, cuélguese la cadena de oro para que vean que usted no es ningún chichipato, hable duro para que lo oigan, grite si es necesario, cante, baile, brinque, aproveche las luces de discoteca y la amplificación de sonido que le adaptaron a la chiva, hay suficiente espacio para bailar en trencito, para que bailen en círculo alrededor del jefe, hay permiso para todo, pero sobre todo, beba, beba, beba Genoveva, olvídese del whisky que hoy se toma aguardiente, el trago de la gente, no se preocupe que el chofer está sobrio, beba hasta que se le borre el ombligo y se le olvide hasta su nombre que para eso lo montaron en la chiva, si se siente mal, vomite tranquilo, orínese en los pantalones, cáguese, no importa, usted mañana dirá que estaba borracho y punto, que usted en sano juicio no es así y asunto arreglado, no se vaya a dañar el paseo pensando en lo que dirán al otro día, apréndase esas coplas que escribió para sus compañeros y recítelas, pida que lo acompañen con palmas, suelte esos chistes verdes que le daba pena contar sobrio, suéltese, relájese, disfrute, mire que es Navidad, mire que va en chiva, no se vaya a volver amargado como yo, que la Navidad me parece lo más cursi y que prefiero una gripa a un paseo en chiva, no señor, usted hágale a lo que vino, gócesela, güípiti.

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