Había una vez un ex presidente colombiano que quería ser rey (o reina). Había una empleada doméstica que se conformaba con ser princesa, una secretaria que soñaba con un cetro, una modelo que le vendió el alma al diablo con tal de sentarse en un trono. Todos ellos tenían en común su obsesión por lucir una corona en la cabeza.
No solo a ellos, sino a muchos, por esta época se les despierta un instinto que a pesar de sonar pomposo es ordinario, porque a falta de sangre azul (así el ex presidente diga que él la tiene) nos entra una nostalgia monárquica que buscamos llenar con soberanas de sangre roja y mezclada, salidas de las entrañas mismas del pueblo y que con vítores, histeria, pólvora y harina, "ésa es, ésa es", proclamamos como nuestras reinas en el evento mayor de la realeza colombiana: el Reinado Nacional de la Belleza.
La idea es encontrar a través del concurso a la 'mujer más bella de Colombia', pero en la práctica sabemos que allí no llegan las más bellas sino las más dignas representantes de la insuficiencia física y mental. Sin embargo, no hay de qué preocuparse, todo está calculado y preparado desde hace décadas para convertir a estos patitos feos en cisnes relucientes; para eso están los cirujanos, los preparadores, el equipo profesional que les enseñará a caminar y a coger los cubiertos, a vocalizar, a que no digan "juemíchica" si se tropiezan, a que no se limpien los dientes con la uña, a decir eternamente que sus personajes favoritos son Lady Di (otra reina) y la madre Teresa (otra reina en los cielos, beatificada en un sospechoso tiempo récord), a decir que trabajarán por los niños (por los niños de algún mafioso, político o presidente), que su vida les ha dado un giro de trescientos sesenta grados, les enseñarán a mentir y a afirmar que son solteras, que no tienen hijos y que siguen vírgenes, y cuando alguien dude el director del concurso, un señor de mirada centrífuga, sacará a la luz algún certificado de pureza y virginidad. Seguirán mintiendo cuando afirmen que terminaron el bachillerato, que hablan inglés, que se leyeron Cien años de soledad, que no las patrocina ningún dinero raro, que todo en ellas es natural y que no se han operado más que las amígdalas, cuando uno sabe que lo único natural que tienen son las tres neuronas con las que logran, con dificultad, aprenderse el discurso
que recitan.
Pobrecitas, no hay que culparlas, no fueron ellas las que montaron el tinglado y las pasarelas donde desfilan como vacas. Fue un cuento viejo y mal contado que decía que al pueblo hay que darle recreación y esparcimiento, que Colombia sufre mucho y que con este reinado se olvida de las penas, que las 'niñas' muestran la cara amable de nuestro país (y el culo y las tetas), la diversidad de nuestra raza y las bellezas de la tierra. Con ese cuento les alcahuetean primeras páginas en los periódicos, la mitad de cada noticiero de televisión, todas las revistas, todos los medios para entronizar a alguien que no tiene ningún mérito: fue solo un accidente, una casualidad que la 'señorita' naciera un poco agraciada y que entre los cirujanos, los preparadores, el dinero nuestro y el caliente, hicieran de ella el sueño de toda mujer inútil: una reina de belleza.
Es cierto, Colombia sufre y le sobran problemas, pero el esparcimiento podría tener otra fuente, no tan degradante como esta feria de mujeres que nos afianza al estigma de república platanera, de país mojigato consagrado a la frivolidad. O si no, miren al ex presidente en España haciendo curso de rey (o de reina) con reyes de verdad.

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