Como biólogo con más de 25 años de experiencia, mi interés ha estado en el trabajo de campo. Soy director investigativo de la ONG Colombia en Hechos, y suelo viajar unas cuatro o cinco veces al año a las selvas de Colombia, en estadías de mínimo un mes. He estado expuesto a todas las enfermedades provenientes de esas regiones: fui presa de la disentería en incontables ocasiones, y me han atacado los tres tipos de plasmodium que producen la malaria por lo menos unas 15 veces. Lo único que no he tenido que afrontar, por fortuna, es la terrible leishmaniasis, enfermedad cuyo tratamiento de casi 90 inyecciones es insoportable.

En 1992, mientras trabajaba con el Inderena, me encontraba haciendo un estudio de primatología en una zona que hoy pertenece al Parque Nacional Natural Tinigua. Una noche, al volver al campamento, me descubrí un bulto en la cabeza. Cuando me acosté a dormir, me di cuenta de que el dichoso bulto se movía por dentro. Por supuesto, no pegué el ojo del desespero y muy en la mañana me fui hacia el puesto de salud, que era más bien precario.

Hay varias maneras de retirarse de la piel lo que científicamente es conocido como una miasis y que en términos más castizos llamamos nuche. Es decir, un gusano. La peor de esas maneras es jalarlo o tratar de oprimirlo como si se tratara de un barro, pues el animalito tiene cerdas que funcionan como anzuelo y se pegan en sentido contrario del agujero de salida. Los campesinos suelen ponerse un pedacito de tocino o de vaselina en la herida, o incluso le fuman encima, para que el gusano salga por sus propios medios a respirar. En mi caso, no había un orificio de salida notable, y el médico del puesto de salud no tenía ni bisturí ni anestesia local para retirarlo.

Pero yo estaba desesperado. "A mí me saca esto porque me lo saca", le dije, y me fui a comprar una cuchilla de afeitar. Así, con toda la sangre fría, lo retiramos. Era un gusano relativamente pequeño, de unos cinco milímetros de largo.

Después del incidente, quise saber más del asunto. Mi hermano, que es médico, me prestó unos tratados con espantosos ejemplos fotográficos: niños de brazos a los que los gusanos se les meten por la fontanela de la cabeza y les llegan al cerebro, o gente a la que un nuche les perfora el ano.

En mi calidad de taxónomo decidí llevarme el gusano, y aún lo guardo en un frasco. Para que no me volviera a suceder algo parecido, aprendí a reconocer al insecto que causa estas miasis. Normalmente es un moscardón que deposita sus huevos en la piel de seres vivos (muy común en el ganado vacuno) y es fácil detectarlo por su tamaño y ruido al volar. En otros casos, esas moscas depositan huevos en zancudos más pequeños, difíciles de detectar. Por eso hay que tener muchas precauciones cuando se viaja a la selva.

La primera de ellas es no perder el sentido del aseo. Estas moscas se sienten atraídas por el sudor. La gente piensa que mantener la ropa bien lavada en un territorio tropical y cenagoso es una tontería, pero es la mejor manera de evitar que las moscas se acerquen. Así mismo, hay que dormir siempre con mosquitero y portar, aunque sea incómodo, camisas de manga larga, prenda que también ayuda a mantener la malaria al margen.

Normalmente los estudiantes de Biología suelen mostrar su preocupación por tener que viajar a la selva y enfrentarse a animales grandes como tigres y serpientes. Pero yo siempre les digo: en el trópico, los que matan son los microorganismos. De ellos hay que cuidarse tanto o más.

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