A las niñas del colegio La Enseñanza, en Medellín, nos gustaban los muchachos de los Benedictinos. Fue allí, en un bazar de ese colegio, en donde por primera vez vi a Álvaro Uribe Vélez. El bazar estaba lleno de gente y yo fui con unas amigas. Tenía 14 años y recuerdo que cuando lo vi me pareció atractivo. Le pedí a una amiga en común que nos presentara y de inmediato me di cuenta de que Álvaro era un muchacho muy simpático e inteligente. Durante todo el bazar estuvimos juntos, y él, haciendo gala de su caballerosidad, me atendió y la verdad me dejó flechada. Ese día me pidió el teléfono. Uribe me gustó y quedé a la expectativa de su llamada.

En mi casa las cosas se sustentaban con base en la confianza y a mí nunca me ponían problema porque era muy juiciosa. Álvaro Uribe se apareció el siguiente fin de semana en mi casa, pero con un grupo de amigos. Él era el líder del grupo y la visita, en la que yo esperaba hablar con él, terminó siendo una tertulia entre varios. Era tanta la gente que iba a mi casa que mi papá nunca le paró bolas o le dio importancia a Uribe.

Nos seguimos viendo, íbamos a comer helado y a la cuarta o quinta salida me llevó sus calificaciones para demostrarme que era muy buen estudiante. Era impresionante, todas sus notas eran de cinco. Y yo entraba en un estado de pena ya que fui una alumna regular.

Como se acostumbraba en la Medellín de esa época la visita con el novio se hacía en la puerta de la casa. Allí, Álvaro se excedía en galantería y buenas maneras. Me cortejaba declamándome poesías, a veces me trataba de coger la mano y les confieso que nunca me besó. Siempre me quedé esperando a que él diera ese paso, pero nunca lo dio. En su lugar, a veces la visita se tornaba aburrida cuando le daba por hablar de caballos, un tema que no me interesaba mucho. Una vez, en aras de impresionarme, me dijo que iba a bautizar una yegua que quería mucho con el nombre de 'Vickycita'. Casi me muero de la risa con ese detalle.

La relación con Uribe fue muy corta, éramos muy tímidos y la cosa no pasó de una atracción y un coqueteo. El punto de quiebre del noviazgo, si es que así lo puedo definir, se dio cuando Federico, quien luego fue mi novio y esposo durante ocho años, fue más insistente que Uribe y me conquistó. Cuando Álvaro se dio cuenta, dio un paso al costado como el caballero que siempre ha sido, y desde ese día no ha dejado de saludarme.

Hoy les confieso que no me hubiera gustado casarme con él. Me aterra el mundo de la política, no me gusta figurar y prefiero pasar inadvertida. Mi hijo Esteban ha sido muy buen amigo de los hijos del presidente y gracias al ejemplo de Álvaro decidió ser abogado, aunque luego se retiró y se decidió por la Administración Agropecuaria, porque es tan apasionado por los caballos como el presidente.

Uribe no fue el hombre de mi vida. Sigo afirmando que es un gran presidente y creo que los colombianos lo necesitábamos. Eso sí, jamás me hubiera visto en el rol de Primera Dama. Eso lo hace muy bien Lina.

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