A raíz del editorial de El Tiempo que criticaba en duros términos la reforma tributaria del gobierno, esta caricatura debió salir publicada en El País, periódico caleño que me soporta hace 20 años. Pero no fue publicada. Y no lo fue no por una cuestión de antipática censura, pues en materia de opiniones El País es el más liberal de los periódicos godos. Tampoco por la prudencia de no molestar al primer banquero de la nación en un país donde las vacas flacas pueden estar a la vuelta de la esquina. Tampoco fue la delicadeza de no hacerle un gracejo a algún colega cuyo leitmotiv es publicar en el único diario de circulación nacional. No fue que me arrepentí de criticar lo problemático que resulta combinar los grandes intereses corporativos con el buen periodismo. Tampoco fue que no quisiera poner en evidencia cómo el costo de tener una aceptable holgura para criticar el establecimiento político son las restricciones que nos imponemos para criticar el establecimiento económico de una forma puntual y no general. Nada de eso. El motivo fue más pedestre: ya había publicado una caricatura sobre el tema y una más o una menos (como pasa con todas las opiniones que se imprimen a diario en nuestros periódicos) no iba a cambiar para nada la situación, y por eso yo mismo decidí no publicarla.

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